Embarazo múltiple
Jamás pensé que escuchar esas palabras de su boca pudiera doler tanto, pero ahí estaba Marlon, de pie frente a mí, con los brazos cruzados y ese gesto arrogante que se había vuelto habitual.
—Adeline, ya olvídate del sueño de ser mamá —dijo, suspirando como si yo fuera el problema central de su vida—. Seis procesos, seis… ¡y todos fallidos! Estoy cansado. Me estresas. Hasta mis amigos sienten lástima por mí.
Lo miré fijamente. Mis manos temblaban un poco, aunque intenté ocultarlo apoyándolas en la encimera de la cocina.
Yo no quería pelear. Yo solo deseaba obtener mi pequeño milagro.
—No me voy a dar por vencida —respondí con la voz más firme que pude reunir—. Es mi anhelo más grande, Marlon. Es la ilusión por la que nos casamos…
Él se rio de modo desagradable.
—Deja de ser ridícula. Tú solo sabes ganar casos en un auditorio con un juez. Solo sirves para solucionarle la vida a la gente allá afuera… menos la tuya —soltó, como si fuera un chiste.
Ese comentario me dolió, pero, aun así, reuní la poca valentía que me quedaba.
—Solo queda una muestra congelada —le dije—. Una última. Te pido que lo intentemos una vez más. Solo una. Por favor.
Él ladeó la cabeza, y luego se burló:
—¿Para qué quieres someterte a esa vergüenza otra vez? Eres terca, Adeline. Tantos intentos fallidos no te bastan. ¿Qué parte no entiendes?
—Es que todavía no me doy por vencida —contesté, sintiendo cómo el calor subía a mis ojos—. Solo necesito que firmes la autorización para trasladar la muestra del laboratorio a la clínica de Fertilidad Renacer. Si no lo haces por ti, hazlo por mí, como un acto de amor.
Marlon negó despacio, como si yo fuera un chiste que no lograba entender.
—Eres increíblemente testaruda —repitió—. Está bien, firmo. ¡Total, no va a pasar nada! No cuentes con mi apoyo si llegas a quedar embarazada, ¿entendiste? Yo sé que no se va a dar. Y te voy a demostrar que el problema eres tú. Siempre has sido tú.
Yo era una mujer fuerte, o eso me repetía todos los días. Pero sus palabras no resbalaban: se incrustaban.
Tomé la autorización cuando la firmó sin siquiera mirarme. Sus trazos estaban hechos con fastidio, como si firmar ese papel le hubiera quitado algo más que tiempo.
—Gracias… —murmuré, aunque realmente no sabía por qué le daba las gracias.
Él no respondió. Solo se dio la vuelta y salió de la cocina, dejándome allí, abrazando el documento, era mi última posibilidad de ser mamá.
Respiré hondo. Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
Me limpié las lágrimas con la manga y revisé la hoja varias veces. Ya no me quedaba nada más qué pedirle. Ahora dependía únicamente de mi fe.
Iría a la clínica sola, como siempre.
No tenía amigas, no porque no supiera hacerlas, sino porque Marlon se había encargado de alejarlas a todas.
Había accedido a que yo trabajara en el bufete solo para que aportara a los gastos de la casa.
Claro… La casa en la que ahora también vivían su madre y su hermana. Dos juezas silenciosas que me observaban como si yo siempre les debiera una explicación por algo.
Cuando se me notificó del traslado de la muestra acudí al consultorio, la enfermera me hizo seguir al cubículo y allí no supe si reír, ponerme llorar o salir corriendo. La ginecóloga que me atendería está apoyada en el borde de la camilla, sudorosa, con una mano en el vientre enorme y la otra aferrada al expediente.
—Doctora… ¿está bien? —pregunté, con la voz más temblorosa que mi pulso.
—Estoy en trabajo de parto —respondió entre dientes—, pero solo me iré cuando termine con tu procedimiento. Recuéstate y quédate quieta. No me des más trabajo del que ya tengo.
La escuché gritar órdenes a las enfermeras mientras una contracción la doblaba por completo. La mujer parecía hecha de acero, aunque se nota que está a punto de desmoronarse.
—Necesito que esto salga bien, Adeline —jadea—. Dame dos minutos y lo logramos.
Cerré los ojos y recé por mí, por ese embrión que estaba a punto de ser implantado. Recé porque esta doctora, valiente y rota por el dolor, me contagiara un poco de su suerte.
El procedimiento terminó casi tan rápido como comenzó. Cuando me incorporé, la doctora ya está siendo llevada a otra sala mientras gritaba que alguien por favor cuidará que yo no me levantará de la camilla todavía. Me reía sola, estaba nerviosa. Todo había sido tan absurdo que temía que fuera un mal sueño.
Dos semanas después volví a la clínica. Me temblaban las piernas cuando me recosté para la ecografía. La pantalla se iluminó y la doctora suplente abrió los ojos como si viera un milagro.
—Aquí está… implantado. Y parece que… son varios —dice.
—¿Varios? —susurré emocionada.
—Si, prepárate para un embarazo múltiple.
Lloré con el resultado en la mano. Me aferré al sobre contra el pecho y corrí a casa, desesperada por darle a mi esposo la noticia más importante de nuestras vidas.
Pero apenas abrí la puerta, mi sonrisa se quebró.
Él estaba sentado frente a la mesa del comedor, con su madre… y junto a una mujer embarazada que, por el tamaño de su vientre, debe estar de seis meses o más. La sangre se me heló. Nadie respondió a mi saludo y todos me miraron como si fuera una intrusa.
—Ay, gracias a Dios llegaste —dice mi suegra, Roselia, con una sonrisa venenosa—. Así te largas de la vida de mi hijo de una vez.
Parpadeé, confundida.
—¿De qué está hablando?
Mi esposo suspiró, y habló sin vergüenza alguna.
—Adeline… ya no podía esperarte más. Dejé embarazada a mi antigua novia —señala a la mujer como si fuera un trofeo—, y quiero que nos divorciemos. Ya no quiero nada contigo.
Sentí como el alma se me partía en dos.
—¿Qué…? Pero yo… —mi voz se rompió.
Roselia chasqueó la lengua.
—La vida de mi hijo por fin fue bendecida con un bebé. Tú solo fuiste una nube negra, infértil, que lo llenó de tristeza.
Me quedé de pie, fría y muda, con mi sorpresa entre las manos. Guardando solo para mí la noticia de mis bebés. El milagro que tanto esperé… mientras ellos celebraban una traición.
—Dime la verdad —exigí, aunque mi voz tembló un poco—. ¿Desde cuándo me engañas?
Se encogió de hombros. Así, sin más.
—Hace tiempo —respondió con una tranquilidad que me heló el pecho—. Tal vez un año. Hannah y yo… bueno, salimos desde entonces.
—¿Un año? —repetí, incapaz de creerlo.
—Estoy enamorado de ella —continuó, como si todo fuera normal—. Y quiero casarme. Es lo mejor para todos.
Sentí que algo dentro de mí se rompía, pero me obligué a resistir. No iba a derrumbarme frente a él.
Un hombre con ese nivel de cinismo no merecía mis lágrimas. Me mantuve recta, respirando despacio, mientras él tomaba una carpeta del mueble y me la acercaba.
—Aquí tienes —dijo—. Es el acuerdo de divorcio. Solo falta tu firma.
Tomé los papeles. Leí un par de líneas. Todo estaba calculado para dejarme con lo mínimo: unas cuantas pertenencias, ningún derecho real, ninguna compensación. Como si yo hubiera sido la sombra de su vida. Como si no hubiera aportado nada durante años.
—¿De verdad crees que voy a firmar esto? —pregunté sin levantar la mirada.
—Es lo razonable —respondió él—. No quiero problemas, Adeline. Hagámoslo rápido y en paz.
Cerré el documento con calma. Lo sostuve con ambas manos, y luego lo rompí, sin dudarlo, hoja por hoja, delante de sus ojos incrédulos.
—Nos divorciaremos, sí —dije mientras los pedazos de papel caían al suelo—. Pero me quedo con lo que me corresponde. Con lo que la ley dicta. No con lo que tú crees que merezco.
—Adeline… —intentó decir.
—No intentes convencerme —lo corté—. Tú ya tomaste tu decisión. Ahora tomo la mía.
Guardé silencio un segundo, solo para asegurarme de que me mirara a los ojos cuando hablara.
—Y prepárate, Marlon —añadí, con una calma que incluso a mí me sorprendió—. Porque no voy a salir de tu vida como una sombra. Voy a salir con mi nombre limpio, con mis derechos intactos… y con la frente en alto.