La pregunta me golpeó como un balde de agua helada. No era una burla. Era genuina. Dolida. —Porque no quiero que te arrepientas después —le dije sin respirar—. Porque eres la hija de mi socio. ¡De mi jefe! Y yo… yo solo quería ayudarte, maldita sea. Pero no cooperas. Ella me miró como si hubiese dicho la peor excusa del mundo. —¿Ayudarme? ¿Y esa ayuda incluye besarme con desesperación? ¿Dormir a mi lado? ¿Tocarme como si me desearas desde el infierno? —¡Lo siento! —grité, sintiéndome más desbordado que nunca—. Pero no puedo evitar esto. No permito el rechazo. ¡Dímelo de una vez por todas! Ella no parpadeó. —¿Decirte qué? —Dime si te repudio. Dime que te doy asco. Dime que no me deseas. Que me detestas. Se acercó hasta quedar a escasos centímetros. Podía oler su perfume mezclado con

