Prólogo
El murmullo de los caballos
Aquella tarde, mi madre no estaba tranquila, daba vueltas y vueltas alrededor del gran salón con la mirada fija en la ventana, su angustia podía palparse al tocar el aire con la yema de los dedos. Papá, sentado en el sillón principal que decoraba la estancia, movía una pierna, parecía que le temblaba, y pasaba su mirada de la ventana a mamá.
—¡Para ya, mujer! Me tienes con los nervios de punta —exclamó mi padre a la vez que se levantaba del sillón y sacaba un acero del armero de cristal que decoraba el salón.
—No puedo, ¡No puedo, Cedric! —gritaba mi madre a punto de estallar en llanto— ¡Ahí vienen! Puedo sentir el murmullo de los terribles corceles que vienen a asesinarnos.
Mi padre desenvainó el acero y lo irguió apuntando al ventanal, su expresión era implacable, firme, lúgubre.
—Si moriremos, lo haremos con dignidad.
Yo no comprendía a qué se refería con morir, pero al escuchar la palabra, un vacío se alojó en mi estómago. Entonces lo vimos, a través de la ventana, un grupo de terribles corceles avanzaban a toda velocidad hacia nosotros. Mi madre me tomó con fuerza y me pegó a su falda. Me abrazaba y me besaba como nunca antes, de sus ojos brotaban lágrimas como gotas de lluvia.
Poco después, cuando los soldados tomaron un gigantesco tronco y derribaron la puerta del castillo, entendí lo que pasaba, entendí la angustia de mamá y la severidad de papá. Un hombre de cabello entrecano, expresión gélida y prendas refinadas, empuñaba un filo colosal mientras entraba en la habitación junto a unos escoltas. Mi padre se puso frente a nosotros.
—Así que aquí estás, asqueroso traidor. —Le dijo el hombre a mi padre.
—Tú eres quien ha traicionado a Valtherion, Lucien. —respondió mi padre.
En ese instante se escuchó el rechinar de las dos hojas que chocaron. Mi madre me tomó con más fuerza y me tapó los ojos, pero unos escoltas nos tomaron y nos obligaron a ver la horrorosa escena que ahora sucedía.
Las hojas se cruzaban una y otra vez, mi padre trataba de darle en el pecho, pero Lucien era más rápido e interceptaba los golpes del acero. Mi padre logró hacerle una raja en el brazo, la sangre brotaba y manchaba su camisa morada. Lucien inspeccionó su herida con rapidez, su furia brilló en sus pupilas. De un rápido movimiento, blandió su filo por los aires y lo encajó en el cuello de mi padre. Su cabeza rodó por el piso...
Solo recuerdo haber gritado. Ahora entendía lo que significaba la palabra muerte. Grité con todas mis fuerzas e intenté zafarme del agarre de los escoltas, pero yo era solo un niño y no tenía la fuerza necesaria para correr y abrazar a mi padre. Mi madre se había desmayado, el escolta la dejó tirada en el piso y se echó a reír; todos reían terriblemente al ver el cuerpo de mi padre tirado en el suelo.
Lucien nos miró con desprecio, se acercó a mí y me inspeccionó de arriba abajo, luego le dedicó la misma mirada a mi madre. Parecía que le dábamos asco.
—Hagan lo que quieran con ellos y luego mátenlos. —espetó a los escoltas.
Yo ya no podía gritar, la garganta me ardía y me dolía todo el cuerpo por el esfuerzo que había hecho intentando escapar del escolta. Ahora solo sentía dolor, quería llorar y llorar, y aunque no entendía completamente lo que pasaba. Sabía que ya nunca más volvería a ver a mis padres y que posiblemente yo también terminaría muerto. Eso sería lo mejor, irme con ellos a donde sea que los muertos fueran, quedarme con ellos, para siempre.
Luego tuve que presenciar los máximos horrores que aquellos grotescos escoltas hicieron con mi madre. Yo cerraba los ojos evitando ver esas atrocidades, pero uno me sostenía la cabeza y el otro me abría los ojos. Cuando terminaron, al menos una decena de escoltas, uno blandió su hoja y terminó por darle la paz.
Ya no lloraba. Sentí cómo algo dentro de mi corazón, que antes era cálido y hermoso, ahora se volvía frío y horrible. Ahora nada parecía tener sentido. Cuando pensé que iban a terminar por darme muerte a mí, uno de los escoltas me miraba detalladamente, los demás se iban, pues le habían encomendado esa tarea final a él. Cerré los ojos, esperando con paciencia la llegada de mi hora, pero en vez de sentir el acero cortar mi piel, sentí una fuerte presión que me tomaba del brazo y me llevaba a una ventana que estaba escondida detrás de unos cortinajes en el salón.
—Huye, muchacho. Corre y no mires atrás, vete. —susurró el escolta antes de desaparecer.
Yo me lancé por la ventana y corrí, corrí lejos como nunca lo había hecho antes, corrí sin mirar atrás, sintiendo cómo algo dentro de mi ser se quebraba, algo que nunca más podría volver a repararse.
Desde aquel día un pensamiento se instaló en mi corazón, un sentimiento n***o y terrible, pero que fue el motor de mi vida. Juré vengar la muerte de mis padres. No sabía cómo, pero sabía que lo haría, porque aquellas terribles imágenes rondaban mi mente día y noche, no me dejaban dormir. Y aquella parte de mi corazón que se había hecho negra y terrible, cada día se hacía más oscura y fría.
...
22/06/2025