La presa fácil

1686 Words
Nápoles huele a gasolina y a mar estancado. Es una mezcla asquerosa, la verdad, pero cuando llevas toda la vida respirando esta humedad pegajosa, acabas echándola de menos cuando te vas. O eso dicen. Yo nunca me voy. —Se está acabando el café —dijo Iván desde el asiento del conductor. No le contesté. Seguí mirando a través del cristal tintado del SUV. Estábamos aparcados en doble fila, como medio Nápoles, con el motor en marcha para que el aire acondicionado no nos dejara tirados. Iván tamborileaba los dedos sobre el volante. Tatuajes contra cuero caro. Tac, tac, tac. Me estaba poniendo de los nervios. —Dante. En serio. Me aburro —insistió—. Llevamos cuarenta minutos mirando la puerta de esa facultad de mierda. ¿A quién esperamos? ¿Al decano? Porque si le debe pasta a la familia, entro ahí y le rompo las piernas en el despacho. Acabamos antes. —Cállate, Iván. Mi hermano resopló y se recostó en el asiento, estirando el cuello. Se le veía tenso, como un perro de presa atado con una correa demasiado corta. Esa es la diferencia entre nosotros: él necesita sangre para sentirse útil; yo necesito información. Y entonces salió. Lucía Salvatierra. Ajusté el puño de mi camisa negra. La vi bajar las escaleras de piedra de la Federico II con un montón de libros en los brazos, peleándose con su propio bolso. No encajaba. Nada en ella encajaba con la imagen que yo tenía en la cabeza. Me imaginaba a la hija de Salvatierra como una princesa mafiosa, llena de joyas, arrogante, vestida de Gucci de pies a cabeza. Pero no. Ahí estaba. Vaqueros gastados, una camiseta blanca básica y unas zapatillas que han visto días mejores. Parecía... inofensiva. Frágil. Perfecta. —¿Es esa? —preguntó Iván, siguiendo mi mirada. Se enderezó, interesado de repente—. ¿La chica de los libros? ¿Quién es? —Nadie —mentí. Tan suave, tan fácil. La mentira salió sola—. Solo un cabo suelto de un negocio antiguo. Iván frunció el ceño, escéptico. Sus ojos negros pasaron de ella a mí. —¿Un cabo suelto? Parece una cría, Dante. ¿Qué ha hecho? ¿Robar chuches? —Es algo personal del viejo. Una deuda que quedó pendiente antes de que lo mataran. Al mencionar a papá, el aire dentro del coche cambió. Se volvió denso, frío. Iván apretó la mandíbula. Sabía que no haría más preguntas. Si era asunto de La Casa Negra y tenía que ver con nuestro padre, la lógica desaparecía. Solo quedaba la lealtad. Volví a mirar a Lucía. Se había detenido en la acera, buscando algo en el móvil con cara de preocupación. Probablemente el autobús. Ilusa. No sabe que su vida se acaba de terminar, justo ahora, a las cinco de la tarde de un martes cualquiera. —¿Qué hacemos? —preguntó Iván, con la mano ya cerca de la guantera donde guarda la Glock—. ¿La subimos al coche? —No, animal —le detuve con un gesto de la mano, sin mirarle—. Nada de violencia. Hoy no. —¿Entonces? —Entonces voy a presentarme. Me toqué la cicatriz del cuello. Un tic nervioso que odio pero que no puedo controlar. La sentí rugosa bajo la yema de mis dedos. Recordé la sangre de mi padre en el suelo. Recordé el miedo. Y luego miré a la chica, la hija del hombre que nos quitó todo. Ella iba a pagar. Iba a pagar cada céntimo. Y lo mejor es que lo iba a hacer sonriendo, pensando que soy su príncipe azul. —Quédate aquí —ordené, abriendo la puerta. El calor de Nápoles me golpeó la cara—. Mantén el motor encendido. —Dante, esto es una estupidez —masculló Iván a mi espalda—. Déjame encargarme a mí. Cerré la puerta, ignorándole. Me alisé la chaqueta del traje y crucé la calle, esquivando una Vespa que casi me atropella. Puse mi mejor cara de "hombre de negocios respetable que pasaba por aquí". Iba a destrozarle la vida. Y joder, estaba deseando empezar. Caminar por Nápoles con un traje de tres mil euros es como llevar un cartel de neón que dice "atracadme", pero la gente de por aquí tiene un sexto sentido. Saben cuándo alguien es un turista rico y cuándo alguien es... intocable. La gente se apartaba. Me abrían paso como si fuera Moisés cruzando el Mar Rojo, pero sin milagros. Solo miedo. Llegué a su altura justo cuando ella soltaba un bufido de frustración. Al parecer, el transporte público de esta ciudad había decidido traicionarla. Qué sorpresa. Me planté delante de ella, bloqueándole el sol. Ella chocó contra mi pecho. Literalmente. Fue un golpe seco, torpe. Se le resbaló el teléfono de las manos, pero mis reflejos son mejores que los suyos. Lo cacé en el aire antes de que tocara el suelo. —Cuidado —dije. Mi voz salió suave, grave. La voz que uso cuando quiero cerrar un trato sin disparar a nadie. Lucía levantó la vista. Y joder. Las fotos de los informes de vigilancia eran una mierda. En papel parecía una chica normal, del montón. En persona... tenía unos ojos grises que te taladraban. Estaban muy abiertos, asustados, pero había algo más. Curiosidad. Se quedó paralizada un segundo, con las manos en el aire, como si no supiera qué hacer con ellas. —Yo... —empezó, y carraspeó. Se le subió el color a las mejillas. Roja como un tomate—. Lo siento. Soy un desastre. Iba mirando el horario del bus y... —Y el bus no va a pasar —la interrumpí, devolviéndole el móvil. Roce de dedos. Su piel estaba ardiendo; la mía, fría. El contraste me dio un calambre raro en el estómago que decidí ignorar—. Hay huelga de transporte. Lo han anunciado hace diez minutos. Mentira. No había huelga. Pero tengo a dos tipos en la centralita de transportes que se aseguran de que ciertas rutas se cancelen si yo lo pido. El poder es eso: que el autobús no pase para que tú puedas hablar con la chica. Ella resopló y se pasó una mano por el pelo. Un gesto nervioso. —Genial. Perfecto. Lo que me faltaba. —Parece que tienes un mal día. —No te imaginas —me miró, entrecerrando los ojos, como si acabara de darse cuenta de que estaba hablando con un desconocido que parecía salido de una revista de moda—. Gracias por salvar el móvil. Tiene la pantalla rota por tres sitios, una caída más y hubiera muerto. —De nada. Se hizo un silencio. Uno de esos incómodos. Ella abrazó sus libros contra el pecho como si fueran un escudo. Pude leer el título del de arriba: Introducción al Derecho Penal. Casi me río. En serio, tuve que morderme la lengua. La hija del asesino de mi padre estudiando Derecho. Qué ironía tan jodidamente poética. ¿Qué busca? ¿Redención? ¿Justicia? Si supiera que la justicia en esta ciudad se compra con sobres marrones, quemaría ese libro. —Soy Dante —dije, tendiéndole la mano. No "Dante Cruz". Solo Dante. El apellido pesa demasiado en esta ciudad. Ella dudó. Esa duda me gustó. Significaba que no era estúpida, que su instinto le gritaba que algo iba mal. Pero su educación pudo más. —Lucía —dijo, estrechando mi mano. Tenía un agarre firme, sorprendente para alguien que parece que se va a romper con el viento. —Encantado, Lucía. —Solté su mano despacio, dejándola notar la textura de mi piel, la fuerza contenida. Todo calculado—. Mira, no quiero parecer un psicópata que acosa a estudiantes en la calle, pero mi chófer está ahí enfrente. Voy hacia el centro. Si quieres, te acerco. Ella miró hacia el SUV n***o donde Iván, estoy seguro, nos estaba vigilando con cara de pocos amigos. Luego me miró a mí. —No acepto viajes de desconocidos. Mi padre me mataría. La mención de su padre fue como un cubito de hielo bajándome por la espalda. Tu padre ya mató a alguien, bonita. Y ahora te toca a ti. —Tu padre es un hombre sabio —respondí, sonriendo. Una sonrisa de medio lado, ensayada frente al espejo mil veces—. Pero mira a tu alrededor, Lucía. No hay taxis. El bus no va a venir. Y va a empezar a llover en cinco minutos. Miró al cielo. Estaba azul, despejado. —No parece que vaya a llover. —En Nápoles siempre llueve cuando uno no lleva paraguas. Es una ley física. Ella soltó una risita. Ahí está. La tengo. La risa es la puerta de entrada. Si consigues que se rían, bajan la guardia. —Vale, Dante —dijo, rindiéndose—. Pero si me secuestras, que sepas que tengo un examen mañana y te perseguiré como fantasma para que lo apruebes por mí. —Trato hecho. Le hice un gesto para que me siguiera. Mientras caminábamos hacia el coche, sentí una punzada de... ¿qué? ¿Triunfo? Sí, eso. Era triunfo. La presa entraba en la cueva del lobo por su propio pie. Abrí la puerta trasera del coche para ella. Caballerosidad ante todo. Mientras ella se acomodaba, crucé una mirada con Iván a través del retrovisor. Él tenía los ojos clavados en Lucía, evaluándola como quien evalúa un trozo de carne barato. Me senté al lado de ella. Cerré la puerta. El sonido del cierre centralizado sonó como el martillo de un juez dictando sentencia. —Al centro, Iván —ordené. Mi hermano arrancó el coche con un acelerón brusco, innecesario. Estaba cabreado. Lucía se hundió en el asiento de cuero, mirando fascinada el interior del coche. No sabía que acababa de subirse al coche fúnebre de su propia vida. —Bonito coche —dijo ella, inocente. —Es cómodo —respondí, mirándola de perfil. Ya está. Fase uno completada. Ahora solo falta que no me den ganas de vomitarme encima por lo fácil que ha sido engañarla.
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