La frustración me crecía en el pecho mientras esos hombres me sujetaban como si yo fuera un paquete con destino urgente. No importaba cuánto gritara ni cuántas veces exigiera que me soltaran. Todo era inútil.
—Esto es un secuestro —escupí, forcejeando—. Díganle a ese tal Echeverría que no soy su mercancía.
Uno de ellos evitó mirarme. El otro solo respondió:
—Cumplimos órdenes, señora.
Claro. Órdenes. Porque en el mundo de ese hombre, la gente no decide, obedece.
Respiré hondo, conteniendo las ganas de llorar. No iba a darles ese gusto.
No abortaría. No firmaría. Y mucho menos iba a entregarle a mis hijos a un psicópata con traje caro y complejo de dios.
—Pueden cargarme, arrastrarme o encerrarme —dije con voz firme—, pero no voy a ceder.
—Eso ya lo veremos —murmuró uno de ellos.
Y ahí estaba yo. Sola. Completamente sola.
El maldito Marlon Doyle solo compartía conmigo un apellido que ya me pesaba como una desgracia. Su dinero, sus contactos, su ego inflado… nada de eso servía ahora.
Frente a este energúmeno, su poder era tan útil como un paraguas roto en un huracán.
—Qué ironía —me reí con amargura—. Me casé con un cobarde y terminé raptada por un mafioso. Porque seamos honestos… este hombre debe ser un déspota criminal con una cuenta bancaria ilimitada.
Pensé en mi padre. En mis hermanos. En su amor, en su intención de protegerme. Pero no eran hombres de guerra, ni de amenazas, ni de imperios oscuros. Nadie de los míos estaba preparado para enfrentarse a alguien como Gonzalo Echeverría. Y eso me enfureció aún más.
—Escuchen bien —dije, mirándolos uno por uno—. Díganle a su jefe que está cometiendo el peor error de su vida.
—No suele equivocarse —respondieron.
El auto se detuvo. Una puerta se abrió y antes de que pudiera reaccionar, escuché una voz grave, peligrosamente segura.
—Suban a la madre de mis hijos… y asegúrense de que no escape, les cortaré la cabeza si me entero que no están controlando la situación. —Sus hombres casi volaron, me sacaron del auto y me entraron a la mansión y enseguida la alarma de la puerta principal se activó.
Finalmente me encerraron en una habitación… curiosa sería una palabra amable.
Todas las paredes estaban acolchadas. La cama era inmensa, exagerada, cubierta por una sábana de felpa espesa que me provocó una mueca inmediata.
—Qué puto asco de mierda el gusto de este tipo —murmuré.
Arranqué la felpa sin ningún miramiento y la lancé al piso. Luego me recosté sobre la sábana blanca que quedaba debajo. Al menos eso parecía mínimamente humano.
No pasaron ni dos minutos cuando la puerta se abrió. No tuve que girar la cabeza para saber quién era.
—¿Estás cómoda? —preguntó esa voz grave que ya detestaba con intensidad.
Solté una risa seca.
—Claro —respondí con ironía —. ¿Quién no estaría cómodo en una habitación con está decoración tan horrible?
El maldito Echeverría avanzó intentando esquivar la felpa tirada en el suelo. No lo logró. Se enredó apenas un segundo. Pero fue suficiente. Salté de la cama y corrí hacia la puerta con todas mis fuerzas.
—¡Ni lo sueñes! —gruñó.
Me alcanzó antes de que pudiera tocar el picaporte. Me sujetó de la muñeca y me recostó contra esa pared acolchada horrible que absorbió el impacto como si nada. Genial. Ni siquiera podía golpearlo con dignidad.
—Escúchame bien —dijo cerca de mi rostro—. Sé que eres mayor que yo un par de años y créeme… no vas a dirigir mi barco. Aquí mando yo. Yo decido qué se hace y qué no.
—Yo no pedí subirme a tu barco.
Se inclinó de repente y me dio un beso rápido, brusco, como una provocación mal calculada.
Por poco le muerdo el labio. De hecho, estuve a milímetros de hacerlo. Si ya estábamos en ese juego, pensaba defenderme con uñas, dientes y lo que hiciera falta.
—No lo intentes otra vez —le advertí—. No soy tu juguete.
Sus ojos brillaron. Maldición. El muy desgraciado era hermoso. Peligrosamente hermoso. Pero no iba a dejarme dominar.
Se apartó apenas, sonrió con calma insultante y dijo en voz baja:
—Entonces dime, Adeline… ¿cómo piensas escapar de alguien que ya decidió no dejarte ir?
—Hay cosas que tú no sabes —le dije, con la voz tensa pero firme—. Cosas importantes. Por ejemplo… soy una mujer casada.
Esperé alguna reacción. Sorpresa, molestia, duda. Lo que fuera.
Gonzalo Echeverría soltó una carcajada lenta, cargada de desprecio.
—¿Eso es todo? —se burló—. Tu marido saldrá del juego tarde o temprano. Todos salen. Así como aprendiste a quererlo, aprenderás a odiarlo.
Bufé con rabia e intenté zafarme otra vez de su agarre. Era inútil.
—No puedes encerrarme aquí para siempre —le espeté—. Mi familia vendrá por mí.
Me observó con algo que se parecía a la decepción. Como si yo acabara de fallar en una prueba absurda.
—No pensaba retenerte en esta habitación —aclaró—. Puedes moverte por toda la mansión. Comer lo que quieras. Usar lo que desees. —Hizo una pausa breve—. Menos escapar.
—Estás loco —susurré.
—No —corrigió—. Soy precavido.
Se apartó un paso y señaló la puerta.
—Te advierto —añadió con voz baja—. Mis hombres tienen orden de disparar. Si quieres vivir, te quedas. Ahora… —abrió la puerta del todo—, si no temes que una bala te atraviese, puedes irte justo ahora.
Me soltó.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones.
La puerta estaba abierta y el pasillo, libre. La opción de escapar parecía servida en bandeja. Pero, no era estúpida. Ese hombre no amenazaba en vano.
Lo miré, apretando los puños.
—Algún día vas a pagar por esto —le advertí.
Él sonrió apenas, como si hubiera estado esperando esa frase.
—Tal vez —respondió—. Pero no me importa. Porqué son mis herederos los que llevas en tu vientre, son mi única esperanza. Y los vere crecer a mi lado cada día aunque tenga que hacer cosas que no sean moralmente correctas.
—¿Estás insinuando que serías capaz de matarme para quitarme a mis hijos?