El amanecer llegó cargado de un silencio extraño. No el silencio natural de la Hondada, ese que olía a lavanda, tierra húmeda y pan recién horneado… No. Era un silencio tenso, vigilante, como si los árboles mismos contuvieran el aliento. Catalina se despertó antes que Laura, con el corazón acelerado. Tuvo una pesadilla: sombras persiguiéndola en el bosque, manos que querían atraparla, una voz grave que repetía su nombre como un conjuro siniestro. Se sentó en la cama y respiró hondo, llevando una mano a sus rizos enredados. La luz dorada del sol se filtraba por las cortinas, haciendo brillar sus pecas como pequeñas constelaciones. Laura seguía dormida, abrazada a su muñeca. Catalina se inclinó y le dio un beso en la frente. Ella tenía que ser fuerte. Por Laura. Por Lady Buck. Por

