El olor de su perfume se había quedado pegado a la tapicería de cuero del coche. Vainilla y algo floral, dulce. Empalagoso. Bajé la ventanilla aunque hacía un frío de muerte. Necesitaba que entrara aire, que oliera a Nápoles, a basura y a sal. Necesitaba sacarme el olor de Lucía de la nariz y el sabor de su boca de la mía. La había dejado en su portal. La vi entrar, segura. No me quedé a mirar. Arranqué y salí quemando rueda. Besarla había sido un error. Un error táctico, estratégico y personal. Un error de novato. Pero joder, qué error. Todavía notaba la presión de sus manos en mi abrigo. Tenía hambre. Tenía rabia. Era igual que yo, solo que ella todavía no lo sabía. Llegué al ático del Vomero. Iván estaba esperándome, tirado en el sofá, jugando al FIFA con el volumen a tope. —¿Ya

