Dominic Ashford leyó el informe por tercera vez sin que su expresión variara.
El despacho estaba en silencio, inundado por la luz gris de la mañana londinense que se filtraba a través de los ventanales altos. El ruido distante del tráfico era un murmullo constante, amortiguado por los gruesos cristales. Todo en aquel espacio estaba diseñado para transmitir estabilidad, orden y control.
Exactamente lo que Dominic sentía que estaba empezando a perder.
El nombre seguía allí, impreso con una sobriedad casi clínica.
Noah Carter.
Ex militar. Misiones internacionales. Protección ejecutiva. Evaluaciones impecables. Ninguna mancha visible en su historial. Demasiado limpio. Demasiado eficiente.
Dominic cerró la carpeta con un movimiento seco y la dejó sobre el escritorio.
No necesitaba a otro hombre siguiéndolo como una sombra.
Había pasado cinco años aprendiendo a vivir bajo vigilancia constante, rodeado de seguridad discreta, protocolos internos y personal cuidadosamente seleccionado. Sabía moverse, sabía anticipar riesgos, sabía cuándo sonreír y cuándo callar. No era un joven imprudente ni un noble ingenuo.
Y, sobre todo, no era un hombre indefenso.
Se levantó y caminó hasta el ventanal, cruzando las manos a la espalda. Abajo, la ciudad seguía su ritmo habitual, ajena a las tensiones que se acumulaban tras aquellas paredes elegantes.
La amenaza existía, no lo negaba. Pero aún no había cruzado la línea de lo tangible. Un mensaje anónimo, algunos movimientos extraños, flashes fuera de protocolo. Nada que justificara una reacción desmedida.
Contratar a un guardaespaldas externo, además, enviaría un mensaje peligroso.
Miedo.
Y Dominic Ashford no se permitía mostrarlo.
Cuando abandonó la residencia esa mañana, lo hizo como siempre: puntual, impecable, acompañado por el equipo habitual. Nada en su postura sugería inquietud. Nada en su expresión revelaba duda.
El encuentro con Sir Malcolm Vane estaba previsto para media mañana, en una de las salas privadas del edificio administrativo que la familia utilizaba para asuntos internos. Un lugar sobrio, funcional, desprovisto de adornos innecesarios.
Sir Malcolm ya lo estaba esperando cuando Dominic entró.
—Su Gracia —saludó, poniéndose de pie con una cortesía medida—. Gracias por venir tan pronto.
—Prefiero resolver estos asuntos con rapidez —respondió Dominic, tomando asiento sin preámbulos.
Sir Malcolm se acomodó frente a él, cruzando las manos sobre la mesa. Su traje gris impecable, su cabello perfectamente peinado y su expresión calmada eran parte de una imagen cuidadosamente cultivada durante décadas. Un hombre acostumbrado a manejar crisis antes de que se convirtieran en titulares.
—He asumido que revisó el informe —dijo.
—Lo hice —confirmó Dominic—. Y he tomado una decisión.
Sir Malcolm alzó levemente las cejas, atento.
—No contrataré a un nuevo guardaespaldas —anunció Dominic con voz firme—. Al menos no por ahora.
El silencio que siguió fue breve, pero cargado.
—Con el debido respeto, Su Gracia —respondió Sir Malcolm finalmente—, considero que esa es una decisión precipitada.
Dominic sostuvo su mirada sin parpadear.
—No lo es. No hay pruebas concretas de una amenaza inmediata.
—Todavía —corrigió Vane—. Y cuando las haya, podría ser demasiado tarde.
Dominic se inclinó apenas hacia adelante.
—No voy a permitir que se cree una narrativa de pánico alrededor de mi figura. Usted mejor que nadie sabe lo rápido que eso se propaga.
Sir Malcolm apretó los labios, conteniéndose.
—Justamente porque lo sé, insisto. La percepción lo es todo. Y ahora mismo, alguien está intentando moldearla desde las sombras.
—Y responder con una escolta externa solo confirmaría que algo anda mal —replicó Dominic—. No voy a darles esa ventaja.
Sir Malcolm se recostó en la silla, evaluándolo con una mirada más dura.
—El candidato que le propuse no pertenece a ningún círculo habitual. No responde a la prensa local ni a intereses internos. Eso lo convierte en un activo valioso.
—O en una variable que no puedo controlar —respondió Dominic—. No entra cualquiera en mi vida.
Hubo un silencio más prolongado. Sir Malcolm suspiró con suavidad, como quien acepta una batalla perdida… solo por el momento.
—Entiendo su postura —dijo al fin—. Pero debo dejar constancia de mi desacuerdo.
—Está en su derecho —asintió Dominic—. Y yo en el mío.
Sir Malcolm lo observó durante unos segundos más, con una expresión difícil de leer.
—Entonces, al menos permítame reforzar la vigilancia existente —propuso—. De forma discreta. Sin anuncios. Sin titulares.
Dominic lo consideró.
—Eso sí —concedió—. Pero quiero informes directos. Nada filtrado, nada suavizado.
—Por supuesto.
La reunión terminó poco después, con una cortesía tensa flotando en el aire. Dominic abandonó la sala con el mismo aplomo con el que había entrado, sin mirar atrás.
Sin embargo, mientras avanzaba por el pasillo, una sensación incómoda volvió a instalarse en su pecho.
La certeza de que había ganado una discusión… pero quizás no la guerra.
Esa misma tarde, mientras el día comenzaba a declinar, Dominic recibió una llamada que no esperaba. Un asistente nervioso, una voz demasiado rápida, palabras mal medidas.
—Su Gracia… hay un inconveniente.
Dominic se detuvo en seco.
—Explíquese.
—Un vehículo no identificado ha estado estacionado frente a la residencia desde hace más de una hora. No responde a los intentos de contacto. Y alguien… alguien dejó algo en la reja principal.
El pulso de Dominic se mantuvo firme.
—¿Qué dejaron?
Hubo una pausa.
—Una fotografía, señor.
Dominic cerró los ojos apenas un segundo.
—¿De qué?
—De usted —respondió la voz—. Saliendo de la gala de anoche.
Dominic colgó sin despedirse.
Por primera vez desde que heredó el ducado, comprendió que Londres había dejado de ser solo su escenario.
Se había convertido en un campo de caza.
El acoso no se detuvo.
Al contrario, se volvió más preciso.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Dominic Ashford comprobó que la insistencia de su acosador no era producto del azar ni de una simple provocación. Cada movimiento suyo parecía ser observado, anticipado, registrado. Fotografías que nunca debieron existir comenzaron a circular en despachos equivocados, siempre de manera informal, siempre acompañadas de comentarios ambiguos que nadie se atrevía a poner por escrito.
Una imagen tomada desde el ángulo exacto para sugerir cercanía con una persona equivocada.
Un registro de horarios demasiado exacto.
Un sobre sin remitente deslizado bajo la puerta lateral de su residencia, vacío… pero no inocente.
Dominic no mostró reacción alguna en público. No alteró su agenda. No canceló compromisos. No permitió que el mundo notara fisura alguna en la armadura que llevaba años perfeccionando.
Pero en privado, el ambiente había cambiado.
Los guardias habituales se turnaban con mayor frecuencia. Los accesos se revisaban dos veces. El personal caminaba con una tensión silenciosa que nadie se atrevía a nombrar. Y Dominic, aun sin admitirlo en voz alta, dormía menos.
La situación escaló definitivamente la mañana del segundo día.
Dominic se encontraba en su despacho cuando recibió la notificación de que Sir Malcolm Vane solicitaba hablar con él de inmediato. El tono del mensaje no dejaba espacio para interpretaciones.
Cuando atendió la llamada, no fue Sir Malcolm quien habló primero.
—Dominic.
La voz era grave, controlada, inconfundible.
El Duque se enderezó de inmediato.
—Majestad —respondió con respeto—. No esperaba su llamada.
—Ni yo esperaba enterarme por terceros de lo que está ocurriendo contigo —replicó el Rey, sin dureza, pero sin indulgencia—. Sir Malcolm me ha informado esta mañana.
Dominic apretó la mandíbula.
—No consideré necesario involucrar a la Corona.
—Eso ya no es una opción —contestó el Rey—. Cuando un m*****o de esta familia es acosado de forma sistemática, deja de ser un asunto privado.
Hubo un silencio breve.
—¿Hasta qué punto es grave? —preguntó el Rey.
Dominic eligió sus palabras con cuidado.
—Lo suficiente como para resultar molesto —dijo—. No lo suficiente como para justificar una reacción exagerada.
—Discrepo —respondió el Rey sin rodeos—. Y esta vez, no es una sugerencia.
Dominic cerró los ojos un instante.
—Exijo que se refuerce tu seguridad personal de inmediato —continuó el Rey—. No solo por ti, sino por lo que representas. No permitiré que alguien convierta tu vida en un espectáculo.
—Entiendo su preocupación —dijo Dominic—. Pero…
—No —lo interrumpió—. No entiendes. Porque si lo hicieras, no habrías rechazado la contratación externa que te propusieron.
Dominic no respondió.
—Sir Malcolm actuará como enlace —concluyó el Rey—. Quiero resultados, no discusiones. ¿Está claro?
—Sí, Majestad.
La llamada terminó sin despedidas innecesarias.
Dominic permaneció inmóvil durante varios segundos, con el teléfono aún apoyado contra el oído. No estaba acostumbrado a recibir órdenes del Rey. Su relación siempre había sido cercana, incluso afectuosa, pero clara en sus límites.
Aquella llamada había cruzado uno.
Poco después, Sir Malcolm apareció en persona en la residencia. Su expresión, por primera vez desde que Dominic lo conocía, no estaba completamente bajo control.
—Gracias por recibirme tan pronto, Su Gracia —dijo, acomodándose frente a él.
—No finjamos —respondió Dominic—. Sé por qué está aquí.
Sir Malcolm asintió.
—La situación ha llegado demasiado lejos —afirmó—. Y ahora tenemos directrices claras.
Dominic apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—El acoso continúa —admitió—. No es improvisado. Quien sea que esté detrás… sabe esperar.
Sir Malcolm lo observó con atención.
—Entonces sabrá que su negativa inicial ya no es sostenible.
Dominic sostuvo su mirada durante un largo instante.
En su mente apareció, inevitable, la imagen del informe. El nombre. La sensación incómoda que había experimentado al leerlo. No por desconfianza, sino por algo más difícil de definir. Una intuición que no había querido escuchar.
—Contacte al candidato —dijo finalmente—. Al norteamericano.
Sir Malcolm no ocultó el alivio.
—Noah Carter —precisó—. Está disponible. Puede estar en Londres en menos de cuarenta y ocho horas.
Dominic asintió lentamente.
—Quiero una llegada discreta. Sin prensa. Sin anuncios.
—Por supuesto.
—Y una cosa más —añadió Dominic—. Este hombre no responderá a usted. Responderá a mí.
Sir Malcolm dudó apenas un segundo.
—Así será.
Durante los dos días siguientes, Dominic sintió el peso de la decisión como una presencia constante. Cada sonido fuera de lugar, cada sombra mal ubicada, cada reflejo inesperado en los cristales reforzaba la certeza de que había esperado demasiado.
La noche anterior a la llegada del guardaespaldas, Dominic apenas durmió.
A la mañana siguiente, la residencia despertó con un movimiento inusual. Personal reducido. Seguridad reforzada. Silencio absoluto en los accesos.
A las nueve en punto, un vehículo n***o se detuvo frente a la entrada principal.
Dominic observaba desde el ventanal del salón, con las manos cruzadas a la espalda.
El conductor descendió primero. Luego, la puerta trasera se abrió.
El hombre que bajó no llevaba uniforme ni distintivos visibles. Vestía ropa oscura, funcional, sin pretensiones. Su postura era recta, alerta, como si cada paso estuviera medido. Miró alrededor con rapidez, evaluando el entorno antes de avanzar.
Cuando cruzó la puerta y entró en la casa, Dominic lo vio claramente por primera vez.
Alto. Sólido. Sereno.
El mayordomo anunció con voz firme:
—Su Gracia, el señor Noah Carter ha llegado.
Dominic dio un paso adelante.
El hombre alzó la vista y sostuvo su mirada sin titubeos.
—Duque de Wexford —dijo, con acento extranjero marcado, pero correcto—. Noah Carter. Me presento para trabajar.
Dominic sintió, sin saber por qué, que nada volvería a ser igual a partir de ese momento.