La escalera donde arde todo

1115 Words
Al terminar todas las tareas que Tristán me había asignado, la noche ya se había posado sobre el imponente castillo de Valtherion. Las personas comenzaban a desvanecerse bajo la penumbra que lo envolvía todo, apenas rota por la tenue luz de las antorchas. Desde los pisos superiores, se escuchaba el bullicio de una reunión celebrada por la llegada del rey. Su risa repugnante se colaba entre las piedras, y yo temblaba de ira. Cuando ya no percibí pasos en los pasillos, me dirigí hacia el ala sur. Miré en todas direcciones, asegurándome de que no hubiera peones merodeando por allí, y cuando estuve seguro de que el ala estaba desierta, avancé hacia la escalera. Bajo la luz vacilante de una antorcha, distinguí a Renard, que me esperaba sentado, con la mirada clavada en el suelo de piedra. Un escalofrío me recorrió la espalda, y una llama se encendió en mi interior al ver su figura esbelta, despojada de la armadura habitual. El sonido de mis pasos lo hizo alzar la vista. Me observó con severidad; su mirada era grave, como si llevara horas atrapado en un pensamiento que no lo soltaba. Me acerqué con las manos tras la espalda, evitando mirarlo directamente, como si desviar la vista pudiera contener el deseo que ardía en mí como una hoguera. —Desde ese beso... ese maldito beso, no he hecho más que pensar en ti —soltó de golpe. Lo dijo con una amargura desgarradora, como si las palabras le laceraran la garganta, como si el peso de esa confesión lo aplastara contra el suelo, impidiéndole respirar. Me acerqué más, sin decir nada. Las palabras eran innecesarias. Yo tampoco había podido dejar de pensar en él desde aquel beso. Me había perdido en la fantasía de su cuerpo, y él lo sabía. Si no, no estaría aquí. Las palabras sobran. Me acerco. Él se pone de pie. Nuestros cuerpos quedan a milímetros de distancia. Puedo sentir los latidos acelerados de su corazón, resonando al compás del mío. La tensión que emana de nosotros podría cortarse con una hoja. Somos como los polos opuestos de un imán, condenados a atraerse. Sin poder contenerme más, lo tomo con fuerza del cuello y lo atraigo hacia mí. Estampo en sus labios un beso profundo, cargado de deseo y lujuria. Esta vez soy yo quien toma el control. Él responde, dejándose guiar. Sus labios son como una nube: suaves, etéreos. Son como el fuego: cálidos, envolventes. Tienen el sabor dulce de la cereza y los frutos rojos. Me toma por la cintura con firmeza y me atrae aún más. No queda espacio entre nuestros cuerpos; los bultos de nuestros pantalones se rozan, juguetean. Mi lengua invade su boca y llama a la suya. Es un beso húmedo, visceral, nacido del deseo que nos consume y nos quema vivos. No hacen falta palabras. Ambos sabemos a lo que hemos venido. Él, cegado por el deseo que lo devora, me gira y me empuja contra la pared. Yo arqueo el cuerpo para sentirlo mejor. Sus manos recorren mi piel con una pasión abrasadora, exploran cada rincón, lo disfrutan, lo saborean, lo besan. Traza un sendero de besos por mi espalda y mi cuello. Me gira el rostro para besarme, y me toma con fuerza, sin compasión, sin pausa, sin ternura. Descarga en mí todo el odio y la pasión que siente. Lo percibo en cada embestida: la liberación de su cuerpo, de su alma, mientras nos fundimos en uno solo. Me besa. Yo lo beso para ahogar mis gemidos. Muero su brazo. Me muerdo el mío. —Iskander... —gime Renard en mi cuello. Entonces, escuchamos pasos. Giro la cabeza rápidamente y alcanzo a ver una sombra que se desvanece. El corazón amenaza con salirse de mi pecho. Los nervios me invaden. Empujo a Renard. Él maldice entre dientes. —Lo voy a matar —dice, mientras se acomoda el pantalón, dispuesto a salir a buscarlo. Lo tomo del brazo con fuerza y lo detengo. Puedo ver la furia brotar de sus ojos como una corriente de llamas vivas, indomables. —Si esto se difunde... no me arriesgaré por ti —le digo. Las palabras parecen lacerarlo, como si le arrancaran algo por dentro—. Yo estoy jugando otro juego. Renard golpea con violencia la pared de piedra y se marcha sin decir una palabra. Yo me acomodo la ropa como puedo bajo la penumbra y me dirijo a la habitación. Siento el corazón latir sin descanso; el pánico aún no se ha disipado de mi cuerpo, aunque, aparentemente, nada grave ha ocurrido. Cuando llego, Tristán está allí, con los ojos fijos en la puerta. Hay un brillo extraño en su mirada que me inquieta, como si supiera algo, como si quisiera preguntarme, pero se contuviera. Y eso, eso me preocupa aún más. Un silencio espeso se instala entre nosotros, uno que ninguno se atreve a romper. Me despojo de las ropas y me meto en la cama. Él, sin decir palabra, me atrae hacia su cuerpo y acaricia mi cabello. Permanecemos así por un largo rato. Puedo sentir su respiración acelerada, y eso me alarma. Mis mejillas arden, pero no digo nada. No pregunto nada. A la mañana siguiente, el brillo del sol se cuela por la ventana y golpea mis ojos. El cuerpo de Tristán me reconforta; su respiración es lenta, aún atrapado en los últimos hilos del sueño, igual que yo, interrumpido por la luz que se filtra sin permiso. Me mira y sonríe levemente, o hace una mueca que se le parece. Me da un beso corto en los labios. Luego se incorpora un poco y, desde la mesa de noche, toma un pequeño objeto. Me agarra la mano y me lo coloca. Es un anillo de plata, delicado, con un diminuto diamante que brilla con discreción. Lo observo sin saber qué decir... y, otra vez, la maldita culpa intenta colarse en mi pecho. —Lo usé en mi primer ascenso —me dice—. Quiero que lo lleves tú, para que te vean con el respeto que ya mereces. —Muchas gracias, Tristán. Entonces nos besamos lentamente, aún un poco dormidos. Aquella mañana yacimos en su lecho. Me entregué a Tristán con el deseo de complacerlo, de hacerle sentir cuánto agradecía su ayuda, sus gestos, su cuidado. Pero él parecía ausente, como si su mente estuviera en otro lugar. Lo notaba en su mirada, en la forma en que se perdía en pensamientos que no compartía, como si quisiera decirme algo y no pudiera. Entonces sentí miedo. Un miedo punzante. Y me arrepentí de haber aceptado aquella noche con Renard. ¿Y si lo perdía todo?
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