Me detengo frente al hombre temblando en el suelo. —Vete —le ordeno—. Sigue mirando. No te acerques. No las toques. Solo observa. Quiero saber si se cagan de pie. Quiero saber su marca de pan. Todo. Asiente rápido y sale casi arrastrándose, cerrando la puerta a sus espaldas. Me quedo solo. Sirvo más cafĂ©, pero no lo bebo. Apoyo las manos en la mesa y bajo la cabeza un instante, respirando lento y profundo hasta que la rabia se vuelve algo más frĂo. Más afilado. Naia es un nombre falso. Eso ya lo sĂ©. Pero nadie se inventa una identidad asĂ por nada. SonrĂo. No es una sonrisa amable. —¿QuĂ© carajos eres? —murmuro al aire vacĂo de la habitaciĂłn. EspĂa o no. Deuda o no. EntrĂł a mi ciudad. Me mirĂł a los ojos. Me dijo que no. Y desapareciĂł. Eso no termina aquĂ. Ni de cerca. La caza acaba

