Izan Lancé una última mirada a la joven inconsciente antes de salir. Su rostro pálido y magullado me perseguiría, lo sabía. Me pasé las manos por el rostro. Estaba agotado. Furioso. Jodidamente frustrado. Mandé a buscar a tres mujeres. Llegaron justo cuando comencé a caminar por el pasillo. Les dejé claro que se turnarían para atenderla, que no quería gritos, ni quejas, ni desobediencia. —Una palabra fuera de lugar… y las saco a las tres —advertí—. Deben cuidarla y protegerla. Ella descansaría al lado de mi cuarto. En parte por protección. En parte para asegurarme de que ningún hijo de put4 se le acercara mientras yo no pudiera protegerla. Llegué a mi despacho, tomé el teléfono, respiré hondo antes de contestar. Saludé a mi padre. —Hola, papá ¿Cómo estás? “Hola, hijo ¿Cómo has e

