POV Alessandro
He comenzado la semana de manera tan mala que apenas me lo creo. Nunca me había sentido así y me pregunto el porqué. Por más que busque en mi mente no le encuentro respuesta o tal vez la sé y no lo quiero asumir: mi misteriosa reina de la noche.
Sin lugar a duda pasé una de las mejores noches —por no decir la mejor—para luego chocarme con la triste realidad de que ella había desaparecido sin dejar rastros.
¿Cómo logró hacerlo sin perderse por los pasillos? Realmente, no lo sé. Por las cámaras pude ver como ella pudo guiarse casi sin problemas y no solo eso, esquivar a mis hombres con una facilidad que me asombra.
Increíble, mi reina es una maldita ninja.
Mientras voy hacia mi oficina recuerdo todo lo que pasó entre nosotros y ¡diablos! Me vuelvo a excitar.
Yo no sé que tenía para que me atrajera tanto, pero sin dudas me ha dejado loco de remate.
Ni siquiera tiene un cuerpo descomunal. Bueno, si descomunal, pero para nada hegemónico. No es igual a ninguna mujer con la que yo esté acostumbrado a estar... ella es... extraordinaria.
¿Habrá sido esa seguridad tan firme con la que se mueve? O ¿Qué no se negó a absolutamente a nada de lo que yo le pedí hacer?
Mientras tenía sexo en las diferentes posiciones, podía ver su traviesa y perversa sonrisa mientras yo la embestía como una bestia en celo. ¡Parecía que nada de lo que yo le hiciera, la satisfacía! Y eso me llevaba a someterla una y otra vez.
Quería subyugarla de tal manera que me pidiera más y más pero no solo eso, lo que más estaba deseando en ese momento era quedarme en su memoria para siempre.
Mordí su clavícula mientras la penetré con tanta fuerza que gritó de dolor y, aun así, no me pidió que me detuviera.
Dios, esa mujer es un diablo con vestido rojo.
Miro la pantalla de mi notebook, pero las cifras de la fusión con Consul-Tech son solo manchas borrosas. En mi mente, solo hay destellos de terciopelo rojo y el eco de sus gemidos mezclados con esa risa desafiante.
¿Quién diablos es ella? He movido cielo y tierra en las últimas cuarenta y ocho horas, pero es como si la tierra se la hubiera tragado. Nadie la conoce, nadie la vio llegar, y lo peor: mis hombres, supuestos expertos en seguridad, se dejaron burlar por una mujer que caminaba descalza con sus tacones en la mano, pero con una seguridad como si conociera el lugar.
—Maldita sea —gruño entre dientes, frotándome las sienes.
El deseo es una cosa, pero esto... esto es una invasión. Me ha invadido el sistema. Siento una punzada de frustración en el pecho. Odio no tener el control, y ahora mismo, una desconocida es dueña de mis pensamientos más oscuros.
—Señor Di Doménico —la voz de Rita por el intercomunicador me saca de mi trance—. La nueva secretaria está aquí. Acaba de llegar.
Un destello de irritación me cruza el rostro, miro mi reloj. Genial. Justo lo que necesito: una incompetente que no sabe seguir instrucciones para terminar de arruinarme el humor.
—Dile que pase —respondo con frialdad, recuperando mi máscara de CEO—. Y que prepare su mejor excusa, porque no pienso tolerar ni un segundo de irresponsabilidad hoy. Estoy harto de la gente que no sabe hacer su trabajo.
Me obligo a clavar la mirada en los documentos. No voy a levantar la vista. Voy a despedirla antes de que pueda siquiera dejar su bolso en el perchero. Necesito orden, necesito silencio, y, sobre todo, necesito sacar ese maldito vestido rojo y esa piel blanca y suave de mi cabeza.
Mientras escucho el sonido de la puerta abrirse y el rítmico clac-clac de unos tacones sobre el mármol, mi corazón se acelera. Me siento furioso con toda la situación: la desaparición de esa mujer, la fusión multimillonaria, el acoso constante de Eleonora ¡Oh! Y encima la secretaria que contrató para vigilarme, que para completar el cuadro está llegando tarde.
Sonrío internamente. Al menos ya tengo la excusa perfecta para despedirla sin remordimiento alguno.
Apenas entran en mi oficina un aroma que se me hace conocido inunda el lugar—una mezcla de vainilla, sándalo y algo que no alcanzo a distinguir— que casi me está haciendo colapsar, pero no levanto mi vista, no pienso reparar en una simple secretaria irresponsable.
—Dime Rita —digo, sin dejar de escribir—. ¿Conseguiste los documentos que te pedí?
Ella con prisa va hacia el escritorio y se los deja sobre él.
—Aquí los tiene —le dice con complacencia—. Por cierto, aquí está la señorita Selena.
No me importa quien sea, en este momento podría estar la misma Georgia Meloni aquí y me valdría la nada misma.
—¿Quién? —digo, con indiferencia.
—Selena, la nueva secretaria...
—Ah, despídela —ordeno, sin miramiento—. No quiero gente irresponsable aquí. Que recursos humanos le pague el mes completo y que me envíen a alguien competente.
Continúo trabajando, pero parece que algo de lo que dije, molesta a la señorita en cuestión. Y tiene una vocecita que de dulce y sumisa, no tiene nada.
—Si para usted soy una inútil, no veo la razón de que me pague el mes completo —me responde, la muy insolente—. Llegué tarde por un malentendido, pero eso no quiere decir que no sirva para este puesto. Al contrario, sé que estoy más que calificada. Por eso, no pienso aceptar su limosna señor... señor... Di Doménico. ¡Buenos días!
Cierro mi puño y frunzo el ceño mientras la voy escuchando. Mi malhumor escala de tal manera que me contengo para no explotar ahí mismo.
¡Ah no! ¿Pero quien se cree esta desconocida para gritarme así? No solo la voy a despedir, la voy a desterrar de Roma.
Veo que se está yendo, pero a mí no me va a dejar así; la última palabra siempre la tengo yo y no le voy a dar el gusto a esta nadie a que me falte el respeto de esa manera.
La observo un instante. Sonrió internamente al pensar que Eleonora hizo su elección adrede: es una mujer regordeta, que no tiene gran atractivo. Al menos, no en ese traje que lleva.
—¡Un momento! —le grito—. ¿Quién se cree usted que es para hablarme así?
La desvergonzada se gira, esbozando una sonrisa. Nuestras miradas se encuentran y eso me hace sentir un escalofrío.
Esos ojos, esa boca... me parecen tan familiares, pero ¿de dónde?
Mi impacto duró un segundo porque cuando empezó a hablar, su soberbia me despertó de un plumazo. Ese tonito me parece insufrible.
—Me presento: María Selena Barker Del Toro —me responde con una altivez insoportable—. Diría para servirle, como me ha enseñado mi madre, pero viendo la situación lo único que haré es irme por donde vine. De todas maneras, quien quiere trabajar en una empresa que está por hacer la peor fusión de su vida —me dice, encaminándose hacia la puerta.
Camina sin mirar atrás. Me tira una molotov y se va... ¡Como si nada! ¿Quién carajos es esta mujer y como afirma algo tan delicado siendo una simple secretaria?
Ah, definitivamente, tengo que detenerla. La sigo con rapidez y no le permito que abra la puerta. Pongo mi mano sobre la de ella y juro que no sé qué me pasa, pero el solo hecho de tocarla hace que mi piel se erice.
—Dime por qué piensas que es la peor fusión —le exijo con calma, puesto que entiendo que no estoy tratando con una mujer tranquila—. Si lo haces y me lo demuestras, no solo te contrataré, sino que te pagaré el doble.
Y prometo que lo haré. Porque si esta mujer insignificante encontró una falla en el contrato y mis directivos no, juro que los voy a despedir a todos.
La miro de manera intimidante, escudriñándola, tratando de darle miedo y comprobar si solo está alardeando, pero para mi sorpresa, en lugar de atemorizarse me sonríe.
¡Ella, me sonríe como burlándose! ¡De mí!
Se acomoda los anteojos.
—Trato hecho, señor Di Doménico —asevera como si no tuviera nada que perder—. Prepare su chequera, porque la lección de hoy le va a salir muy cara.
Arqueo una ceja. No la conozco y ya me cae mal.
Pero si tiene razón y salva a la empresa de caer en un desastre, la contrato. Aunque su voz y su actitud me irriten de sobremanera.