El tacto después del fuego

1246 Words
Cuando llegué a la habitación, Tristán ya estaba acostado, pero sus ojos permanecían fijos en la puerta, como si me aguardara. Al verme, me escudriñó de arriba abajo. Un estremecimiento sutil me recorrió la espalda: ese temor punzante de que pudiera sospechar algo de lo que había ocurrido minutos antes. Ese era el riesgo de jugar con fuego: que en cualquier instante, uno corría el peligro de arder entre sus llamas. Entré con calma, desplegando la delicadeza y el porte aristocrático que él mismo me había enseñado. Sus ojos seguían anclados a los míos. Me senté en la cama y le devolví la mirada. Al hacerlo, un tenue alivio me invadió: no había rastro de ira ni sospecha en su expresión, solo el ímpetu habitual que siempre latía tras sus pupilas. Me incliné y deposité un beso suave sobre sus labios: un saludo tierno, casi reverente. —¿Cómo estuvo tu día? —pregunté con voz serena. —Estoy agotado. Hoy los soldados estuvieron más indisciplinados que nunca; hubo varias peleas y me vi obligado a imponer una autoridad más severa de lo habitual. Suspiró profundamente, cerrando los ojos con un gesto de fatiga. Sonreí al verlo. Había algo sublime en la manera en que su rostro se suavizaba cuando descansaba. Desde mi ángulo, podía contemplar sin restricciones la geometría afilada de sus facciones. Estar a su lado, tener la libertad de besarlo y tocarlo, era como vivir dentro de un sueño. Y, sin embargo, una culpa persistente se enroscaba en lo más hondo de mi alma: culpa por el plan maquiavélico que avanzaba con cada caricia, culpa por saber que, tarde o temprano, iba a romperle el corazón. Sacudí la cabeza. No había espacio para flaquear. Debía ejecutar mi jugada con precisión. El recuerdo del vil rey riendo mientras la cabeza de mi padre rodaba por el mármol seguía siendo mi combustible más poderoso. Era ese pensamiento el que dotaba de sentido mi traición y que sepultaba cualquier pizca de culpa o distracción que intentara brotar. —¿Y tu día cómo fue? —me preguntó él, sin abrir los ojos. —Bien... algo monótono. Hoy hice enfadar a la vieja Brévaux —contesté entre risas. —¿Y qué le hiciste a la pobre mujer? —La obligué a prepararme un sándwich. Tristán negó con la cabeza, en una mueca de fingida reprobación. Reí más fuerte, divertido por su gesto. Pero entonces lo miré con atención, y por un instante, su imagen se fundió con la del rostro masculino y severo de Renard. Sentí una llama encenderse en mi interior, ardiente e indetenible. Me subí a horcajadas sobre Tristán y lo besé. Lo besé con una pasión urgente, una lujuria feroz, imaginando que sobre sus labios reposaban los de Renard. Él, sorprendido al principio, respondió con la misma intensidad. —Te necesito, Tristán —musité. Pero dentro de mí, el nombre que resonó fue otro: Renard. Él, con la mirada encendida, apretó con firmeza mis caderas y me sujetó del rostro, besándome con una fuerza cruda, con hambre. Me dejé hacer, dócil ante su empuje. Me dejé besar por ese hombre fuerte... o mejor dicho, por la fantasía de que era Renard. Pensaba en sus brazos musculosos, en su piel bronceada, en sus ojos castaños, en sus facciones angulosas. Me abandoné al delirio de que era él quien iba a poseerme. No supe cuándo, pero la ropa desapareció. Quedamos como Dios nos trajo al mundo, compartiendo una intimidad candente que nos fascinaba. Mis labios recorrieron su torso, deteniéndose en aquel punto exacto que lo hacía temblar. Lo hice con esmero, sin apartar la mirada de la suya. Tristán gemía, me tomaba del cabello con fuerza, buscando recuperar el dominio. Luego subí de nuevo y volvimos a fundirnos en un beso. Nuestros cuerpos se entrelazaron. El sudor nos cubría, la piel contra piel ardía. Tristán me tomó con firmeza, como si quisiera descargar en mí toda la extenuación de su jornada. Sus ojos fijos en los míos... mis ojos fijos en la fantasía de Renard. Terminamos rendidos, en una sinfonía de gemidos, jadeos y sollozos. Exánimes, tras la ardua labor de amarnos... o de fingir que lo hacíamos. Jadeando aún, Tristán me abrazó con fuerza y besó mis labios. Yo le correspondí y me recosté sobre su pecho, deleitándome con la firmeza de su cuerpo musculoso y tonificado. Él acarició mi cabello con ternura, y ambos caímos rendidos, consumidos por el cansancio y la dulzura de una larga sesión de pasión. A la mañana siguiente, desperté solo en la cama. Tristán, seguramente, había salido temprano a entrenar. Me estiré sobre las sábanas aún tibias, mientras los primeros rayos del sol se filtraban de manera tenue por las ventanas. Revisé la mesa de noche y vi unas notas escritas a mano con las tareas que él me había dejado. Desayuné sin prisa y me preparé para comenzar mi jornada. Ya vestido, me detuve frente al gran espejo que adornaba la habitación. Mi cabello rubio caía con soltura, mis ojos azules reflejaban el cielo despejado, y mi cuerpo, delgado pero ya recuperado, mostraba facciones delicadas y armónicas. Me veía mucho mejor que cuando llegué; ya no era aquel costal de huesos, sino alguien saludable… y sí, hermoso, como siempre supe que podía ser. Salí para cumplir con mis deberes del día. Pasé por la sala de armas cuando, de pronto, una mano me sujetó con fuerza del brazo y me arrastró hasta un pequeño cuarto donde se almacenaban espadas y otros instrumentos de guerra. Era Renard. Sin mediar palabra, me tomó del cuello y me estampó un beso cargado de deseo y rabia. Solté un gemido ahogado. Él me apretó con más vehemencia contra su cuerpo, abarcando con sus manos cada rincón de mí como si quisiera fundirme en él. Luego de unos segundos, se apartó apenas, en busca de aire. Yo jadeaba por la intensidad de aquel beso voraz. Él me observaba fijamente, incluso en la penumbra. No podía descifrar del todo su expresión: había enojo, sí, pero también deseo, un hambre contenida. Sin darme tiempo, me empujó contra la pared y volvió a besarme. Yo le seguí el ritmo, cediéndole el control sin resistencia. Devastó mis labios con una mezcla extraña de ira y ternura. Como si me odiara, pero no pudiera —ni quisiera— herirme. Su lengua invadió mi boca y acarició la mía, ejecutando una danza dulce, lenta, sensual. Nos separamos apenas, jadeando, sintiendo cómo los bultos de nuestros pantalones se encontraban con urgencia creciente. —No voy a pedirte nada... solo deja de fingir que esto no significa algo. Lo dijo sin más, y me entregó una carta antes de desaparecer entre los pasillos del castillo. Me quedé en ese estrecho recinto, respirando con dificultad, intentando ordenar mi mente y recuperar el aliento. Ese hombre... me enloquecía. No lograba entender del todo lo que me pasaba. No sabía si era su físico o esa actitud desafiante que irradiaba como fuego, pero despertaba en mí un deseo indomable. Abrí la carta, y leí: “Esta noche, la escalera del ala sur. Si no vienes, no volveré a tocarte.” Un vacío profundo se instaló en mi pecho, seguido de una punzada de emoción. La propuesta me estremecía, pero al mismo tiempo me aterraba. ¿Debía ir? ¿Debía arriesgarlo todo por una noche de deseo ardiente? ¿Estaba dispuesto a arder —una vez más— entre las llamas de su cuerpo?
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