POV Selena
Gracias a mi bocota que últimamente no sabe lo que es estar cerrada, estoy trabajando a destajo para presentarle el informe que me pidió el impresentable de mi jefe.
Y mientras lo hago, me pregunto una y otra vez: ¿Por qué no agarre mis cosas y me fui? Debería haberlo hecho y dejar que muriera como el idiota soberbio que es...
Es inexplicable que con lo brillante que dicen que es, no haya visto que la fusión que está por concretar es una trampa a mediano plazo. La única explicación que me queda es que alguno de sus asesores ha recibido una fuerte suma por dejar al grupo Di Doménico servido en bandeja de oro.
¿Por qué estoy haciendo esto? Porque mi orgullo me hace sombra y mi ego me está abanicando la nuca.
Este hombre, si cree que puede humillarme tratándome como a una tonta está muy equivocado.
Voy a probarle que no solo soy una cara bonita con un cuerpo irresistible, tan atractiva como la diosa Afrodita. ¡Ja! No sé qué me pasa, pero desde mi encuentro con ese Dios tallado a mano mi autoestima se ha ido a las nubes.
Juro que no me importa nada, pero nada ¿eh?
Enzo me estuvo llamando todo el fin de semana, enviándome mensajes reprochándome por mi comportamiento “desvergonzado”. Yo, como toda dama de bien que se respeta, bloquee su número y seguí con mi vida.
Como si me importara su opinión.
Si cree que podrá seguir condicionándome, está loco. Ya nadie más podrá hacerlo.
Ni él, ni nadie.
Así que, aquí estoy con mi notebook, sentada hace cuatro, cinco o seis horas—ya perdí la cuenta—en la cafetería del corporativo, elaborando el detallado informe que normalmente se haría en varios días, en horas.
Miro mi reloj y aprieto los labios. No sé si sudan más, mis manos, mi frente o mis axilas de los nervios que tengo.
Afino mi mirada sobre los números y estadísticas. Y ahí está el error o como la llamo yo, la gran estafa. En teoría bien maquillada, pero no para mí.
—¡Bingo! —susurro, y el sonido de mi propia voz atrae un par de miradas curiosas de otros empleados que están en la cafetería.
Que miren lo que quieran. He encontrado el hilo de donde tirar. El "maquillaje" financiero es magistral: las deudas de Consul-Tech han sido movidas a una empresa fantasma registrada en un paraíso fiscal, haciendo que sus activos en Milán parezcan sólidos cuando, en realidad, son cáscaras vacías.
Cierro la laptop con un golpe seco. Son las 4:15 PM. Mi espalda me grita, mis ojos arden y el moño que me hice esta mañana está empezando a deshacerse, pero me siento invencible, como si fuera la mujer Maravilla pero con la cintura un poco desdibujada.
Recojo mis cosas y me dirijo al ascensor. Mientras subo hacia el piso ejecutivo, me veo en el espejo del elevador. No soy la mujer sumisa que Enzo Visconti moldeó a su antojo. Soy una mujer que acaba de salvar un imperio de miles de millones de euros, aunque el dueño de ese imperio sea un imbécil arrogante.
Al salir, Rita me intercepta. Se ve pálida, como si estuviera esperando un funeral.
—¿Lo tienes? —me pregunta en un susurro—. Eleonora acaba de llegar. Está ahí dentro con él. Dice que es hora de firmar y que no van a esperar a "la secretaria nueva".
Mi sangre hierve. ¿Así que Eleonora quiere forzar la firma? Siento que mi "verborragia karateca" está calentando motores.
—Dile a la señorita Montalvo que se busque un asiento cómodo —le digo a Rita mientras paso por su lado como una ráfaga—. El espectáculo está por comenzar. Solo necesito imprimir esto, por favor, ayudame.
Lo hacemos todo tan rápido que los minutos parecen segundos. Apenas terminamos de meter las hojas en una carpeta, me acomodo un poco la ropa y el pelo.
Bueno, hago el intento de entrar presentable.
No golpeo. Empujo las puertas dobles de la oficina de Alessandro con una fuerza que hace que ambos giren la cabeza hacia mí. Eleonora, sentada con las piernas cruzadas y una sonrisa de suficiencia, me mira de arriba abajo con asco. Alessandro, por su parte, tiene la pluma en la mano, a centímetros del documento final.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos. Hay una chispa de... ¿sorpresa? ¿Alivio? No alcanzo a distinguirlo.
—Llega tarde, Barker —dice él, con esa voz de barítono que me recorre la columna.
Carraspeo y me dispongo a soltar mi triunfal veneno.
—En realidad, señor Di Doménico, llego justo a tiempo para evitar que cometa el error más caro de su vida —respondo, caminando hacia su escritorio y dejando caer la carpeta con el informe justo encima de su preciado contrato.
Eleonora suelta una risa aguda y falsa.
—Alessandro, querido, no vas a escuchar a esta... mujer, ¿verdad? Es solo una secretaria que busca llamar la atención. Tenías razón, no debí contratarla, me equivoqué...
Me giro hacia ella, regalándole mi sonrisa más gélida.
Es una maldit@ perra. Pero yo, soy una loba.
Vamos a ver quién gana esta partida.
Alessandro levanta la mano para hacerla callar.
—Silencio, Eleonora. Vamos a darle una oportunidad a tu chica. Por algo la contrataste ¿no? Digo, si lo hiciste es porque es idónea para el puesto. Veamos que tan lista es —pronuncia con un dejo de desdén.
Alessandro deja la pluma. El silencio en la oficina se vuelve tan pesado que se podría cortar con un cuchillo. Él toma mi informe, pasa la primera página y sus cejas se juntan. El aire cambia. El depredador ha olido la sangre, y no es la mía.
—Maldita sea —musita, mientras golpea el escritorio con su puño—. Quiero a todos nuestros ejecutivos y a los de Consul-Tech en la sala de juntas en una hora —le ordena a Rita. Luego me mira a mí con una expresión de que me hacen temblar las rodillas.
Trago saliva y de manera inconsciente, doy un par de pasos hacia atrás. Es que él, en ese estado es intimidante, se los juro.
—Tú —me dice, tratando de controlar su agitada respiración—. Ve a ponerte presentable. Te quiero a mi lado, porque serás quien explique esto.
Eleonora se para de su asiento con desconcierto.
—Alessandro, es solo una secretaria.
Él la mira y esboza una sonrisa... y eso me pone los pelos de punta. Esa sonrisa es muy parecida a la de...
Nah, mis nervios deben estar engañando a mi cerebro. Cierro un instante mis ojos y niego levemente con la cabeza.
—Tienes razón cariño, es solo una secretaria —dice con un encanto fingido—. Pero es la secretaria que tu me trajiste ¿lo recuerdas?
Ella lo mira con una furia silenciosa y luego ambos me miran a mí.
—¡Haz lo que quieras! ¡Allá tú si quieres ser el hazmerreír de todo el mundo financiero! —grita ella, tomando su bolso—. No me quedaré aquí para presenciar este circo. ¡Tendrás que ser tú quien, le dé las explicaciones a mi padre!
Pasa por mi lado y me roza el brazo con la suficiente fuerza como para moverme.
Es una clara declaración de guerra.
Bien Selena, no paras de triunfar en este día.
—¿Qué estás esperando? —la voz de ese tirano, que puede llegar a ser mi jefe me despabila—. Te dije que fueras a arreglarte. No te quiero en esas fachas a mi lado.
Yo parpadeo unos segundos sin reaccionar. Me equivoqué. No es tirano imbécil, es mucho peor.
Lo dicho, no paro de cosechar triunfos. Aclaro que es sarcasmo.