Izan El olor a alcohol y desinfectante impregnaba la habitación. El médico terminó de vendar mis heridas, sus manos hábiles y rápidas, pero su expresión era grave. Dante estaba sentado a mi lado, su rostro tenso, sus ojos fijos en la pared frente a nosotros. El ambiente en la habitación era pesado, cargado de tensiones no resueltas. Mi mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en una maraña de pensamientos. Doloridos, sí… pero no rotos. No mientras Trina estuviera allá afuera, quizás en manos de algún bastardo. —Deben mantenerse en reposo —se escuchó la voz del médico, rompiendo el silencio—. Las heridas son profundas, y si no se cuidan, podrían infectarse. Dante gruñó, claramente molesto. —No tenemos tiempo —dijo, su voz áspera—. Hay demasiadas cosas en juego. El médi

