Capítulo 1. Así la encontré.
Que responderías si te hiciera una pregunta, una que podría cuestionar todo tu conocimiento de la realidad, una que te desenfocaría, aunque sea por unos segundos de la normalidad en la que vives, una pregunta tan sencilla como lo es ¿Cuál es tu lugar en el mundo? Si te soy sincero no encontraría palabras para descifrar esa interrogante, creo que vas más allá de lo que podría analizar.
Vivimos en una sociedad en la que normalizamos las realidades de todos, pero, adaptándonos a un entorno en el que siempre debes ser lo que los demás esperan que seas, y no sé si me equivoco, pero eso hace que la normalidad que conocemos, se vuelva intrínseca, algo tan incrédulo, en lo que cualquiera podría darle su propio significado a está.
No podría decir que soy una persona normal, no en el ámbito desde la perspectiva de la sociedad, ese donde debes de ser de los mejores estudiantes para ser normal, ese donde debes llegar al punto de popularidad, porque de no hacerlo eres diferente, ese en el que debes de resaltar en tu propia vida, porque si no, te alejas del significado de la normalidad.
Mi abuela siempre me decía que la normalidad es relativa, que lo que es normal para uno puede ser diferente para otro, y quizás por eso vivo inmerso en mi propia normalidad, una en la que soy quien debo ser, pero esta misma me aleja de las personas, aunque en el fondo creo que soy yo mismo quien siempre termina alejándose y alejándolas.
Mi nombre es Mateo, solo soy un chico de 16 años de edad, aun asisto al colegio, no puedo describirme como un chico atlético, ni como uno de los populares, creo que ni siquiera como los sabelotodo del salón, de hecho creo que mi propia normalidad se diferencia tanto a la de los demás, que, por esa razón, me etiquetaron como el chico raro del salón, el extraño, muchas veces me siento como un fantasma, uno que es ignorado, uno que parece ser un ser desconocido, uno que pareciera que viviera bajo las sombras, o almenos eso es lo que me hacen sentir, justo cuando tienen cosas más importantes que hacer.
Siento que mi propio estilo de vida, se ha caracterizado por centrarme en las letras, los libros, de hecho, desde que tengo seis años que aprendí a leer, no he podido imaginar mi vida sin una nueva historia que me sorprenda, y quizás debido a todo esto, surgió esa idea, ese deseo, esas ganas, de convertirme en aquello que tanto ha llenado mi propia vida, en ser un escritor.
En un ser que pueda brillar mediante las palabras, en un ser que pueda darle ese aire de inspiración a los demás, esas mismas que tantos libros me la han dado a mí, y debido a todo ese afán que he creado y ganado durante mi vida, ha hecho que los libros se vuelvan mi día a día, se conviertan en mi compañía, se sientan como mis únicos amigos.
Pero por más grande que sea el deseo de ser escritor, mayor el miedo, a pesar de siempre intentar creer que soy capaz de algo, vivo envuelto en unas series de inseguridades que no me dejan avanzar, seamos sinceros, nadie creería que una persona como yo, podría volverse un famoso escritor, de hecho, creo que no podría volverse nadie en la vida.
Dicen que no debes juzgar un libro por su portada, y puede que tenga mucha razón en este contexto, porque esta historia que ha marcado mi vida, ese autor que comenzó a darle un camino, comenzó a enmarcar la diferencia en mí, y fue desde esa mañana que mi madre entro a mi habitación.
- ¡Mateo! ¡Mateo! ¡despiértate de una vez! ¿acaso no te das cuenta que llegaras tarde al colegio? … me hablaba mi madre con mucha seriedad.
No sé por qué ese día solo quería volver a mi cama, no levantarme, no salir de mi casa, de hecho, el solo hecho de saber que debía ir al colegio me desanimaba, ver a esos que dicen ser mis compañeros, a esos que pasan su vida molestándome por ser distinto, pero ¿Cómo le dices a tu madre que no?
Así llegue al colegio, aun cuando mi madre insistía en que llegaría tarde, creo que nunca lo he hecho, generalmente llego unos 30 minutos antes de que inicie la clase, pero después de mí, siempre llega ella, Alexandra, junto a sus amigos.
- Así que nuevamente el primero en llegar es el raro este … se expresaba Alexandra con cinismo.
No sé porque nunca tengo el valor para decirle algo, para sentir que puedo defenderme, aun así, lo único que hago es bajar la mirada.
- ¡Oye Raro! ¿acaso nos estas ignorando? Creo que deberías de aprender a respetarnos un poco … se pronunciaba Roque, uno de los amigos de Alexandra, mientras arrojaba mis cuadernos al suelo.
Alexandra, se podría decir que es la chica popular del salón, tanto que tiene a todos pendiente de ella, tiene dinero, es inteligente, creo que para mí su único detalle es que se aprovecha de lo que para ella no es normal, ósea, se aprovecha de mí.
- ¡Roque! Déjalo, no quisieras dañar tu reputación si creen que eres amigo de él ¿o sí? Así que te recomiendo que te apartes de ese ser inmundo … hablaba Alexandra sonriendo.
- No se preocupen, no estoy ignorándolos, y nadie pensara que son mis amigos … les hablaba un poco tembloroso.
- ¡espera un segundo! ¿acaso acabas de dirigirnos la palabra? ¿Qué crees que somos? … hablaba un poco alterado Roque mientras me empujaba.
Saben estos son los momentos en los que una persona en la normalidad del mundo, se levantaría e intentaría defenderse, sin embargo, alguien como yo, no sé si solo es por miedo, no sé qué rayos es lo que tengo en la mente, pero no me levante, volví a bajar la mirada como si fuese un ser inferior a ellos, y saben que es lo peor que en el fondo si me siento así, como alguien que no vale nada, cuando está cerca de ellos.
- ¿Qué está sucediendo aquí? … preguntaba el profesor con seriedad entrando al salón de clases.
- No ocurre nada profesor, solo se cayó, estábamos hablando … le respondía Roque sonriendo.
- ¿así que solo se cayó? ¡muy interesante! … hablaba el profesor mientras se acercaba a mí.
- ¡enserio profesor Roque no le hizo nada! … se hacía notar Alexandra con cinismo.
- Está bien, si dicen que no sucedió nada, pues no sucedió nada, así que te lo diré de una vez Mateo, no deberías estar en el suelo, así que levántate o te enviare a la dirección, ¿comprendido? … se expresaba el profesor mientras regresaba al escritorio.
Esta es mi vida todos los días desde que entro hasta que salgo del colegio, además de que todo es igual cuando los encuentro en cualquier lugar, ni siquiera los profesores quienes deberían abogar por uno, lo hacen, me siento tan vacío que muchas veces creo que debería terminar con este martirio, y no lo creas, aun es algo que podría pensar en hacer.
Llego la hora de ir al comedor, sabes es la hora que más detesto, no solo porque Alexandra y sus amigos están, sino porque está el resto del colegio, y son los momentos en los que las burlas pareciesen extenderse, los momentos en el que todos se dan cuenta, de lo inútil y patético que soy.
Y fue en ese momento que tome mi comida, que sentí que toda mi vida se iba al carajo, se acabaría en segundo, ya que, al tomar el plato, solo gire un milímetro, pero lo suficiente para chocar con el cuerpo de Alexandra y arrojar un poco de ella, sobre su blusa.
- ¡qué demonios estás haciendo! ¿Cómo te atreves a hacerme esto a mí? … se expresaba ella molesta.
Todos en ese comedor comenzaron a reír, pero esta vez, por primera vez no sentí que reían de mí, esta vez, reían de ella.
- Lo, lo, lo siento … hablaba tembloroso.
- ¿lo sientes? ¿acaso sabes cuánto cuesta esta blusa? ¿acaso sabes lo que acabas de hacer? … continuaba hablando ella muy enojada.
- De verdad lo siento, no fue mi intención … me mantenía hablando nervioso dando unos pasos hacia atrás.
Uno de sus chicos, me tomo por los hombros, mientras otros dos se colocaban a mi lado, ¡Maldición! ¿Acaso no podre zafarme de esta? Me preguntaba en mi interior.
- Puedo tolerar, que hayas destruido mi blusa, puedo tolerar que te creas importante una vez en tu vida, puedo tolerar, que arrojes comida sobre mí, pero lo que no puedo tolerar es que me hagas quedar como el hazme reír del colegio, ¿Cómo te atreves a hacerme esto a mí? Esta me las vas a pagar muy caras … se expresaba ella tomándome del cuello.
Su voz, se sentía terrorífica, sus ojos llenaban de pánico a cualquiera, su respiración acelerada, te hacía creer que no tendrías escapatorias, fue cuando comenzó a escucharse en todo el comedor, ¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea! ¿en serio pelea? ¿realmente me creen capaz de pelear aquí?
Y creo que eso me llevo a hacer lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar, Correr, creo que fue la primera vez que me sentí todo un atleta corrí como nunca creí que podría hacerlo, por una vez en la vida, llegue a pensar que podría salvarme de ellos, que podría conseguir escapar, que podría estar a salvo, pero al final me acorralaron.
- Ya no tienes escapatoria idiota … me hablaba ella con seriedad en su rostro.
- Alexandra, de verdad disculpa, no era mi intención … seguía respondiendo con miedo.
- Pues, así no haya sido lo que quería hacer, tienes que pagar por lo que hiciste … fueron las ultimas palabras que escuche en ese momento, mientras me daba un fuerte empujón.
- No sé qué fue lo que paso con exactitud, mientras rodaba por las escaleras, esas por las que ella me arrojo, así llegué hasta el último escalón, herido, ensangrentado, asustado, y fue entonces que la encontré.
- ¿te encuentras bien? … me preguntaba preocupada
Solo levante la mirada, para ver a una hermosa chica, con una mirada de intranquilidad, nerviosa acercándose a mí.
- Debo llevarte a la enfermería de prisa … continuaba hablando ella.
Solté su mano, no sé quién es, y mucho menos lo que quiere, aun así, insistió en ayudarme, y fue entonces cuando sentí por primera vez, ese sentimiento de paz, ese sentimiento de que puedes confiar en alguien, ese sentimiento de que alguien se preocupa por ti.
- Bien, te llevare pronto a enfermería, estarás bien, por cierto, ¡Mi nombre es Emily! … se pronunciaba ella sonriendo.
Encantado Emily, soy Mateo … le respondí.