―No te preocupes hija, ahora me cambio y enseguida me pongo manos a la obra en la cocina, por cierto ¿dónde está mi rey? ―pregunté mientras buscaba con la mirada a mi nieto.
Este viéndome juguetona, se escondió esperando darme un susto saliendo repentinamente, pero yo que le conocía bien y sabía dónde se solía esconder, di la vuelta y le encontré agazapado detrás de una puerta y le dije,
―Te pillé
Y éste salió corriendo en dirección a su madre, riéndose. Aquello me parecía increíble, desde hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación, de estar de nuevo viviendo en familia. A pesar de llevar muchos años bajo el mismo techo, no era lo mismo que ahora.
―¿Quieres ajos? ―se escuchó que preguntaba mi hija.
―Sólo unos pocos, ya sabes que no me sientan muy bien ―respondí mientras me cambiaba.
Cuando volví al comedor, ya tenía la comida servida y mi hija me dijo,
―¿Sabes qué he estado pensando?, este fin de semana libro, si quieres podemos irnos mi hijo y yo a algún sitio, y te dejamos el día libre para lo que quieras.
―Preferiría pasarlo con vosotros, hace tiempo que no salimos como una familia a algún lugar, aunque sea a jugar al parque.
A mi hija eso le debió de gustar, pues se acercó y me dio un suave beso sobre la cabeza.
―Quiero ir a ver a los patos ―dijo mi nieto con unas pocas palabras.
―Pero has de saber ―le respondí―. Que los patos son muy listos y saben quién se lo come todo y quien no ¿te gustaría que ellos supiesen que comes poco?
―No, hoy me lo comeré todo ―dijo con una gran sonrisa.
Aquello era maravilloso porque por primera vez en mucho tiempo nos habíamos sentado los tres a la mesa a comer, cuando normalmente mi hija comía de pie o se llevaba la comida en una merendera y lo hacía de camino al trabajo.
Pero hoy aun robándole parte de su valioso tiempo se había sentado y mi nieto con el que siempre había que guerrear para que comiese, se lo estaba comiendo todo lo que le había puesto su madre y sin siquiera protestar. Una vez terminamos de comer me fui a fregar y mi hija se fue a trabajar.
Ya llegaba tarde, aunque no me importaba, pues me había agradado mucho cómo se había resuelto la mañana, aunque estaba bastante enojada al principio, pues cuando llegué mi hijo estaba sólo en casa cuando debía de estar mi madre con él.
Preguntándole me dijo que había venido con uno de sus amiguitos, un vecino nuestro y que su madre los había traído a los dos; aunque me pareció bien, pues estaba en casa, no me había gustado mucho, pues si alguien se responsabiliza con una tarea debe de cumplir y más cuando se trata de mi hijo.
Pero extrañamente todo aquel mal humor se me había esfumado cuando ella había abierto la puerta, es como si hubiese entrado una bocanada de aire fresco y me hubiese hecho olvidar todas mis quejas.
Aunque normalmente dejaba a mi hijo haciendo sus tareas, hoy apenas me había dado tiempo a despedirme para salir corriendo al trabajo. Por suerte éste estaba próximo a donde vivía por lo que únicamente debía de andar un poco más deprisa para poder recuperar el tiempo que había gastado de más preparando la comida.
Salí de la casa en dirección a mi lugar de trabajo, el supermercado del barrio y llegado a este me encontré con el encargado que me dijo,
―Hola, señorita, veo que hoy viene radiante, me alegro, esa es la actitud que quiero para mis empleadas.
¿Radiante?, no sabía muy bien a lo que se refería, seguramente querría que hiciese horas extras y por eso me había soltado tal piropo. No le di más importancia, me puse el mandil de trabajo y empecé a cobrar en mi caja.
―Buenas, se nota que hoy hace un día precioso ―me dijo un señor mayor al que veía todos los días comprando lo mismo.
―Sabe, hoy le recomiendo una oferta que tenemos, si le interesa para añadirlo a su dieta.
―¿Cómo sabe que estoy a dieta? ―preguntó el hombre extrañado.
―Soy muy observadora, además usted se conserva bastante bien, por lo que algo tiene que hacer.
―Ah, gracias, se ha dado cuenta, pero no es sólo por la comida, ando todos los días cerca de ocho kilómetros, ¿se lo puede creer a mi edad?
―Pues si me lo permite le recomiendo unos complementos que contienen hierro, es bueno reponer las sales minerales que se pierden ―le respondí con una sonrisa.
―Sabe, me alegro mucho de que me haya tocado que usted me atienda, siempre que venga voy a procurar que sea así. Y en confianza, si cree que necesito algo más no dude en decírmelo, pues a pesar del dicho “Cuanto más mayor más sabio”, la verdad es que la cabeza se me queda pequeña y a veces no me puedo fijar en todo.
―¿Para qué se cuida tanto? ―pregunté algo extrañada.
―Sabe, hay una muchacha, que he conocido el otro día en una fiesta, pero me dio corte sacarla a bailar. Ella también parece algo recatada y quiero estar bien para este viernes.
―¿Tiene de nuevo fiesta? ―pregunté sorprendida.
―Sí, todos los viernes a las ocho en el centro social, puedes venir si quieres, seguro que te lo pasarás bien.
―Muchas gracias, pero no tengo pareja ―respondí con pesar.
―Yo estaría encantado de serlo ―me dijo el hombre guiñándome el ojo―. Aunque, a decir verdad, ya estoy interesado en otra.
―¿Y se lo va a decir? ―pregunté en voz baja.
―No lo sé, es que me da cosa ―respondió con vergüenza.
―Pruebe con unas flores, eso siempre ayuda y si no le acepta sólo habrá perdido un poco de su ego.
―De eso ya no me queda señorita, se lo llevó el tiempo, es otra cosa ―replicó con tono misterioso.
―Hágame caso, unas flores, aunque sea sólo una, pero que no sea una rosa roja ―dije guiñándole un ojo.
―¡Ah no!, ¿por qué? ―preguntó sorprendido.
―No me sea picarón, que ya sabe lo que significa.
Y a los dos nos entró esa risa nerviosa de complicidad que tienen dos amigos cuando tocan temas personales y salió el hombre contento en dirección a la floristería según me dijo, para preparar su ataque del próximo viernes.
Me quedé un rato a solas mientras no venía ningún cliente, extrañada de aquello que había sucedido.
Normalmente, tenía por costumbre no hablar con los clientes, ya que me resultaba muy estresante tener que estar marcando y pensando en la contestación que tendría que dar.
Para lo único que me solía dirigir al cliente era para decirle el coste total de la compra, y lo hacía con prisas, ya que habitualmente había uno o dos clientes más esperando.
Pero ahora, había sido como si el tiempo no tuviese importancia, como si lo realmente importante era el dedicarle un poco de tiempo a este hombre que siempre venía cabizbajo, en cambio, se había ido animado y con una gran sonrisa.
“A ver si es cierto lo que me ha dicho mi jefe de que tenía un buen día”, pensé para mí.
Llegó el siguiente cliente, esta era una mujer de las difíciles de tratar, pues se quejan por todo. Todavía recuerdo la discusión de ayer, porque unos yogures tenían fecha de caducidad de hoy. Ella se quejaba y argumentaba que con tan poco tiempo no le iba a dar tiempo a comérselos todos y que tendría que tirar más de la mitad, por lo que me solicitaba una rebaja por lo menos de la mitad de su precio.
El día anterior, era porque me había confundido al darle el cambio por un céntimo. Ella se enfureció mucho diciendo que, si ya eran caros los productos, no se podía permitir que no le diese bien el cambio.
Pero extrañamente no me sentía atemorizada ni cohibida ante su presencia como en otras ocasiones. Era de esas personas difíciles de olvidar y que te gustaría no haber tenido el placer de conocer, de las que si ves por la calle prefieres cambiar de acera antes de encontrártela de frente. Apenas había empezado a marcar cuando me preguntó,
―Oye, ¿y esa colonia que llevas hoy cuál es?
Asombrada se lo dije y me volvió a dirigir la palabra diciendo,
―A ver si me compro un bote de eso, sabes a mí me gusta llevar perfume, pero en muy poca cantidad, prefiero que mi propio olor se mezcle con el del perfume.
―Así la conocerán por su olor ―la dije con una sonrisa forzada.
―Efectivamente, no me gustan esas personas que por falta de higiene disimulan su propio olor detrás de un litro de colonia.
―Además dicen que es afrodisíaco, me refiero al olor personal ―puntualicé.
―Sí, yo también lo he escuchado, pero dicen que los hombres son más bien visuales, por eso siempre uso ropa de una talla inferior a la mía.
Las dos nos reímos de lo lindo con aquel comentario, la verdad es que la mujer estaba desconocida, quizás la había juzgado mal o puede que con demasiada ligereza.
Ahora que la conocía un poco mejor, me parecía una bella persona, y claro un mal día lo puede tener cualquiera incluso ella, eso explicaría los encontronazos que tuvimos en el pasado, nada de lo que se deba acordar uno.
Me despedí con una sonrisa y tras un momento de estar a solas escuché por la megafonía que me requerían en atención al cliente. Aquello me chocó, pues normalmente cuando se necesita algo de una cajera se suele mandar a una chica para avisar y no se monta el escándalo que supone usar los altavoces.
Cuando llegué estaba el encargado con una gran sonrisa que me dijo,
―Mira que hemos hablado entre varios y creemos que vas a ser la empleada de la semana.
―En todos los años que llevo aquí nunca lo he sido ―dije sorprendida.
―Pues mira por donde hoy te toca ―respondió guiñándome el ojo.
―Pero eso quiere decir…
―Sí, efectivamente, recoge tus cosas, pues tienes el resto del día libre.
Aquello me parecía un sueño hecho realidad, siempre había envidiado la suerte de algunos por poder librar gracias a ser el empleado de la semana, pero nunca me había tocado hasta ese momento.
Me sentía afortunada, como tocada por la providencia, capaz de hacer cualquier cosa, de conseguir que mis sueños y deseos se cumpliesen.
Salí después de abrazar a mis compañeros e incluso a algún cliente que se me cruzó por el camino y a todos le regalaba una linda sonrisa. Me dirigí a una tienda de artículos infantiles, pues quería que mi dicha fuese compartida por los míos, y aunque el dinero no me sobraba quise darle una sorpresa a mi hijo por lo que fui a comprarle un juguete.
Antes de entrar en la tienda, vi a una persona que vendía cupones de lotería. Siempre había recelado de esos juegos que se llevan el sueldo y con ello también las ilusiones, pues pasan años y años sin que toque, ni a ti ni a ningún familiar, a pesar de las habladurías que insisten en que han oído de uno a quien dicen que le tocó, pero sin que nadie le conozca directamente.
Compré un número y le dejé el cambio al vendedor, el cual me deleitó con un poema como agradecimiento, este a pesar de ser breve era hermoso y así se lo hice saber.
Después entré en la tienda y tras mucho mirar me decidí por un cubo de Rubén, aunque sabía que mi hijo era más de muñecos de lucha libre me pareció un buen entretenimiento que le ayudaría a concentrarse en tareas complejas.
Pues a decir verdad no espera que lo resolviese nunca, pues cuando era más joven lo había intentado varias veces y nunca lo conseguía.
Le pedí al dependiente que me lo envolviese para regalo y una vez pagado me fui emocionada a casa. Allí estaba mi madre sentada en una butaca viendo la tele y tejiendo una bufanda, a pesar de que no la necesitábamos, pues ya teníamos colección, pero a ella le gustaba tejerlo y la mantenía entretenida.