Astrid Las siguientes semanas fueron un infierno. Literal y figuradamente. Lo único que logró sacarme una sonrisa, aunque fuera momentánea, fue el cumpleaños de mamá. Papá organizó una fiesta sorpresa para ella, y Adele y yo fuimos cómplices en cada detalle. Decoramos la casa con flores frescas, las que a mamá le gustan, las que siempre huelen a primavera, aunque afuera el mundo esté helado. Vinieron todos, los tíos, los abuelos, amigos de toda la vida. Nadie faltó. Mamá lloró de emoción, papá la abrazó como si fuera la primera vez que la veía, y por un instante, solo por un instante, sentí que todo estaba bien. Que todavía existía un rincón del mundo donde el amor no dolía. Al día siguiente, tal como Adele y yo lo habíamos imaginado, papá se la llevó de viaje. Dos semanas. Solo ellos

