Trina El frío del suelo de concreto se filtraba a través de mi ropa rasgada, pegándose a mi piel como una segunda capa de miseria. Llevaba tres días encerrada en aquella celda, tres días en los que el tiempo se había vuelto una tortura lenta y agonizante. El olor a humedad y podredumbre era constante, mezclado con el hedor de mi propio sudor y la sangre seca que se había quedado pegada a mis heridas. Cada respiración era un recordatorio de que estaba viva, aunque a veces me preguntaba si eso era una bendición o una maldición. Los guardias no me trataban como a un ser humano. Me lanzaban la comida al suelo, como si fuera un animal, y se reían cuando me veían arrastrarme para recoger los trozos de pan duro y los restos de agua sucia que dejaban caer. Para bañarme, simplemente arrojaban

