Traición desmedida.

1192 Words
Haber estudiado Derecho siempre me dio una ventaja sobre Marlon, aunque él no quisiera admitirlo. Él tenía contactos, sí, y una lengua venenosa bien entrenada, pero yo tenía algo mejor: las leyes de mi lado. Y, sobre todo, tenía la fiereza que él subestimó durante años. Antes de irme de esa casa caminé por la sala, respiré hondo y evalué con claridad lo que me correspondía. Pensé en una cifra. Alta. Tan alta que me permitiría comprar mi propio apartamento sin depender jamás de nadie. Una cifra justa por los años dedicados, por los gastos compartidos, por todos los sacrificios que él siempre fingió no ver. Me giré hacia él. —Marlon —dije con firmeza—, quiero cinco millones de dólares. Él casi se atragantó con su propia saliva. —¿Qué? —demandó, abriendo los ojos como si yo hubiera dicho una locura—. Estás delirando, Adeline. ¿De dónde sacas esa cifra? —De la ley —respondí, cruzándome de brazos—. Y de tus propios movimientos financieros, que conozco mejor de lo que imaginas. Él intentó burlarse, pero la risa le salió nerviosa. —Ni creas que voy a darte tanto. No pienso arruinarme por ti. —No estarías arruinándote —respondí con calma—. De hecho, estarías eligiendo la opción menos dolorosa. —¿Eso es una amenaza? —Una advertencia legal —repuse, sin inmutarme—. Si quieres, puedo accionar todas mis conexiones. Podría dejarte casi en la ruina. Tú sabes que puedo hacerlo. Y no solo por mis estudios… sino por todo lo que sé de ti. Su mandíbula se tensó. —Estás exagerando. —¿Estoy exagerando? —di un paso hacia él—. ¿Quieres que hablemos de tus negocios que no declaraste en tus informes? ¿O de los contratos donde tu firma está acompañada de… digamos, pequeñas irregularidades? Su silencio lo dijo todo. Y entonces, como si el destino quisiera recordarme que no estaba sola, sentí una punzada suave en el vientre y una sonrisa pequeña, casi imperceptible se dibujó en mis labios. Estaba embarazada. Finalmente lo había logrado. Pero, por supuesto, no pensaba decirle nada. No lo necesitaba. Y él tampoco merecía saberlo. —Mira, Adeline, yo… —intentó empezar. —Aún no termino —lo interrumpí—. Marlon, ¿sabes qué pasaría si estas imágenes… llegaran a manos de la prensa? —saqué del bolsillo de mi blazer mi teléfono, le mostré unas fotos que me habían acabado de enviar de él con Hannah, teniendo intimidad. Un amigo informático me las había creado con IA en segundos. Era muy torpe y nunca lo notaría, aunque las revisara con lupa. Se quedó totalmente blanco. —No te atreverías —murmuró. —¿De verdad crees que no? —pregunté, mirando la pantalla sin pudor—. Crees que no defenderé lo que me corresponde… después de todo lo que has hecho. Él tragó saliva y se pasó una mano por la nuca, nervioso, inquieto e inseguro… como nunca lo había visto. —Adeline, por favor, baja la guardia —pidió, ahora intentando sonar conciliador—. No necesitamos llegar tan lejos. —Eso depende de ti —respondí. Hubo un silencio incomodo. Finalmente, él suspiró, derrotado. —Está bien. Lo aceptaré —dijo en voz baja—. Pero quiero que quede claro que lo hago para evitar un escándalo innecesario. —Perfecto —respondí con una sonrisa—. Entonces estamos de acuerdo. Y mientras él evitaba mirarme, yo pensé en mis bebés. En que este embarazo inesperado me había devuelto la fuerza que él intentó arrebatarme por años. Marlon podía tener un hijo con su amante. Pero yo ahora tenía algo mejor: mi libertad, mi dignidad, mi futuro… y la certeza de que jamás volvería a dejar que alguien como él decidiera mi destino. Apenas habíamos terminado de firmar el acuerdo verbal, aunque yo sabía que aún faltaba formalizarlo en papel, cuando escuché los tacones frenéticos de Roselia acercándose desde el pasillo. Me giré lentamente, como quien sabe que se acerca un terremoto anunciado. —¡Por fin, por fin! —exclamó ella, levantando las manos al cielo—. Gracias, Dios mío, ¡porque la infertilidad de esta mujer dejó de contaminar la vida de mi hijo! Rodé los ojos. —Hola, Roselia —dije con una sonrisa cansada—. Siempre tan sutil. Ella me ignoró por completo y se acercó aún más, con su perfume empalagoso invadiendo el aire. —¡Infértil! —soltó, como si la palabra fuera una piedra que por fin podía lanzarme—. ¡Estás seca, Adeline! ¡Seca! Una mujer que no puede producir vida no merece llamarse esposa. ¡Por eso mi hijo sufrió tanto! Tú trajiste oscuridad a esta casa desde que entraste. Oscuridad y tristeza. Me crucé de brazos. —¿Listo, Marlon? —pregunté sin mirarlo—. ¿Ves por qué siempre te dije que mantuvieras a tu madre fuera de nuestras decisiones? Roselia resopló como una vaca furiosa. —¡Y todavía tienes el descaro de hablar! ¡Qué alivio que por fin te vas! Esta casa volverá a tener luz. Mi hijo tendrá un hijo de verdad, no como… —Como yo, ¿cierto? —la interrumpí, riéndome suavemente—. Roselia, nada de lo que digas me afecta. Absolutamente nada. ¿Sabes? El cariño es mutuo… porque yo tampoco te soporté en todos estos años. Así que estamos a mano. Su rostro se deformó en una mueca de indignación. —¡Cómo te atreves…! —Oh, por favor —levanté la mano con indiferencia—. No perdamos tiempo. Ya les dejé el camino libre. Disfruten. Marlon miraba al piso, incapaz de intervenir. Cobarde hasta el final. Me acerqué y tomé mi equipaje, solo dos maletas, lo poco que me permití llevarme, después de todo en varias semanas nada de la ropa que tenía me iba a servir. Roselia murmuraba insultos detrás de mí como una radio vieja descompuesta. —Bueno —dije, colocándome el bolso al hombro—. Que tengan una vida muy feliz. Sin mí, por supuesto. Iba a abrir la puerta cuando mi teléfono vibró. Miré la pantalla era de la Clínica Renacer. Sentí un vuelco en el pecho. —¿Sí? —respondí, tratando de no mostrar ansiedad. Escuché la voz de una enfermera, agitada. —Señora White, necesitamos que venga de inmediato. Hubo una… complicación importante con su caso. Es urgente. El mundo se me detuvo. Mi mano apretó con fuerza la manija de la puerta. —¿Mis…? —Me mordí la lengua. No podía decir la palabra bebés delante de esas personas.— ¿La complicación es grave? —Muchísimo —respondió la enfermera—. Debe acercarse ahora mismo. No pierda tiempo, por favor. —Voy en camino —contesté. Colgué, respiré hondo y mantuve el rostro sereno. No iba a mostrar ni un ápice de emoción frente a quienes habían disfrutado verme caer. —¿Problemas, Adeline? —preguntó Roselia con una sonrisa venenosa. —Nada que te importe —respondí, abriendo la puerta.
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