Pero claro que lo tenía. No con papeles. No con promesas. Todo porque sus ojos me desnudaban más que sus manos. Porque su voz me hacía temblar más que una noche de placer. Porque por más que lo odiaba, lo deseaba con la misma intensidad. —No. —Su voz fue un gruñido—. No, Valentina. Tú eres mía. Siempre lo has sido. Me tomó del brazo con más fuerza. Sentí que mi cuerpo se tensaba. Me jaló con fuerza, casi haciéndome perder el equilibrio, y antes de que pudiera protestar más, ya me había sacado del club. A empujones, con la furia latiendo entre nosotros como electricidad estática. —¡Estás exagerando, Damián! —grité—. ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres? ¿Que me encierre en una maldita jaula? Él se detuvo, respirando con dificultad, me miró con los ojos oscuros llenos de sombras. No, no quiero es

