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Sentada en el jardín y bebiendo su infusión favorita de canela y frutos rojos, Aurora miraba a la nada, pues su mente viajaba entre los recuerdos vividos por la noche. William no pudo evitar poner cara de desconcierto por un segundo, aunque sorprendentemente se recompuso y lo que pensó o sintió luego de las palabras dichas por su esposa, solo él lo supo.
En el fondo, Aurora se alegraba de este hecho. Nunca amó a su marido y jamás le importó si él la engañaba, tampoco se sorprendía de que su hermana tuviera el desatino de meterse con un casado que resultaba ser su esposo, porque siempre supo que su hermana deseaba haber sido ella la que se casara con William, pero no dejaba de preguntarse ¿cuál era la necesidad o el placer de su hermana para pensar que meterse entre las piernas de su esposo, hacía menos a Aurora? ¿Tanto dolor quería causarle?
Probablemente sí, después de todo, desde que los tres Ducret eran niños, fue su hermana mayor la consentida y la que reclamaba a gritos atención. Siempre deseó destacar y tener todo para ella.
Fue siempre la espina en su costado, junto con su madre a quién Aurora jamás pudo entender, a veces parecía que su madre estaba ciega con respecto Beatrice. Y suponía, además, que, en sus encuentros, William jamás debía hablar de su esposa, porque sabía muy bien que antes de admitir que su matrimonio era un fracaso, su esposo preferiría morir. Por lo que la amante incómoda, debía suponer que Aurora habría llegado a amar a su esposo, y si eso era así, no podría haber sido más tonta, porque eso solo significaba una cosa: Su esposo tenía como amante a su hermana, solamente para intentar lastimar en algún momento a su esposa… ¡Par de idiotas!
Aurora estaba sumida en sus pensamientos cuando Sergio se acercó a ella para comunicarle que William llagaría en 10 minutos, por lo que debía empezar a arreglarse porque irían a comer y su marido estaría solamente una hora en la mansión.
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- ¿Podemos pasar a comprar después de comer, el regalo para mi cuñada? -
-Si, pero no molestes con ello-dijo secamente William.
Aurora le sonrió a su marido como una niña chiquita, a la que le acabaran de regalar una enorme barra de chocolate y decidió, (aunque con miedo), acercarse a su marido y tomarlo de la mano para salir juntos de la mansión y no ella detrás de él, como siempre.
- ¿Qué haces? -Dijo bruscamente un sorprendido William.
-Te doy la mano, es lo que las parejas hacen-.
- ¿Y DESDE CUÁNDO TÚ HACES ESO? – contestó casi gritando el heredero de las industrias O’Connor.
-Aura que hábilmente cambió la expresión de su rostro, contestó tímidamente y soltando la mano de su esposo: -Pensé que… nada olvídalo, no volveré a cometer ese error-.
Cuando William iba a contestarle, Sergio, entró al salón donde estaban, apresurado y sin esperar a que su amo, le diera permiso para hablar, se apresuró a decir:
-Señores O’Connor, la familia de la señora está afuera de la mansión y la hermana de la señora, está comenzando a gritarle a los guardias de seguridad-.
Aurora, que había anticipado que su familia iría a molestarla, se sorprendió genuinamente al escuchar de la voz del perro entrenado de su marido que su hermana estaba perdiendo el control y bueno, siendo ella, justo frente a la casa de su amante, ¿Qué no sabía cómo era William?, pero no dijo nada, solamente volteó a ver su marido que ya le respondía a mayordomo:
- ¿Cuántas veces estuvieron llamando en el día? —
-Ciento cincuenta, mi señor-.
- ¿Y mensajes para mi esposa? -.
-Sesenta mi señor, un mensaje del señor Ducret, nueve de Beatrice Ducret y cincuenta de la señora Ducret-.
-Me apena mucho-dijo por fin Aurora, creo que tal vez si debería recibirlos, pero no hoy mañana, ahora vamos de salida-.
-No. Atiéndelos ahora y acaba con el tema de una vez. Te hice caso en no recibirlos, pero se volvieron molestos y frente a mi casa, Sergio, déjalos pasar, dijo William cuya curiosidad por ver qué haría su esposa para quitarse de encima a sus padres y su fastidiosa hermana, con quien ajustaría cuentas después-.