Capítulo 8

1117 Words
En la mansión, Diego había pasado la mañana con Isadora hasta que se quedó dormida. Se daba cuenta de que en serio quería a Emma y de que se había encariñado mucho con ella en el mes que había pasado juntas. Se sentía muy bien al ver que su plan había funcionado. De esa manera, su hija no iba a sufrir la ausencia de su madre. Además, él había disfrutado mucho esos días porque había tenido tiempo para salir con Jade y otras jóvenes. Eso era lo que quería en este momento: disfrutar de las mujeres y beber. De pronto, uno de sus amigos lo llamó por teléfono para invitarlo a salir. Por supuesto, él aceptó emocionado, ya que tenía ganas de divertirse. En cuanto veía mujeres, su día mejoraba de inmediato. Un poco más tarde, ya estaba en la fiesta y se acercó a saludar a su amigo. —Ey, gracias por la invitación. —Disfruta, chico —contestó Caio. —Sí que es una buena fiesta. —Lo sé, sobran las mujeres hermosas. Puedes mirar a todas, menos a una, que es mía. —No lo puedo creer, ¿estás con alguien? —Claro que no, solo tonteamos —se rio el amigo. —Bien, entonces tendré cuidado —bromeó. —¿Cuál te gustó? Ven que te las presento. Fueron hacia la piscina y Diego no podía dejar de mirar los cuerpos de las mujeres en bikini, que estaban tomando sol. Vio a unos conocidos y los saludó con la mano, pero, en cuanto se detuvieron para empezar a saludar a la gente, vio a las dos chicas que tenía delante y se encontró cara a cara con Emma. —Chicas, quiero presentarles a un amigo mío, Diego. Ellas son Emma y Lara, la mujer de la que te hablé —explica Caio. —Encantada de conocerte —lo saluda Lara. —El gusto es mío —responde el hombre. —Hola —dice Emma algo incómoda y el hombre le devuelve el saludo. —¿La están pasando bien? —preguntó el anfitrión. —Deja de preguntarlo, la fiesta es espectacular —dijo Lara. —Es cierto, gracias por invitarnos —coincidió Emma. —Genial, les haré traer unos tragos. —¿Cuándo te quedas a pasar un rato aquí? —Lara quería verlo más tiempo. —Saludo a unos amigos y vuelvo para que nos demos un chapuzón. —Te espero —dijo ella. Mientras ellos dos hablaban, Diego miraba a Emma, pero, como tenía puestos unos anteojos de sol, ella no se daba cuenta; en cambio, miraba hacia otro lado mientras tomaba su trago. Pero, en verdad, por dentro se estaba maldiciendo a sí misma por no haber pensado que él podría estar allí. No tenía nada en su contra, pero no quería mezclar lo profesional con lo personal ni juntarse con su grupo. Entonces, Caio lo llamó y se fueron con otra gente, con quienes Diego se sentó y se puso a observar el lugar. —Aquí sí que hay mujeres ardientes —dijo Pedro. —Es un paraíso —dijo Lucas. —No quiero pensar en nada que no sea esto —acotó Douglas. —¿Ya elegiste alguna? —indagó Pedro. —La de rojo —dijo Douglas. —Yo la de blanco —avisó Lucas. —A mí me gusta la de bikini multicolor —contó Pedro. —Es la chica de Caio —advirtió Diego. —Entonces iré tras la amiga. —Ni siquiera sabes si a ella le interesas. —Quiso disuadirlo Diego. —Nada que una buena charla no pueda arreglar —contestó entre risas—. Además, no soy de los que se rechazan, ¿verdad? —Cuánta humildad —dijo Diego con un tono frío. —Vamos, ¿te ofendiste? Dime cuál te gustó a ti. —Ninguna, acabo de llegar. —Bueno, mujeres no faltan, echa un vistazo por allá. —El hombre se quedó bebiendo su trago en silencio. En la piscina, Emma le habló a su amiga, alarmada. —¿Conoces a ese amigo de Caio? —¿Y quién no? Es el hombre más rico y poderoso de la ciudad. —Vio que su amiga se quedó pensativa y agregó—: Sabía que iba a venir. Es un mujeriego sin cura, me quedo con mi Caio, sin dudas. —Se rio. —¿Están saliendo? —No, solo pasando el rato —explicó Lara. —Ya veo. —Chicas, les traje algunos bocadillos y bebidas —dijo Caio y ellas le dieron las gracias—. Cariño, ¿vamos a nadar? —Claro, ¿vienes, Emma? —No, iré al baño. Enseguida vuelvo. Mientras caminaba, pasó junto a unos hombres que quisieron hablarle, pero ella no les contestó y fue directo al tocador. Se puso a arreglarse el cabello en el espejo, cuando escuchó que alguien entraba y cerraba la puerta. Era Diego. —¿Qué hace aquí? Es el baño de mujeres. —Lo sé. Quería decirte que mañana por la mañana voy a casa de mis padres porque es su aniversario de bodas, así que te necesitaré allí. Pasaré a recogerte por tu casa. —Bien, ahora salga de aquí antes de que alguien piense cualquier cosa. —No sabía que conocías a Caio. Para ser nueva en la ciudad, conoces bastante gente con clase. —¿A qué se refiere? Soy amiga de Lara y ella me invitó. —Aléjate de mis amigos, averiguaré qué intentas lograr, Emma. Y asegúrate de no beber de más, porque no quiero llevar a una mujer que huele a alcohol a la casa de mis padres. —¿Cuál es su problema conmigo? —Eres muy inteligente y haces muy bien el papel de buenita, pero a mí no me engañas. Trata de no avergonzarme. Después de decir eso, abrió la puerta y se fue. Emma se miró en el espejo y respiró hondo. Comenzaron a caerle lágrimas, esas palabras la habían lastimado de verdad. No había forma de que lo hiciera pasar vergüenza porque nadie sabía que se conocían, pero lo único que él quería era humillarla de todos modos y eso era lo que le dolía: no lo que pensara él, sino la humillación que la hacía pasar. Después de unos minutos, se recompuso y volvió a buscar a Lara, que estaba saliendo del agua. También vio que Diego solo vestía un bañador n***o y estaba entrando a la piscina; luego, se acercó a una mujer y empezaron a hablar. Un rato más tarde se estaban besando, así que Emma se sentó de espaldas a él y se puso a hablar con su amiga y Caio.
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