El barrio de Chiaia tiene un sonido diferente al resto de Nápoles.
En el centro histórico, la ciudad grita. Hay motos, vendedores, turistas arrastrando maletas y gente discutiendo a todo volumen. Pero en Chiaia, el ruido se vuelve un murmullo educado. Las tiendas de Prada y Armani hacen de barrera acústica contra la realidad. Aquí la gente no suda; brilla.
Caminé rápido, abrazando mis libros. Mis zapatillas Converse (sucias de pisar charcos imaginarios) chirriaban contra el pavimento impoluto de Via dei Mille. Me sentía fuera de lugar. Siempre me siento así aquí, como una mancha de tinta en un vestido de novia.
El corazón todavía me latía en la garganta.
Dante.
El nombre rebotaba en mi cabeza. Ese tipo... había algo mal en él. No era solo que fuera guapo (que lo era, de una forma dolorosa y afilada), era la manera en la que me miraba. Como si supiera mis secretos antes que yo. Y su hermano, el del volante... ese me había mirado como si quisiera atropellarme y luego dar marcha atrás para rematarme.
Llegué al portal de mi edificio. Mármol blanco, portero físico, cámaras de seguridad. La burbuja.
—Buonasera, signorina Lucía —saludó Giuseppe, el portero. Un hombre mayor que me ha visto crecer.
—Hola, Giuseppe —intenté sonreír, pero me salió una mueca.
Subí al ascensor y marqué el ático. El silencio del aparato me zumbó en los oídos. Cuando entré en casa, dejé las llaves en la consola de entrada y solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. El apartamento era enorme, con ventanales que daban al mar, decorado en tonos crema y madera. Todo gritaba "dinero antiguo", aunque papá y yo nos mudamos aquí hace solo cinco años.
Saqué el móvil del bolsillo. Pantalla rota. Mierda.
Justo en ese momento, empezó a vibrar en mi mano. Papá.
Tragué saliva. Papá siempre me llama a esta hora. Es su ritual. "Control de daños", lo llamo yo.
—Hola, papá —contesté, intentando que mi voz sonara normal.
—Principessa. —La voz de mi padre sonó cálida, grave. Esa voz que me leía cuentos de pequeña—. ¿Ya estás en casa? Hoy has salido tarde de la facultad.
Me tensé. ¿Cómo sabía que había salido tarde? A veces se me olvida que papá es un hombre "preocupado". O paranoico.
—Sí, me entretuve hablando con... con una profesora —mentí. No le iba a contar lo del coche n***o. Se pondría histérico. Mandaría a sus "empleados de seguridad" a patrullar la ciudad—. ¿Tú cuándo vuelves de Roma?
—Pronto, hija. Los negocios se han complicado. Ya sabes cómo son estos políticos, mucho hablar y poco firmar. —Soltó una risa cansada—. Escúchame, Lucía. ¿Todo bien por el barrio? ¿Has visto algo... raro?
Fruncí el ceño mientras iba a la cocina a por agua. —¿Raro? No. Lo de siempre. Señoras con caniches y turistas perdidos. ¿Por qué?
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Un silencio denso. —Por nada. He oído que hay algo de agitación en los barrios bajos. En los Quartieri. Solo quiero que te mantengas en la zona segura, ¿vale? No bajes al centro si no es necesario. Y nada de volver sola de noche.
—Papá, tengo veintidós años, no doce.
—Para mí siempre tendrás doce, Lucía. —Su tono se endureció una fracción de segundo, perdiendo la calidez—. Hazme caso. Nápoles está revuelta. Hay... lobos sueltos.
Se me erizó la piel. Lobos. Me vino a la mente la imagen de Dante. Sus ojos ámbar. La cicatriz en el cuello. "Tu padre es un hombre sabio", había dicho él.
—Vale, papá. Me quedaré por aquí —concedí. No tenía fuerzas para discutir.
—Esa es mi chica. Te he ingresado algo de dinero por si quieres comprarte algo bonito. Quizás un vestido nuevo. Deja esos libros un rato y diviértete, pero con cuidado. Te quiero.
—Y yo.
Colgó. Me quedé mirando el móvil roto en mi mano. Mi padre es un importador de aceite de oliva y textiles. Eso pone en su tarjeta. Viaja mucho, trabaja mucho y se preocupa mucho. Es un buen hombre. Me ha criado solo desde que mamá murió.
Entonces, ¿por qué siempre tengo la sensación de que, cuando habla de "negocios", en realidad está hablando de otra cosa?
Me acerqué al ventanal. Desde mi salón se veía el mar, tranquilo y oscuro. Pero si miraba a la izquierda, a lo lejos, se veían las luces apiñadas y caóticas de los Quartieri Spagnoli. Y más arriba, dominando la colina como un rey en su trono, las luces del Vomero.
Dante había dicho que su coche iba al centro. Pero su ropa, sus zapatos, su actitud... él pertenecía a las alturas.
—Dante —susurré al cristal frío.
No debería haber subido a ese coche. Mi instinto de supervivencia, ese que estudio en Derecho Penal, me gritaba que me alejara. Pero había otra parte de mí, una parte estúpida y suicida, que se había quedado con ganas de saber a dónde iba ese Audi n***o.
Y tenía la terrible sensación de que él no iba a esperar a que nos encontráramos por casualidad. La próxima vez, no iba a preguntar.
Me aparté de la ventana. El reflejo de mi propia cara pálida en el cristal empezaba a ponerme nerviosa.
Necesitaba normalidad. Necesitaba aburrimiento. Me senté en el escritorio de caoba, aparté una pila de apuntes y abrí el manual de Derecho Penal por la página 142: Delitos contra la libertad de las personas.
Leí el primer párrafo. Las letras bailaban. Lo leí otra vez. Nada. Mi cerebro no procesaba la teoría. Mi cerebro seguía en el asiento trasero de un Audi, oliendo a cuero caro y a colonia de hombre mezclada con peligro.
—Concéntrate, Lucía —me regañé en voz alta.
Cogí un bolígrafo para subrayar, pero mi mano se detuvo. Me miré la muñeca. Allí, en la piel pálida de mi antebrazo derecho, había una marca roja, muy tenue. La marca de unos dedos. Fue cuando el coche dio el volantazo. Dante me había sujetado. Me pasé el pulgar por la zona. No me dolía, pero la piel hormigueaba. Su agarre había sido... instintivo. Rápido. Demasiado fuerte para un simple desconocido, pero extrañamente protector.
«¿Quién eres, Dante?»
La gente normal no tiene chóferes con tatuajes carcelarios que te miran con odio. La gente normal no hace que el tráfico de Nápoles parezca un juego de niños. Y, sobre todo, la gente normal no te dice "tu padre es un hombre sabio" con una sonrisa que no llega a los ojos.
De repente, la pantalla rota de mi móvil se iluminó sobre la mesa. Vibró una vez. Corto. Seco.
Fruncí el ceño. Papá nunca manda mensajes, solo llama. Y mis amigas del grupo de la universidad suelen mandar audios de tres minutos quejándose de los exámenes. Deslicé el dedo con cuidado de no cortarme con el cristal astillado.
Era un mensaje de un número desconocido. Sin foto. Sin nombre.
Desconocido: El Derecho Penal es aburrido. Deberías leer algo con más acción. Y cómprate un móvil nuevo, ese da pena.
Se me cayó el bolígrafo de la mano. El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. Me levanté de la silla de un salto, como si el móvil fuera una araña venenosa.
Miré a mi alrededor. A la ventana. Al salón vacío. ¿Cómo...? Nadie sabía mi número. No se lo había dado. Apenas habíamos hablado dos minutos.
Volví a mirar la pantalla. Entró un segundo mensaje.
Desconocido: Descansa, Lucía. Mañana va a llover de verdad.
Corrí hacia la ventana y miré hacia abajo, a la calle oscura. No vi nada. Solo coches aparcados y las farolas elegantes de Chiaia iluminando la acera vacía. Pero la sensación de ser observada fue tan intensa que tuve que cerrar las cortinas de golpe, con las manos temblorosas.
Me apoyé contra la pared, respirando agitadamente. Mi padre me había advertido de los lobos. Lo que no sabía es que el lobo ya tenía mi número de teléfono.
Apagué el móvil. Lo tiré dentro de un cajón y cerré con llave. Como si eso sirviera de algo.
Esa noche, cuando por fin conseguí dormirme, soñé con ojos de color ámbar y con la lluvia cayendo sobre una ciudad que ardía.