POV Alessandro
No sé porque razón todo lo que me dijo esa secretaria me ha dejado de muy malhumor. Mucho peor del que ya traía.
Si mi di el gusto de no echarla a patadas por insolente es porque quiero tener el placer de humillarla cuando me traiga su famoso informe para demostrarme lo equivocado que estoy.
Equivocado ¿Yo? Esa mujer está delirando. Quizás esta mañana haya desayunado de más y eso la haya intoxicado.
Porque está visto que no tiene incontinencia a la hora de abrir su boca, no solo para hablar y decir estupideces.
Es imposible que haya una falla en esa fusión. Nuestros asesores hicieron un estudio absoluto antes de tomar una decisión. No hago mis negocios por impulso, mi sociedad con los Montalvo no fue de casualidad, fue un movimiento estratégico para sacar adelante nuestro imperio que, por una mala decisión de mi padre, casi nos deja en la ruina.
Claro que hoy esa sociedad me pesa y mucho, pero hice lo tenía que hacer para salvar a la familia.
Y lo volvería a hacer.
Como sea, sé que el único momento que voy a disfrutar en este día será humillar a esa mujer.
Sonrío de solo pensar en cómo está trabajando en vano. Los empleados me han dicho que está en la cafetería y que no se ha detenido ni para ir al baño. Debo reconocer que, aunque es una imbécil es tenaz.
Igual, la voy a despedir. Si la contrató Eleonora, es por algo.
¿Será para vigilarme? O... ¿para qué no me enrede con ella?
¡Si Eleonora supiera lo que hice el viernes!
Es que ni yo me lo creo. No puedo creer que haya caído bajo el encanto de esa mujer.
Seguramente ese ron cubano me pegó fuerte y me sacó de mis cabales, si no, no se explica lo que me sucedió.
—Señor Di Doménico —me avisa Rita por el intercomunicador—. La señorita Montalvo está aquí y quiere ver...
La mujer ni siquiera terminar de anunciarla que escucho como la puerta de mi oficina se abre de par en par.
Levanto mi mirada y ahí está la que se supone, es mi prometida; alta y esbelta, enfundada en un vestido color marfil que marca sus perfectas curvas, que las conozco de memoria. Si hay algo que la naturaleza no le regaló, las cirugías lo han hecho.
Eleonora es una mujer hermosa, no lo niego. Quizás sea la mujer más hermosa del país y me tenga que sentir afortunado por casarme algún día con ella, pero no.
—Mi amor —me dice con voz melosa, mientras se va acercando—. ¿Qué pasa contigo que no me has atendido el teléfono en todo el fin de semana?
Cierro mis ojos y suspiro.
—Hasta donde yo sé, me mandaste al diablo —le respondo con tranquilidad—. Te pusiste celosa de esa modelo, que ni siquiera recuerdo el nombre y me dijiste de todo, menos, que era tu amor.
Ella frunce el ceño y empuja con suavidad mi asiento, haciéndose un lugar para sentarse sobre mis piernas.
Porque así es nuestra relación, peleamos—en realidad ella pelea y yo la escucho—y luego busca la reconciliación. Esto ha sido así los últimos dos años.
—Disculpame amor mío —me dice, entrelazando sus manos detrás de mi nuca—. Esa zorra te estaba tocando descaradamente y tú no le dijiste nada. ¡Sabes como me pongo con ese tipo de mujeres!
Ahí vamos otra vez, reclamos y más reclamos.
—¿Yo que culpa tengo? Ni siquiera le hablé —respondo con tono de cansancio—. Es más, te fuiste tú y yo, minutos después de ti.
Claro que le estoy mintiendo descaradamente. Porque puedo no recordar el nombre de esa bendita modelo, pero sí todo lo que me hizo muy complaciente en el baño del lugar en donde era la fiesta.
Que puedo decir, la chica era hermosa y estaba dispuesta a hacer lo que fuera por tener mi atención y claro que la tuvo, por un rato.
Lo cierto es que no hay ninguna mujer que me llame la atención más que para tener sexo y nada más. No pienso atarme a nadie, porque la persona que yo quisiera tener a mi lado no está.
Y si no es con ella, no le daré mi corazón a nadie más.
Me casaré con Eleonora solo por obligación, pero mi amor y fidelidad, jamás serán para ella.
Noto que mi prometida, comienza a aflojar mi cinturón y a bajarme el cierre del pantalón muy despacio, mientras se muerde el labio.
—Ya no quiero discutir mi amor... —susurra sobre mi boca—. Solo quiero que me hagas el amor, porque me muero de ganas.
¡La previsible Leo! Me pelea, me termina y luego viene a buscarme como una ninfómana en celo. Y por supuesto, yo le doy lo que ella quiere. Porque puedo no amarla, pero es hermosa y no soy de madera.
Nos comenzamos a besar apasionadamente, mientras yo le bajo el cierre de su vestido dejándola desnuda en segundos.
Hundo mi cara entre sus perfectos senos mientras ella me agarra el cabello y gime. Me levanto y la giro haciendo que afirme sus manos sobre el escritorio mientras la penetro con fuerza, como si quisiera descargar en esa embestida todas mis frustraciones.
El eco de los gemidos de Eleonora se mezcla con el sonido del aire acondicionado, pero por alguna razón, mi mente sigue divagando. Mientras la tomo con una pasión mecánica, el aroma de ese maldito perfume que sentí el viernes parece impregnado en mi memoria, haciendo que cualquier otra piel me parezca... insuficiente.
Estoy terriblemente jodido.
Cuando terminamos, el silencio en la oficina es denso. Eleonora se levanta con la gracia de una gata satisfecha, recogiendo su vestido de seda del suelo. Yo me abrocho el pantalón con parsimonia, sintiendo ese vacío postcoital que siempre me deja su compañía.
—Eso fue... justo lo que necesitaba para olvidar nuestro malhumor, amor mío —dice ella, subiéndose el cierre mientras se mira en el espejo de mi despacho.
—Me alegra que estés satisfecha —respondo secamente, sentándome en mi sillón y recuperando mi fría compostura—. Porque ahora tengo que volver al trabajo. Por cierto, tu "brillante" elección de secretaria me ha dado un dolor de cabeza extra hoy.
Eleonora se detiene mientras se retoca el labial, mirándome a través del reflejo.
—¿La mujer regordeta? ¿Qué hizo? —responde con desdén.
—Ni te lo imaginas—Suelto una risa amarga—. Ha tenido la osadía de decirme en mi cara que la fusión con Consul-Tech es un fiasco. Una estafa.
El labial de Eleonora se desliza fuera del contorno de sus labios. Veo cómo su cuerpo se tensa y una sombra de incomodidad cruza su rostro perfecto antes de que pueda ocultarla tras una máscara de indignación.
—¡Qué insolencia! —exclama, dándose la vuelta con rapidez—. Alessandro, es una locura ¿De dónde saca eso? Creí que era alguien inteligente pero ahora veo que es una resentida que solo quiere llamar la atención. Debes despedirla ahora mismo. ¡Rita! —grita hacia el intercomunicador—. ¡Ven ahora mismo!
—Quieta, Eleonora —le ordeno, y mi voz suena como un azote. Ella se queda congelada—. Yo decido quién se va de esta empresa.
—¡Pero es una falta de respeto a mi padre y a tus propios asesores! —su voz sube un octavo—. No puedes permitir que una aparecida ponga en duda un negocio de este calibre. Despídela, Alessandro. Hazlo por mí.
Me levanto y camino hacia ella, invadiendo su espacio personal. Me resulta fascinante lo mucho que le urge deshacerse de Selena. ¿Miedo? ¿O simple clasismo? Sea lo que sea, me dan ganas de llevarle la contraria o de llegar al fondo de todo esto para descubrir su malestar.
—No. Le di un plazo hasta las cinco de la tarde para que me traiga pruebas. Si no las trae, ella misma se irá por esa puerta sin un centavo. Pero si tiene razón... —Hago una pausa, disfrutando del destello de pánico en los ojos de mi prometida—. Si tiene razón, Eleonora, habrás hecho la mejor contratación de tu vida por las razones equivocadas.
—¡¿De qué diablos estás hablando?! —protesta.
—No sé, dímelo tú. Viniste el día en que sabías que yo no estaría, la contrataste, sin dejar que recursos humanos hiciera su trabajo.
Ella hace un mohín moviendo la cabeza.
—Estaba enojada contigo, solo quería molestarte. Ya no importa... despídela, es una tonta.
Yo la miro y sonrío. No sé porque, pero ahora, quisiera que la “cicciottella” tuviera una razón para quedarse y ser contratada.
En ese momento, Rita me avisa que ella está ahí y con su trabajo terminado.
Bingo.