«Gracias, Ximena»
«Gracias»
Aquella palabra es la única que se repite como un mantra en mi cabeza, “gracias” ¿Por qué? ¿Por desearle que fuera feliz? La rabia se abre paso por mi cuerpo, estoy furiosa conmigo misma. Amarlo sin duda ha sido el peor error de mi vida.
Con el enojo corriendo por mis venas, halo las riendas de Tornado y golpeo su costado con la espuela de mi bota, trato de ser amable. Mi noble semental no merece ser maltratado por mi causa y mis problemas; sin embargo, él parece comprender mi dolor y corre tan rápido, tan veloz por el llano, que pronto mis lágrimas se las lleva el viento y secan mis mejillas en una suave caricia.
Cierro los ojos y dejo que sea Tornado quien guie mis pasos. Siempre y cuando el destino no sea volver a casa, no por ahora.
Los cascos de otro caballo golpeando la tierra captan mi atención, pero me niego a abrir los ojos. Realmente, no me importa saber quién viene en mi dirección.
—Ximena.
Respiro de manera profunda al escuchar la voz de Javier.
—No deberías estar aquí —le digo sin girarme.
No quiero verlo.
—¿Sigues molesta?
Hay momentos en la vida que realmente uno se pregunta si la gente es tonta o sí se hacen los tontos.
—No tengo razones para estarlo, Javier, me has dejado muy claro el lugar que ocupo en tu vida.
Pegaso trota a mi alrededor hasta ver a Javier ponerse delante de mí.
—No debí ocultarte que estaba saliendo con Marina, fue mi error —dice, cómo si eso solucionara lo que se ha roto entre nosotros.
—No te preocupes, yo solo soy una amiga. No tienes por qué darme explicaciones, puedes hacer con tu vida lo que te dé la gana —respondo, halando las riendas de Tornado. Necesito poner una distancia entre nosotros.
«Por mi bien»
—Estás siendo infantil, Ximena. Te estoy dando una explicación.
—¡Una explicación que no quiero escuchar! —grito sin poder contenerme.
—¿Qué demonios te pasa? ¿Qué cambió entre nosotros? —pregunta elevando su tono de voz, se nota molesto, pero no me importa.
—¿Qué quieres que te diga? —pregunto frenando los movimientos de Tornado, quien parece adivinar de nuevo mi estado de ánimo y se muestra celoso, empujando la cabeza de Pegaso, alejándolo de nosotros.
—Sería bueno que te sinceraras conmigo de una buena vez.
«Exactamente igual que tú», pienso con enojo.
—¿Bromeas?
Él frunce el ceño ante mis palabras.
—¿Te parece que estoy bromeando? —refuta y siento que hay algo que no me está diciendo.
—¡Fuiste tú quien no me habló de Marina! ¿Tienes cara para insinuar que soy yo quien te guarda secretos? —le grito.
Mi corazón late con prisa y por un momento temo que se haya dado cuenta de mis sentimientos. ¿Sería posible?
Un escalofrío recorre mi cuerpo al pensar que lo sabe. Que sabe de mis sentimientos.
—¿No es verdad? —responde con el mismo tono de enojo.
—No tengo secretos para ti, Javier.
Miento, el cielo y la tierra saben que estoy mintiendo, pero no soy capaz de reconocer mis sentimientos por él. ¿De qué serviría aceptarlo a esas alturas de la partida? Lo último que quiero es que Javier Beltrán sienta pena y lástima por mí.
—Esperé que fueras sincera, incluso ese día que cabalgamos juntos. Creí que me hablarías de Humberto Aguilar, pero no lo hiciste.
Mi cara es de asombro.
—¿Humberto Aguilar? —pregunto como si fuera tonta o sorda, pues he escuchado perfectamente el nombre del hombre.
—¿Cuándo pensabas decirme que aceptaste ser su novia?
Abro y cierro la boca como si fuera un jodido pez fuera del agua. Estoy sin palabras ante lo que escucho salir de la boca de Javier.
¿Humberto y yo?
No puedo evitar soltar una carcajada y Javier frunce el ceño.
—Humberto y yo no somos nada —digo.
—No es lo que él dice —refuta.
—¿Y le creerás más a él que a mí? ¿Quién es tu amigo realmente, Javier? ¿Él o yo? —pregunto sin vacilación.
Pegaso se agita bajo las piernas de Javier, sus movimientos empiezan a ser bruscos.
—Estás tirando las riendas, Pegaso no tiene la culpa de que seas un idiota —digo, al darme cuenta de que se creyó las palabras de Humberto.
Otro idiota que iba a pagármela, ¿Él y yo novios? Pedazo de imbécil. Humberto Aguilar sería el último hombre sobre la faz de la Tierra con quien yo saldría o tendría una relación.
—¿No estás saliendo con él? —pregunta y parece avergonzado.
—Ni siquiera mereces que te responda; sin embargo, hay algo en lo que sí te he mentido. Pero eso, no lo sabrás jamás —respondo antes echarme a correr a todo galope.
No soy una cobarde, pero Javier no se merece saber que es el único hombre que he amado en mi corta vida.
Los siguientes días evito merodear cerca de Hacienda Vieja, no quiero encontrarme con Javier ni por equivocación. Aún no puedo creer que el muy tonto se creyera lo de Humberto.
—¿Se puede saber qué es lo que le pasa a mi potra favorita?
La voz de mi padre me saca de mis cavilaciones.
—¡Papá! —grito y corro a sus brazos.
No lo había visto desde la noche del cumpleaños de Ja…, corto el hilo de mis pensamientos de inmediato para no pronunciar su nombre.
—¿Qué tal va todo por aquí? —pregunta con seriedad.
—Mejor imposible —respondo con seguridad, sin embargo, él frunce el ceño.
—¿Estás segura?
Agito mi cabeza en señal de afirmación. Cuando mi padre me mira de esa manera tan penetrante, me da la sensación que puede leerme hasta el alma.
—Tu madre opina lo contrario, de hecho, me llamó para contarme que no querías salir de casa y que has estado evitando a Javier.
«Genial, otra vez Javier»
Automáticamente dibujo una sonrisa en mi rostro a escucharlo. La sonrisa más falsa que le he dado a mi padre en toda mi vida.
—No me lo estás preguntando y tampoco pidiendo. Pero si quieres un consejo, es mejor que marques una distancia entre los dos —dice.
Lo miro confundida, estoy asombrada por sus palabras.
—¿Por qué? —pregunto sin saber si quiero escuchar o no la respuesta.
—Pueblo chico, infierno grande. Lo último que deseo es que la gente hable de ti. Ustedes han sido amigos desde que se conocieron. Para serte honesto pensé que serían pareja.
Una daga más en mi corazón.
—Estás loco, papá —respondo con una sonrisa tonta. «Yo también lo pensé»
—Quizá un poco. Aunque te confieso que la idea de que no tengas novio me agrada más. Aún no quiero compartir tu cariño con nadie, mi pequeña.
Mi corazón se estremece al escucharlo, pues mi corazón hace tiempo que era compartido. Afortunadamente, para mi padre, no era correspondida.
—¿Una carrera? —ofrezco.
No quiero hablar más sobre parejas, amigos o rivales. Mi única meta es olvidarme de Javier Beltrán y ser capaz de asistir a su boda como una invitada más.
Decirlo siempre es más fácil que lograrlo.
Los siguientes días pasan con prisa y a solo dos días para la celebración de la feria del pueblo, mi familia, MI GRAN familia se reúne en casa de mis abuelos.
—Bienvenidos sean todos mis nietos adorados.
La voz fuerte y firme de mi abuelo nos hace girar en su dirección y nos obliga a guardar silencio. Andrés Altamirano pese a su edad, sigue siendo el patriarca de la familia. La voz que todos escuchamos.
Incluso mi padre.
Recordar las veces que papá fue regañado por mis abuelos cada vez que intentaban regañarme vino a mi mente. Hermosos recuerdos de mi niñez que no volverán, el tiempo pasa y no perdona. Hay momentos como estos, que desearía que los abuelos fuesen eternos y se quedaran a nuestro lado para siempre.
Niego con discreción, pensar que un día puedo perderlos me llena de espanto, por lo que presto atención a las locuras de mis primos. Que, por cierto, somos doce nietos y los doce somos la adoración de mis abuelos. Ninguno de nosotros se atrevería a decir que hay un favorito. Quizá yo cuando estoy a solas con ellos.
—Entonces, ¿todos vamos a correr en la feria del pueblo? —pregunta Julián, mirándonos a todos.
—Eso parece, me temo que no les daremos ninguna opción al resto de competidores, este año el triunfo también será para Miramar —asegura Santiago.
Y todos asentimos a sus palabras, esa es nuestra misión, llenar de orgullo a nuestros padres y abuelos.
Luego de disfrutar de una larga y amena conversación, nos despedimos de la familia para volver a casa.
—¿Estás segura de que quieres competir?
La voz de Daniel me hace girar en su dirección.
—¿Por qué no debería hacerlo? —pregunto elevando una ceja.
Daniel parece meditar lo que va a decirme.
—No tengo motivos para no asistir, Daniel. Voy a competir y voy a ganar —digo con seguridad.
—Javier…
—Si vas a hablarme de él, será mejor que te ahorres las palabras —digo, interrumpiendo lo que pensaba decirme.
Daniel se encogió de hombros.
—No entiendo la actitud que han tomado, parecen dos niños berrinchudos —alega.
Me encojo de hombros, imitando su reciente gesto.
—¿Tú vendrás acompañado?
—No lo sé, estoy pensando en llevar a Aitana al baile.
¿Aitana?
—¿De qué me perdí? —pregunto y la sorpresa es evidente.
—No seas tonta, hermanita. Aitana dijo que deseaba venir y ninguno de los dos tiene pareja. ¿Cómo para qué me complico la vida?
—¿No estás interesado en ninguna chica?
—¿No estás interesada en dejar de meterte en mi vida? —pregunta y sonrío.
—Yo no me metí, tú me trajiste.
—Ximena…
—Daniel —respondo en el mismo tono.
—Dejen de discutir, chicos.
La voz de mi madre nos hace guardar silencio.
—Entonces, ¿llevarás a Aitana contigo? —pregunto en tono bajo para que nuestros padres no se enteren de lo que hablamos.
—Eres una chismosa.
—Pero me amas —presumo sin vacilación.
—Tonta, claro que te amo. Daría mi vida por ti —dice y mis ojos se llenan de lágrimas.
—¡Eres mi hermano favorito!
—Pues soy tu único hermano, bruja —dice y yo guardo silencio.
El trayecto a casa se hace corto cuando Daniel y yo estamos juntos. Quizá sea cosa de mellizos, pues siento que siempre estamos conectados. Tal como le pasa a mi madre con mi tío Samuel.
Solo espero que Daniel, no sienta la tristeza que me embarga el corazón por culpa de Javier y de la distancia que hay entre los dos…