La brisa de la montaña era tibia, perfumada con lavanda silvestre y tierra húmeda. Catalina cerró los ojos y respiró profundo, dejando que el viento le moviera suavemente los rizos pelirrojos que tanto brillaban bajo el sol matinal. La Hondada había cambiado durante ese año… pero nadie había cambiado tanto como ella. La casona ahora estaba llena de vida. De risas. De música. De flores que ella misma sembraba cada domingo en el huerto. Y sobre todo, estaba llena de paz. Catalina se acomodó la cinta roja que siempre llevaba en el cabello —esa que Vicente decía que la hacía ver “como un milagro en movimiento”— y siguió caminando hacia la terraza. Allí estaba Lady Buck, sentada en un sillón de mimbre, tejiendo mientras Laura la peinaba torpemente. —Si me tiras un mechón más, jovencita,

