Vladimir
Aún es de noche.
La habitación permanece en penumbras, apenas iluminada por la luz tenue que se cuela entre las cortinas. El silencio está cargado de calma, interrumpido solo por el ritmo suave de su respiración. Astrid duerme profundamente, ajena al caos que ha desatado en mí.
Su espalda, desnuda y tibia contra mis sábanas, todavía guarda el eco de mis besos. Uno sobre su hombro, otro descendiendo por la curva de su columna, y luego... el resto fue un abandono dulce e inevitable. Me perdí entre sus piernas como un náufrago que, por fin, encuentra tierra firme.
Ahora la miro, envuelto aún en ese desvelo tibio que deja el deseo satisfecho. Astrid, con su cuerpo envuelto en la sábana desordenada, con sus labios entreabiertos en un suspiro inconsciente y sus párpados a punto de abrirse.
Verla así —con esos ojos grises, aún adormilados, brillando apenas cuando se entreabren para buscarme sin buscarme del todo— es, sin duda, lo más extraordinario que he visto nunca.
Porque sí, Astrid es hermosa. Eso es innegable.
Pero lo más perturbador de todo es que ella no lo sabe. Camina por la vida como si flotara en ella, como si no dejara huella, creyéndose invisible... cuando lo cierto es que es imposible no mirarla.
Tal vez sean esos ojos de tormenta que te arrastran sin pedir permiso. O su cabello color chocolate, enredado ahora sobre mi almohada. O ese cuerpo que parece hecho para el pecado... y para encajar perfectamente con el mío.
Pero no. No es solo eso.
Es ella.
Es su forma de mirar el mundo, de hablar sin filtros, de sonreír como si todavía no supiera cuánto puede doler la vida. Es su frescura, su inocencia, esa pureza que no es ingenua, sino valiente.
Astrid no busca destacar.
Y, sin embargo, brilla.
No intenta ser vista.
Y, sin embargo, es lo único que mis ojos son capaces de ver.
Y ahí está. Dormida en mi cama, envuelta en las sábanas y en el caos perfecto que dejamos atrás. Desnuda, serena. Con ese aire etéreo que la hace parecer irreal incluso ahora, con el cabello revuelto y el pecho subiendo y bajando al ritmo de un sueño profundo.
No sabe que, en algún momento de esta noche, cruzó una línea invisible. Dejó de ser solo una mujer hermosa, y se convirtió, sin que yo pudiera evitarlo, en algo más profundo.
Y eso me asusta más que cualquier cosa. Porque en toda mi vida —y he vivido lo suficiente para saber que nada dura, que nada es seguro— nunca experimenté algo como esto.
Algo como ella.
Siempre fue simple. Atracción. Cuerpos. Placer. Mujeres hermosas, momentos intensos, sí… pero fugaces. Controlados, Sin riesgo real. Pero Astrid no es eso. Ella no solo me gusta. Me desarma, Me abruma. Me hace sentir cosas que no sabía que podían existir en mí.
Y eso...
Eso me desconcierta más de lo que quiero admitir.
La miro. Juro que no puedo dejar de hacerlo, aunque mis ojos ardan de cansancio, aunque mis párpados pesen como piedras. No importa. Porque ella está ahí, tan cerca, tan mía —aunque no lo sepa— que todo lo demás pierde sentido.
Se remueve suavemente, como si incluso en sueños buscara mi cuerpo. Su piel se pega a la mía, se acurruca en el hueco exacto de mi pecho, y la forma en la que encaja contra mí es devastadora. Como si ese fuera su lugar desde siempre. Como si el universo, con toda su vastedad, la hubiera diseñado para encajar en mí.
Aspiro su aroma.
Dios.
Ese aroma dulce y embriagante que solo puede ser suyo. Mezcla de piel cálida, de deseo y de algo indefinible que me llena los sentidos y me ancla a este momento.
No quiero dormir. No quiero cerrar los ojos y perderla, ni siquiera por unas horas. Pero el sueño me arrastra, lento y tibio, como ella. Y mientras me hundo en él, una sola idea me atraviesa:
Si este es el principio de algo...
Que el mundo se detenga.
Me despierto de golpe. El calor de su cuerpo ya no está. Mis brazos, que anoche la rodeaban como un refugio, ahora solo encuentran sábanas frías y arrugadas.
Abro los ojos de inmediato. La habitación está en silencio, y el sol apenas se cuela entre las cortinas, tiñendo todo con un tono dorado suave. Pero ella no está.
Me incorporo con rapidez, el corazón latiéndome en el pecho con una urgencia irracional. ¿Se fue? ¿Se levantó y simplemente… se fue?
Entonces la veo.
Su ropa —el vestido que llevaba anoche, y sus botas— todavía está ahí, sobre el pequeño sofá en la esquina de la habitación. Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo y paso una mano por el rostro.
Está aquí.
Sigo teniendo tiempo.
Me levanto, aún con ese leve sobresalto latiendo en el pecho, y cruzo al baño. Me lavo la cara primero, dejando que el agua fría me despabile del todo. Después me cepillo los dientes, apoyado contra el lavabo, mirándome a los ojos en el espejo. No recuerdo la última vez que alguien durmió en mi cama y se sintió tan correcto. No así. No de esa forma.
Salgo del baño y abro la puerta del cuarto. Camino unos pasos hasta el final del pasillo y entonces la veo.
Astrid.
Está en la cocina, de espaldas a mí, con una de mis camisetas puesta —la negra, una vieja, que le llega hasta los muslos— y el cabello recogido en un moño alto y desordenado.
Tiene una mano dentro del refrigerador, sacando una botella de agua, como si esta fuera su casa. Como si esta fuera su vida también.
Y me quedo quieto.
Quieto como un idiota, mirándola desde el umbral.
Porque, joder…
Esa imagen, ella ahí, en mi camiseta, descalza, con el primer sol de la mañana tocándole la piel, es algo que no me molestaría ver cada jodida mañana por el resto de mi vida.
Y no lo digo a la ligera.
No soy de decir esas cosas.
Pero verla así… como si ya encajara en mis días, en mis rutinas, en mi mundo, sin hacer esfuerzo alguno, me revuelve algo adentro que ni siquiera sé cómo nombrar.
Me apoyo en el marco de la pared, sin hacer ruido, como si tuviera miedo de romper la escena. Como si al hablar, pudiera desaparecer.
Y lo único que puedo pensar es, por favor no huyas. No ahora que empiezas a parecer un sueño del que no quiero despertar.
Se gira al cerrar la heladera y me ve. Y entonces sonríe.
Esa maldita sonrisa. Desarmada, suave, como si estuviera feliz de verme ahí parado, despeinado y medio dormido, como si esto —yo, nosotros, la mañana después— tuviera sentido.
Mi cuerpo se movió antes que mi mente.
Fue una fracción de segundos y camino hacia ella.
Lento al principio, como si estuviera cruzando un campo minado, y después más rápido, más seguro. Llego a su lado, la tomo de la cintura con ambas manos, sintiendo su piel tibia bajo la tela de mi camiseta, y la levanto con facilidad para sentarla en la isla de la cocina.
Astrid suelta una pequeña risa sorprendida, una que se apaga apenas me sitúo entre sus piernas y la miro.
Sus ojos.
Joder.
Esos ojos grises, ahora más claros por la luz de la mañana, me atraviesan el pecho. Y no me contengo, la beso.
La beso como si la necesitara para seguir respirando. Como si el día no pudiera empezar hasta tener su boca en la mía. Mi lengua busca la suya, y ella responde de inmediato, con esa mezcla de timidez y hambre que me vuelve completamente loco. Sus manos se aferran a mis hombros, y mis dedos se entierran en sus caderas, atrayéndola más cerca, como si ya no pudiera haber espacio entre nosotros.
El beso es lento pero intenso, una promesa y una amenaza a la vez. Y cuando me separo, lo hago apenas, con la respiración agitada y los labios rozando los suyos.
Sus mejillas están sonrojadas, sus labios hinchados y sus ojos…
Brillan como si nunca me hubieran mirado así antes. Y tal vez no lo hicieron, tal vez esto es nuevo para los dos.
—Buenos días— susurro, con la voz más ronca de lo que esperaba.
Ella sonríe de nuevo, mordiéndose el labio inferior.
—Buenos días— responde, como si fuera la primera vez que esa frase tuviera sentido.
Nos reímos, un poco torpes, un poco avergonzados. Y es perfecto. Porque, aunque el deseo flota denso entre nosotros, hay algo más. Algo que se siente igual de urgente y un poco más aterrador.
Ganas. De quedarnos, de quedarnos en esto. En lo que sea que estamos empezando a construir sin siquiera darnos cuenta.
Nos quedamos así un instante más, sus piernas rodeándome, nuestras frentes casi tocándose. Pero la tensión va cediendo poco a poco, diluyéndose en algo más suave, más cotidiano.
—¿Tienes hambre? — pregunto, mi voz aún algo grave, pero ya con una sonrisa dibujada en el rostro.
Ella asiente, bajando la vista un segundo.
—Un poco… aunque no sé si me animo a tocar algo en tu cocina. No quiero arruinar tu sistema— dice en broma, levantando las cejas.
Suelto una carcajada.
—¿Sistema? Astrid, el único sistema que tengo en esta cocina es el caos funcional. Y tú ya te has animado a meterte en mi refrigerador… eso te convierte oficialmente en una intrusa.
Ella se ríe bajito, y suelto un suspiro que no me doy cuenta que estaba conteniendo.
—Está bien— digo, dándole un beso suave y corto antes de separarme—. Quédate ahí sentada. Voy a prepararte el mejor desayuno que hayas comido en lo que va del día.
—Eso no es mucho decir, Vladimir— responde, divertida—. Son las ocho de la mañana.
—Detalles— murmuro, dándome la vuelta hacia la mesada.
Mientras busco los ingredientes, la siento observándome. Lo sé sin tener que mirarla. Esa mirada suya es un fuego suave que se arrastra por mi espalda, mis brazos, cada movimiento que hago.
Pongo café a hacer, saco algunos huevos, pan, queso. No tengo gran cosa, pero puedo improvisar algo decente.
—¿Siempre cocinas tú? — pregunta desde su lugar en la isla, balanceando los pies en el aire, aún con mi camiseta cubriéndola como un vestido.
—Siempre que puedo. Cocinar me centra, además, me gusta ver las reacciones— digo mientras rompo los huevos en un bowl—. Especialmente si cocino para alguien que me mira así.
Me doy vuelta un segundo y sí, sigue mirándome. Sonríe sin esconderse. Tiene las mejillas un poco rosadas. No sé si por el calor o por lo que le acabo de decir. Y honestamente, nada de eso tiene real importancia. Me encanta verla así.
Termino los huevos revueltos con algo de queso rallado, tuesto el pan, sirvo café y armo dos platos. Lo coloco todo sobre la mesa con una especie de orgullo tonto.
—Desayuno oficial de la casa— anuncio—. Solo para intrusas matutinas que se ven mejor en mis camisetas que yo mismo.
Astrid se ríe y baja de la isla para sentarse a la mesa. Me siento frente a ella, y durante unos segundos comemos en silencio, ese tipo de silencio cómodo que no pide llenar nada.
Entre bocado y bocado, ella levanta la vista.
—Está muy rico.
—Gracias. Me esmeré— le guiño un ojo y después tomo un sorbo de café—. ¿Ves que no es tan malo amanecer conmigo?
Ella me mira. Y esa sonrisa suya, la mezcla entre timidez, ternura y algo más profundo que todavía no nos animamos a nombrar, me golpea otra vez.
—No— responde—. No es nada malo.
Y ahí estamos. Desayunando. Dos personas que anoche eran solo deseo, y que hoy, sin saber cómo, ya están empezando a parecer algo más.
Terminamos de desayunar entre algunas risas suaves, miradas prolongadas y un silencio que no incomoda, sino que invita. Miro su plato vacío y la taza que sostiene entre las manos como si se negara a dejar que el momento termine.
Ella se levanta primero, recoge los platos con una determinación tranquila, y la intención de llevarlos al fregadero.
—Déjame que al menos lave esto— dice sin mirarme del todo, como si supiera que voy a negarme.
Y claro que lo hago.
—No.
Se da vuelta y arquea una ceja.
—¿No?
Pero no la dejo que vaya muy lejos, la sujeto de la muñeca y, sin decir nada más, le quito suavemente la taza de las manos, la dejo sobre la mesa y, en un solo movimiento, la siento sobre mis piernas mientras yo mismo me acomodo mejor en la silla.
Ella se acomoda sin resistencia, una pierna a cada lado de mi cuerpo, con mi camiseta subiéndole apenas los muslos, y una de mis manos descansando en la curva de su cintura. Le acaricio el cuello con el pulgar, lento, como si pudiera memorizar la textura de su piel.
—¿Tienes que irte? — pregunto, mi voz más baja de lo normal.
Ella niega con un movimiento casi imperceptible, sus ojos clavados en los míos.
Y ahí está. Ese espacio diminuto entre nuestras bocas, esa tensión eléctrica que vuelve a nacer con solo tenerla cerca. Me acerco, dejo que mi aliento roce el suyo, y murmuro contra sus labios:
—Igual no iba a dejarte ir, moya malen'kaya ved'ma.
Sus ojos se oscurecen un poco, su cuerpo se tensa apenas sobre el mío.
—Todavía quiero saborearte un poco más.
No le doy tiempo a decir nada más. No me doy tiempo a pensar.
Solo la beso.
La beso con hambre, con el deseo que no se apaciguó con la noche, sino que se multiplicó en cada mirada, en cada gesto, en esos "buenos días" dicho con torpeza. Mis labios se apoderan de los suyos, mi lengua encuentra la suya, suave primero, luego más profunda, más intensa.
Astrid gime apenas, un sonido leve que se me clava directo en el pecho. Mis manos se aferran a sus muslos, a su espalda, a su cuerpo entero que se pega al mío como si lo necesitara tanto como yo al de ella.
La levanto sin dejar de besarla. Sus piernas se enroscan en mi cintura con facilidad, sus brazos alrededor de mi cuello, y camino hacia la habitación como si fuera el único lugar donde podemos estar ahora.
Y mientras atravieso el pasillo, con ella en mis brazos, sus labios sobre los míos y su piel ardiendo contra la mía, solo puedo pensar en una cosa, fuera de esta habitación, todo es prescindible.
Incluso el mundo entero puede esperar, porque en este instante, lo único real es ella.
Astrid.
Moya malen'kaya ved'ma s glazami tsveta grozy.