No tuve tiempo de replicar. Me agarró por la cintura, me levantó como si fuera de papel y me apretó contra él. Su boca encontró la mía, y esta vez no hubo dulzura. Fue fuego, puro y salvaje. Su respiración era tan fuerte que se mezclaba con el vapor del baño. Me llevó contra la pared con fuerza medida, su cuerpo presionando el mío, sus manos sujetándome como si no quisiera dejar un solo espacio entre nosotros. —Te ves sexy con ese tatuaje —murmuró, mientras sus labios bajaban por mi cuello hasta mi hombro—. Pero estoy celoso. Ese hijo de puta te ha tocado. Mis uñas se hundieron en su espalda. Sentía su cuerpo vibrando de celos, de deseo, de una rabia dulce que me excitaba más de lo que debía. —Tú eres mía, chiquita. —¿Tú crees? —le susurré con una sonrisa, retándolo. —Lo sé. Sus ojo

