La Mujer que no pide Permiso

1500 Words
Después del beso con Renard, comenzó a comportarse de forma extraña. Ya no me confrontaba, no me bloqueaba el paso… ahora simplemente me observaba. Siempre me observaba. Cada vez que coincidíamos en la sala de armas, sentía su mirada pesada clavándose en mi cuerpo; esos dos ojos como piedras gigantescas, cargadas de algo que buscaban dentro de mí y que aún no alcanzaba a comprender. Un día, para mi mala suerte, se me cayó un paquete que debía entregar en la sala de consejeros justo al pasar junto a Renard. Él se agachó, lo recogió y, al devolvérmelo, rozó mis manos más de lo necesario. Me puse tenso, sentí cómo el calor me subía a las mejillas. —Gracias, Renard —le dije, intentando sonar sereno. —Puedo fingir que no pasó nada... pero tú, ¿puedes? —fue su respuesta. —Yo puedo fingirlo todo, Renard. Entonces me tomó la muñeca. Mi mano tembló. Su contacto despertó en mí una sensación que aún no lograba descifrar del todo: una mezcla peligrosa de ira y deseo. Él rió, apenas un murmullo, y se marchó sin más. Yo también seguí mi camino para cumplir con mis deberes. Esa misma tarde, tras concluir mi trabajo, me dirigía a la sala de armas camino a la habitación que compartía con Tristán. Al cruzar por el ala este, me encontré con Guillaume, claramente embriagado, caminando con torpeza y arrastrando las palabras. Al verme, se acercó con paso desequilibrado. Su rostro lucía una sonrisa vil. —¿Sabes qué eras cuando llegaste? Nada… Y fui yo quien hizo que valieras algo. ¿Así me pagas, pequeña zorra? —susurró con voz arrastrada y nauseabunda. —Yo valgo por lo que soy, Guillaume —le respondí con rabia contenida—. No por lo que otros decidan ver. Entonces me agarró del cuello y me estampó contra la pared. Su aliento, denso y pestilente por el alcohol, me golpeó de lleno. Sin decir más, llevó sus labios a mi cuello y empezó a besarme con descaro. —Cállate y coopera —gruñó, con la voz resbalando como brea. Lleno de furia, le mordí la mano que me sujetaba. Retrocedió sorprendido, alzó la mano para golpearme, pero su cuerpo, entorpecido por el alcohol, no le respondió como quería. Aproveché la abertura: le di un puñetazo directo a la boca y una patada certera en la rodilla. Guillaume cayó de bruces sobre el suelo de piedra. —¡Maldita sea! —gritó lleno de rabia y vergüenza. —No vuelvas a meterte conmigo, asqueroso —le solté, y salí casi corriendo hacia la habitación. Entré agitado a los aposentos, el corazón desbocado, la ira aún chispeando en mis venas. Agradecí no encontrarme con Tristán; no quería dar explicaciones a nadie en ese momento. Me dirigí al lavabo y me lavé las manos y el rostro con agua fría, frotando con fuerza, intentando borrar de mi piel el repugnante aroma de Guillaume. En eso, escuché un golpeteo en la puerta. Era un joven mensajero. —¿Iskander Le Noir? —Asentí. —Esta carta es de parte de la dama Élodie —dijo, extendiéndola. —Muchas gracias, jovencito. Abrí el sobre con los dedos aún húmedos y leí: “Querido Iskander: Quería invitarte esta tarde a charlar y compartir unas copas en mi salón privado. Te espero. No faltes. Con cariño, Élodie de Montrevault”. La intriga invadió mis pensamientos. ¿Qué intención tenía una dama de la nobleza al invitar a un simple mensajero a beber con ella en la intimidad de su salón? Salgo de la habitación rumbo al salón privado de la dama Élodie, ubicado en el ala oeste del castillo. Ya había oído hablar de él en el salón de los consejeros, así que no me costó encontrarlo. Golpeo suavemente la puerta de madera y escucho su melodiosa voz decir: “Pasa”. Y ahí estaba ella, sentada en un sillón dorado tapizado en terciopelo rojo. No llevaba joyas y vestía apenas con un atuendo sencillo, muy distinto a la dama que había visto en su oficina. La antorcha chisporroteó al cerrarse la puerta. El salón de Élodie olía a incienso... y algo más: especias dulces, madera húmeda, un perfume que no buscaba seducir, sino dominar sin alzar la voz. No sabía si debía inclinarme o hablar, pero por suerte ella decidió por mí. —Puedes sentarte, Iskander. Aquí no eres adorno. Aún no. El sillón que me ofrecía era de terciopelo verde, hundido en el centro. Me senté con el cuerpo erguido, los ojos atentos. Ella vestía de n***o. Sin joyas. Sin ostentación. —He visto muchos asistentes desfilar por este castillo —dijo, mientras servía dos copas—. Pero tú no tienes cara de querer asistir a nadie. —Solo a los que me convienen. Élodie sonrió sin mostrar los dientes. Me tendió la copa y se acomodó frente a mí, cruzando las piernas con estudiada calma. —Bien. Me gusta cuando alguien no pierde tiempo fingiendo humildad. —¿Por qué me enviaron contigo? —pregunté. —Porque Tristán confía en mí. Y tú... eres una variable que aún no sé dónde encajar. Quería verte. Escucharte. Olerte, incluso. —¿Y ya sabes qué soy? Élodie me observó durante unos segundos que se alargaron más de lo cómodo. Luego bebió un sorbo, apenas humedeciéndose los labios. —Sí. Eres hermoso, pero eso no es lo interesante. Lo valioso es que estás aprendiendo a usarlo sin perderte. Como una daga que no necesita hoja para cortar. El silencio que se instaló entre nosotros fue cómodo. Lo permití. Ella también. —¿Sabes quién ostenta el poder en este castillo? —preguntó al fin. Me tensé un poco, pero no respondí. —Nadie. Y todos. El rey cree que manda. El príncipe anhela gobernar. Los soldados sueñan con obedecer. Pero los que observamos... los que no pedimos permiso... somos los que decidimos cuándo se cae una corona. Sostuve su mirada sin bajar los ojos. —¿Y tú decidiste algo sobre mí? Élodie se inclinó levemente. Me apartó un mechón detrás de la oreja con una ternura que no pesaba. —No quiero poseerte. Quiero verte ascender. Porque verte escalar, Iskander... sería como leer un libro que nadie tuvo el coraje de escribir. Al salir, la brisa nocturna me enfrió el pecho. No sabía si acababa de conversar con una aliada, una amenaza o una versión futura de mí mismo. Pero por primera vez en semanas, no sentí que me observaban como a un cuerpo. Me miraron como a una promesa. Y eso... también era seductor. De inmediato, me dirigí al cuarto que compartía con Tristán. Cuando abrí la puerta, no esperaba encontrarlo allí. Estaba recostado contra la pared, los brazos cruzados, la mirada clavada en el suelo como si pensara más de lo que su armadura le permite. No hizo gesto alguno al verme entrar. No dijo palabra. Solo me miró, como si el silencio tuviera algo que exigirme. Fue entonces que vi el paquete. Pequeño, envuelto en lino áspero, con una cinta gris anudada encima. Nada ostentoso. Nada que gritara “te pertenezco”. Justo como él. Me acerqué sin mirarlo. Al desenvolverlo, lo reconocí al instante: un par de botines nuevos, de cuero n***o sin pulir. Ligeros. Firmes. El tipo de calzado que no se gana con sonrisas, sino con méritos cumplidos. La hebilla ostentaba el sello de la Guardia Élite y, en el interior del cuero, se leía una inscripción tallada a mano: >“Porque el que camina conmigo merece pisar fuerte.” Toqué la frase con la yema de los dedos, como si pudiera leerla mejor así que con los ojos. Luego levanté la vista hacia Tristán: su mandíbula estaba tensa, pero sus ojos no. Ahí estaba él. Sin armadura. Sin guantes. Sin órdenes para refugiarse. —No tienes que decir nada —murmuró—. Es solo un agradecimiento. O lo que sea que uno hace cuando... —Se detuvo. Él. Tristán. Me acerqué, no demasiado. Solo lo suficiente como para que me oyera sin necesidad de elevar la voz. —Esto no es un regalo de comandante. Negó con la cabeza, lento, como si tampoco supiera qué significaba. —¿Quieres que te lo agradezca… como asistente? —pregunté con media sonrisa. Entonces alzó la mirada. —Quiero que los uses. Y cuando camines con ellos... sepas que no estás solo. Al menos no para mí. No me acerqué más. Tristán, a veces, era irresistiblemente magnético. Pero yo debía seguir con mi plan al pie de la letra. Y ahora que había conocido a la dama Élodie, había un nuevo peldaño que pisar. Esa noche dormí con los botines puestos, sobre la manta, como un gesto idiota, como un ritual sin dios. No soy suyo. No soy de nadie. Pero ese regalo... pesaba distinto. Como si por primera vez alguien creyera que mis pasos importan. Y, por alguna razón, no quise quitármelos.
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