La tormenta golpeaba la casona con furia, como si el cielo quisiera derribarla por completo. Relámpagos blancos iluminaban los ventanales y el mundo parecía en pausa, conteniendo el aliento. En el pasillo aún olía a pólvora, a sangre, a miedo. Pero Catalina avanzó. Cada paso que dio resonó en los pies de los tres hombres que la miraban: Vicente, temblando, con el arma aún en la mano. Evan, respirando con dificultad, presionando su herida. Emilio, con la sonrisa ladeada, ese gesto cruel de quien se cree invencible. Catalina se detuvo frente a él. Frente al hombre que había marcado cada sombra de su vida. —Esto termina hoy —repitió, con una voz que no sabía que tenía. Emilio entrecerró los ojos, desconcertado. No estaba acostumbrado a que ella lo mirara directo, menos así. Esa Catal

