Capítulo 1. El Duque Impecable.
Londres brillaba esa noche con una elegancia calculada, como si cada farol y cada reflejo en el asfalto húmedo hubieran sido colocados con precisión para servir a un único propósito: el espectáculo.
El Museo de Historia Natural se alzaba iluminado contra el cielo nocturno, majestuoso, solemne, rodeado de vehículos negros que llegaban en una secuencia perfecta. De cada uno descendían figuras impecables, envueltas en trajes de gala, sonrisas medidas y conversaciones diseñadas para ser escuchadas solo a medias.
Entre ellos, Dominic James Ashford, Duque de Wexford, avanzaba con la naturalidad de quien nació para ese mundo.
Su presencia imponía sin esfuerzo. No alzaba la voz, no buscaba atención, y aun así las miradas acudían a él como si obedecieran a una ley silenciosa. El traje oscuro estaba hecho a medida con una precisión casi ofensiva, el nudo de la corbata perfectamente alineado, el pin del ducado brillando discretamente en la solapa. Cada detalle hablaba de tradición, de control, de una historia que se remontaba generaciones atrás.
Dominic caminaba erguido, con la espalda recta y el mentón alto, saludando con un leve gesto de cabeza, concediendo sonrisas educadas, breves, exactamente del tamaño correcto.
El duque impecable.
Eso era lo que el mundo veía.
Lo que nadie veía era la tensión que le recorría el cuerpo desde hacía días, esa sensación incómoda, persistente, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso.
—Su Gracia —saludó un hombre mayor, estrechándole la mano—. Un placer verlo esta noche.
—El placer es mío —respondió Dominic con voz firme, medida, sin una sílaba fuera de lugar.
Avanzó unos pasos más, acompañado por el murmullo de conversaciones elegantes, el tintinear de copas de cristal y el sonido lejano de una orquesta de cámara. Todo era perfecto. Demasiado perfecto.
Dominic lo sabía.
Había aprendido desde niño a leer las grietas invisibles en ese tipo de escenarios. Y esa noche, aunque nadie más parecía notarlo, algo estaba fuera de lugar.
Lo sintió primero como una incomodidad en la nuca. Luego como una presión en el pecho.
Se detuvo junto a una de las grandes columnas del salón principal, aceptando una copa de champán que apenas probó. Mientras fingía atención en una conversación trivial sobre donaciones y restauraciones, sus ojos se movían con precisión entrenada, recorriendo el espacio, memorizando rostros, detectando patrones.
Demasiadas cámaras.
No las oficiales —esas estaban previstas, controladas—, sino las otras. Las que se deslizaban con torpeza disimulada entre invitados, teléfonos levantados apenas un segundo de más, miradas que no buscaban su rostro sino su reacción.
Dominic apretó ligeramente los dedos alrededor de la copa.
No era paranoia. Nunca lo había sido.
Cinco años atrás, cuando su padre murió y el ducado pasó a sus manos, Dominic había entendido una verdad innegociable: no había margen para el error. Cada paso debía ser calculado, cada vínculo evaluado, cada silencio mantenido.
Porque un Ashford no caía solo.
Arrastraba a todos.
—Dom.
La voz llegó suave, familiar, lo suficientemente baja como para no romper el protocolo. Dominic giró la cabeza y encontró a Lady Vivienne Harrow, impecable en un vestido color marfil, observándolo con esa mirada aguda que siempre parecía ver más allá de lo evidente.
—Vivienne —respondió, relajando apenas los hombros—. Me alegra verte.
—Eso dices siempre —comentó ella, acercándose lo suficiente para que pareciera un gesto social—. Pero hoy estás más rígido de lo habitual.
Dominic esbozó una sonrisa leve.
—Tal vez el ambiente lo exige.
Vivienne alzó una ceja, divertida, aunque en sus ojos había una preocupación genuina.
—O tal vez alguien te está poniendo nervioso.
Antes de que Dominic pudiera responder, un destello blanco cruzó el espacio frente a ellos.
Un flash.
Rápido. Inesperado. Ilegal.
Dominic no se movió. No parpadeó. No cambió la expresión.
Pero algo se quebró en su interior.
Vivienne lo notó.
—Eso no estaba en el programa —murmuró ella, sin dejar de sonreír hacia el exterior.
Dominic inclinó apenas la cabeza.
—No —confirmó—. No lo estaba.
Durante el resto de la velada, Dominic mantuvo su papel con una precisión impecable. Respondió preguntas, posó para fotografías oficiales, conversó con miembros del consejo, intercambió palabras medidas con un primo lejano que sonreía demasiado.
Lord Cedric Ashford.
—Primo —saludó Cedric, estrechándole la mano con entusiasmo—. Siempre tan correcto. A veces me pregunto si alguna vez te cansas de ser perfecto.
Dominic sostuvo su mirada, tranquilo.
—La perfección es una cuestión de disciplina, Cedric. No de gusto.
La sonrisa de Cedric se tensó apenas un segundo. Fue suficiente.
Cuando la gala finalmente llegó a su fin y Dominic subió al vehículo oficial, el silencio lo envolvió de inmediato. Cerró los ojos solo un instante, apoyando la cabeza contra el respaldo.
El conductor arrancó.
Fue entonces cuando su teléfono vibró.
Dominic lo observó durante varios segundos antes de tomarlo. Un número desconocido. Sin identificación.
Abrió el mensaje.
Solo una línea.
“Sé lo que escondes, Su Gracia.”
El pulso no se le aceleró. No lo permitió.
Pero por primera vez en años, Dominic Ashford comprendió que el equilibrio que tanto había cuidado estaba comenzando a resquebrajarse.
Y que alguien, en algún lugar, había decidido cazarlo.
El trayecto hasta su residencia transcurrió en un silencio denso, apenas interrumpido por el rumor constante de la ciudad al otro lado de los cristales polarizados. Londres seguía viva, indiferente, mientras Dominic permanecía inmóvil en el asiento trasero del vehículo, con el teléfono apoyado en la palma de la mano.
Releyó el mensaje una vez más.
No había amenaza explícita. No había exigencias. Solo una afirmación cuidadosamente formulada para provocar inquietud. Y lo había logrado.
Dominic bloqueó la pantalla y apoyó el aparato sobre el muslo. No iba a reaccionar. No aún. Reaccionar era admitir debilidad, y la debilidad era una grieta que otros sabían explotar con precisión quirúrgica.
—¿Todo en orden, Su Gracia? —preguntó el conductor, con una discreción entrenada.
—Sí —respondió Dominic sin vacilar—. Continúe.
La residencia del duque se alzaba en una calle tranquila de Kensington, protegida por una fachada sobria que ocultaba su verdadera magnitud. No era un palacio, pero tampoco una simple casa. Era un punto medio cuidadosamente elegido: lo suficientemente imponente para respetar el linaje, lo suficientemente discreto para evitar titulares innecesarios.
Al cruzar el umbral, Dominic se quitó los guantes con un movimiento lento y preciso, entregándolos al mayordomo.
—¿Alguna novedad durante mi ausencia? —preguntó mientras avanzaba por el vestíbulo.
—Nada fuera de lo habitual, señor —respondió el hombre—. Aunque llamó el despacho del secretario Vane. Dijo que era urgente.
Dominic se detuvo apenas un segundo.
Sir Malcolm Vane.
El nombre se deslizó por su mente con la suavidad de una advertencia. Secretario de prensa de la familia, asesor de imagen, arquitecto silencioso de reputaciones inmaculadas. Un hombre que sabía cómo construir una narrativa… y cómo destruirla.
—Devolveré la llamada en la mañana —dijo finalmente—. Esta noche no.
Subió las escaleras sin esperar respuesta. El cansancio se le asentaba en los hombros, pero no era físico. Era una fatiga más profunda, una que no se aliviaba con descanso.
En su despacho, Dominic cerró la puerta con cuidado y se permitió, por primera vez desde que había llegado, aflojar el nudo de la corbata. Se acercó al ventanal y observó la ciudad extendiéndose ante él, luces dispersas como constelaciones artificiales.
Cinco años.
Cinco años viviendo con la sensación constante de estar siendo observado.
La muerte de su padre no solo le había arrebatado al hombre que le había enseñado a caminar con la cabeza en alto; le había entregado una carga que Dominic nunca había pedido, pero que aceptó sin quejarse. El ducado. La responsabilidad. La vigilancia permanente.
Había sacrificado muchas cosas para sostener esa imagen. Amistades. Libertad. Deseos que nunca habían tenido nombre en voz alta.
Y ahora, alguien afirmaba conocer aquello que Dominic había enterrado con tanto cuidado.
Se giró, apoyando ambas manos sobre el escritorio. Abrió un cajón oculto y extrajo una carpeta delgada, sin etiquetas. Dentro, solo había unos pocos documentos y una fotografía antigua, doblada en los bordes.
Dominic la sostuvo entre los dedos durante un instante más largo del necesario, antes de volver a guardarla.
No. No podía permitirse mirar atrás.
El sonido del teléfono rompiendo el silencio lo hizo alzar la vista de inmediato. Esta vez, la pantalla mostraba un nombre.
VIVIENNE
—Habla —respondió al segundo timbrazo.
—No me digas que ya estás durmiendo —dijo ella—. Te fuiste de la gala como si te persiguiera un fantasma.
—Algo así —admitió Dominic—. ¿Qué ocurre?
Hubo una pausa breve al otro lado de la línea.
—Me siguieron hasta el coche —dijo Vivienne, bajando la voz—. No fue obvio, pero tampoco sutil. Y no era prensa habitual.
Dominic cerró los ojos.
—Gracias por decírmelo.
—Dom… —comenzó ella—. Esto no es normal. No incluso para tu familia.
—Lo sé.
—Entonces deja de fingir que lo tienes todo bajo control.
Dominic no respondió de inmediato. Caminó hasta el sillón cercano y se sentó, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Mañana hablaré con Vane —dijo al fin—. Y reforzaré la seguridad.
Vivienne soltó una risa breve, sin humor.
—¿Ahora? ¿Después de todo este tiempo?
—Ahora —confirmó—. No antes.
—Bien —aceptó ella—. Pero hazlo a tu manera. No a la de ellos.
Cuando la llamada terminó, Dominic permaneció en silencio, observando el reflejo de su propio rostro en el cristal oscuro del ventanal. Impecable. Sereno. Inquebrantable.
Eso era lo que el mundo veía.
A la mañana siguiente, Dominic se sentó en la cabecera de la mesa de reuniones de su despacho, con el teléfono en la mano. Marcó el número de Sir Malcolm Vane y esperó.
—Su Gracia —respondió la voz al segundo tono—. Me alegra que haya llamado.
—Ha ocurrido algo anoche —dijo Dominic, sin rodeos—. Y quiero saber qué sabe usted al respecto.
Sir Malcolm guardó un silencio calculado.
—Me temo que más de lo que me gustaría —respondió finalmente—. Y precisamente por eso, debo insistir en algo que he venido sugiriendo desde hace semanas.
Dominic apretó la mandíbula.
—Hable claro.
—Su seguridad actual es insuficiente —dijo Vane—. No hablo solo de riesgos físicos, sino de algo más… delicado. Si alguien ha empezado a moverse, debemos anticiparnos.
—¿Y su propuesta?
—Un refuerzo inmediato —contestó el secretario—. Protección privada. Externa. Profesional. Alguien que no pertenezca al círculo habitual.
Dominic se recostó en la silla.
—No necesito un perro guardián.
—No —concedió Vane—. Necesita a alguien que no le deba nada a la Corona. Alguien que vea amenazas donde otros ven protocolo.
Dominic guardó silencio.
—He encontrado un candidato —continuó Vane—. Ex militar. Norteamericano. Perfil bajo. Eficiencia alta. Llega a Londres esta misma semana si usted lo autoriza.
Dominic cerró los ojos un instante.
Algo en su interior, una intuición antigua y afilada, le advirtió que esa decisión marcaría un antes y un después.
—Envíeme el informe —ordenó—. Lo revisaré.
—Por supuesto, Su Gracia —respondió Vane—. Créame cuando le digo que este hombre podría ser exactamente lo que necesita.
Dominic colgó y permaneció inmóvil durante varios segundos.
Protección externa. Un desconocido. Alguien que entraría en su vida sin conocer las reglas no escritas, sin respetar las máscaras cuidadosamente construidas.
El informe llegó minutos después.
Dominic lo abrió.
Y leyó el nombre en la primera línea.
Noah Carter.
No sabía por qué, pero en ese instante, Dominic Ashford tuvo la certeza de que la perfección que había sostenido durante años estaba a punto de romperse.