Al final ella se alejó de mí, con los ojos encendidos y el pecho agitado. Me miró con desprecio, como si yo fuera lo peor que le había pasado en la vida, y soltó: —Eres un cobarde. La palabra me atravesó como un mal recuerdo que uno finge haber olvidado, pero que en el fondo aún sangra. —Pero bueno —continuó, con ese tono burlón que usaba cuando se estaba rompiendo por dentro—. Te dejo. De seguro quien toca es una zorra que espera que la folles descontroladamente. Y así, sin más, se dio la vuelta. Desnuda. Con el orgullo reventando por delante, caminó hacia la habitación como si el mundo fuera su pasarela. Cerró la puerta con un golpazo que retumbó por todo el pasillo. Me llevé la mano al rostro y negué entre risas. No sé si de lo absurdo, de lo patético o de lo jodidamente encantador

