La noche cayó sobre la Hondada con un silencio extraño. Un silencio demasiado denso, como si el bosque estuviera conteniendo la respiración. Catalina permanecía en su habitación, sentada en el borde de la cama, abrazada a una manta suave que Lady Buck le había tejido meses atrás. Laura dormía en la alcoba contigua, exhausta después de un día de emociones. Catalina, sin embargo, no podía cerrar los ojos. No con el corazón tan inquieto. Los recuerdos se le mezclaban: las risas con Evan en el jardín, el perfume amaderado de su piel, la forma en que la miraba como si la entendiera sin palabras. Y luego, Vicente. El Vicente de su pasado, el que la había amado sin pedirle nada, el que la había buscado incluso cuando todos la creían perdida. Sentía que estaba dividida en dos… aunque su cor

