El copiloto del infierno

1157 Words
Me estaban dando ganas de estampar el coche contra un muro. En serio. Llevábamos diez minutos de trayecto y el ambiente dentro del Audi parecía un funeral, pero uno de esos raros donde nadie llora y todos se miran de reojo. Apreté el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El cuero crujió bajo mis manos. Me gusta ese sonido. Me recuerda que tengo el control, aunque ahora mismo parezca que soy el puto taxista de mi hermano. Miré por el retrovisor. Ahí estaban. Dante, sentado como si tuviera un palo metido por el culo (su postura habitual de "soy el rey del mundo"), y la chica. La tal Lucía. Era poca cosa. En serio, no entiendo qué coño hacemos aquí. Pelo largo, cara de no haber roto un plato en su vida y una camiseta que parecía comprada en el mercadillo. No llevaba joyas. No llevaba reloj caro. Si era un "cabo suelto" de una deuda, como decía Dante, no tenía pinta de tener dinero para pagarnos ni un paquete de chicles. —...y por eso el Derecho Civil me parece más denso —decía ella. Tenía una voz suavecita, de esas que te dan sueño. —Es la base de todo contrato social —respondió Dante. Casi me atraganto. ¿Contrato social? Dante no ha firmado un contrato legal en su vida. Nuestros contratos se firman con pólvora y se rompen con C-4. —Perdona que interrumpa esta charla tan apasionante —solté. No pude aguantarme. Mi voz sonó demasiado alta, demasiado ronca en el silencio climatizado del coche—. Pero, muñeca, ¿a ti tus padres no te enseñaron que no hay que subirse al coche de dos tíos que parecen sicarios? Silencio. El coche pareció encogerse. Vi por el espejo cómo Lucía se ponía rígida. Sus ojos, grises y enormes, saltaron de la ventanilla al retrovisor, chocando con los míos. Había miedo ahí. Bien. El miedo es respeto. —Iván —dijo Dante. Solo mi nombre. Pero el tono... joder, el tono. Era ese aviso gélido de "cierra la boca o te la cierro yo". Lo ignoré. Hoy estaba cruzado. —No, en serio, Dante. Tengo curiosidad. —Volví a mirar a la chica—. ¿Qué te ha dicho mi hermano para que subas? ¿Te ha prometido caramelos? ¿Un trabajo de modelo? Porque déjame decirte que en esta ciudad, lo gratis sale caro. Lucía tragó saliva. Vi el movimiento en su garganta. —Me ha dicho que sois amables —respondió ella. Y tuvo los ovarios de sostener mi mirada—. Y que iba a llover. Solté una carcajada seca. —¿Amables? Sí, claro. Somos las hermanitas de la caridad. —Basta —cortó Dante. Se giró hacia ella y su expresión cambió en un microsegundo. De tiburón a salvador—. Perdona a mi hermano. Iván tiene un sentido del humor... defectuoso. Se cayó de la cuna de pequeño. —¿Y tú no te caíste, no? —mascullé, metiendo un volantazo para esquivar a un turista imbécil que cruzaba en rojo. El coche se ladeó. Lucía soltó un gritito y chocó contra el hombro de Dante. Él la sujetó. Vi cómo su mano se cerraba en el brazo de ella. No fue un gesto suave. Fue posesivo. Como cuando compras algo y le pones la etiqueta de "vendido". Me dio mal rollo. Dante no toca a la gente. Dante odia el contacto físico a menos que sea para estrangular a alguien. ¿Qué coño estaba pasando? —Déjame aquí, por favor —dijo Lucía de repente. Su voz temblaba un poco. Mi comentario había hecho efecto. Por fin su instinto de supervivencia se había despertado. —Todavía no estamos en tu casa —dijo Dante. —Da igual. Aquí está bien. Puedo andar. Dante me miró por el espejo. Sus ojos ámbar estaban oscuros. Me estaba mandando una orden silenciosa: Para el coche, pero no la cagues más. Frené en seco junto a la acera, en Via Toledo. Los neumáticos chillaron un poco. Drama innecesario, marca de la casa. Lucía abrió la puerta casi antes de que el coche se detuviera del todo. —Gracias por el viaje —dijo, atropelladamente. Se bajó, se colgó el bolso y nos miró una última vez desde la acera. Parecía un cervatillo que acababa de escapar de las fauces de un león. —Espero verte pronto, Lucía —dijo Dante. Ella no contestó. Se dio la vuelta y se mezcló con la gente, desapareciendo en el río de turistas y napolitanos. Me quedé mirando por donde se había ido. —Vale, Dante. Se acabó el teatro —me giré en el asiento para encararle. Él seguía mirando por la ventanilla, con esa calma que me saca de quicio—. ¿Quién coño es esa cría? Y no me vengas con el cuento de la deuda, porque esa chica no tiene un duro. Dante se pasó la mano por la cicatriz del cuello. Mal asunto. —Arranca, Iván. —No arranco una mierda hasta que me lo digas. La has mirado como si... no sé, como si fuera comida. Dante giró la cabeza despacio. Me clavó esa mirada vacía que hace que se me erice la piel de la nuca, aunque sea mi propio hermano. —Es la hija de Rodrigo Salvatierra —soltó. El nombre cayó en el coche como una granada. Sentí que se me helaba la sangre. Salvatierra. El hijo de puta que apretó el gatillo hace siete años. El hombre que nos dejó huérfanos y nos obligó a vivir en esta mierda de mundo criminal. —¿Qué? —mi voz fue un susurro—. ¿Esa mosquita muerta es hija de Salvatierra? —Sí. —¿Y qué haces que no le has metido un tiro entre ceja y ceja? —grité, golpeando el volante. La rabia me subió por la garganta, ácida—. ¡La teníamos ahí detrás! ¡Podríamos haberla llevado al almacén y...! —No —Dante se recostó, cerrando los ojos. Sonrió. Una sonrisa fea, sin alegría—. Matarla es demasiado rápido, Iván. Demasiado fácil. Salvatierra la quiere. Es su única debilidad. —¿Y? —Y voy a hacer que se enamore de mí. Voy a hacer que confíe en mí, que se entregue... y cuando sea mía, cuando Salvatierra crea que su hija va a casarse con un buen hombre... entonces la destrozaré. Y él lo verá todo. Me quedé callado, procesando la locura. Miré a mi hermano. Siempre he sabido que Dante está un poco jodido de la cabeza, pero esto... esto era otro nivel de oscuridad. —Estás enfermo, hermano —le dije, metiendo primera. —Lo sé —contestó él, mirando el asiento vacío donde había estado ella—. Pero va a ser divertido. Arranqué el coche. Nápoles seguía gritando fuera, pero dentro, el silencio pesaba toneladas.
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