Estábamos tan cerca, que podía sentir el cálido aliento de Tristán acariciar mi rostro. Sus ojos, de un dorado miel, me atravesaban con una intensidad que parecía desnudar mi alma. Sus labios, rosados y apenas curvados en una sonrisa tenue, me invitaban al abismo de la ternura. Incapaz de resistirme, él fue quien terminó por acortar la distancia que nos separaba, y sus labios se posaron sobre los míos, fundiéndose en un beso suave, casi reverente, cargado de todo lo que no nos decíamos.
Un golpeteo tenue me arrancó de mis ensoñaciones. Abrí los ojos, y la penumbra me indicó que aún era de noche. El sobresalto me recorrió cuando escuché que volvían a tocar la puerta, esta vez con insistencia.
-Iskander... Soy yo, Tristán. Ábreme, por favor.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Qué haría el noble Tristán, a esas horas, llamando a mi puerta? Con un nudo de nervios en el pecho, me incorporé de la cama y abrí. Ahí estaba él, con el rostro ligeramente hinchado por el sueño. Aquella somnolencia, lejos de restarle, lo dotaba de una belleza casi etérea; lucía aún más encantador así, desarmado por el despertar.
-El rey me ha mandado a llamar... -dijo en voz baja-. Han desaparecido dos peones del ala este, y me han encomendado una inspección... ¿Vendrías conmigo, por favor? Sería más eficiente, claro.
La petición me tomó por sorpresa. ¿Por qué pedírselo precisamente a mí, teniendo tantos caballeros a su disposición? Pero mis dudas fueron barridas por la fuerza de su mirada. Asentí sin más.
-Por supuesto, mi señor. Permítame calzarme las botas y estaré listo.
Me apresuré a buscarlas y me las puse. Salimos hacia la sala de armas, donde Tristán encendió dos antorchas: una para él y otra para mí. Emprendimos el recorrido a través de los interminables pasillos del castillo. El ambiente estaba impregnado de una opresiva espesura, como si la misma piedra que nos rodeaba susurrara advertencias. Sentía el miedo filtrarse entre mis huesos, gélido y sutil.
Tristán encabezaba aquella extraña expedición, alzando la antorcha con firmeza, iluminando puertas, buscando huellas con mirada alerta. Yo le seguía de cerca, midiendo cada paso, procurando no hacer ruido, como si temiera que un simple sonido atrajera a quienquiera que hubiera causado aquella desaparición.
Llegamos entonces a una puerta entreabierta. Tristán acercó la antorcha al suelo, y nuestros ojos encontraron unas manchas de sangre arrastradas, como si un cuerpo hubiera sido llevado por la fuerza. El caballero empujó la puerta un poco más, y allí, abandonada en el suelo, yacía una daga oxidada. Con rapidez, sacó un puñal que llevaba oculto en el pantalón y me lo entregó, sus ojos brillando con una gravedad que me heló la sangre.
-Por si acaso -murmura.
Lo tomo con firmeza, y una sensación inusual se apodera de mí. Por primera vez desde que crucé los umbrales de este castillo, alguien parecía mirarme más allá de mis funciones, preocuparse genuinamente por mi seguridad. Puede parecer insignificante, pero al tomar el puñal, sentí que estaba a la altura del honorable caballero, como su igual. Me sentí valioso, como si con ese simple gesto recuperara la dignidad que creía perdida desde hacía tantos años.
Tristán abrió por completo la puerta, revelando una habitación diminuta, flanqueada por estantes polvorientos. Comenzó a examinarlos con la esperanza de encontrar alguna pista. Yo lo seguí, adentrándome también en la estrecha estancia, tan angosta que apenas cabían nuestros cuerpos. Fue entonces cuando una ventisca se coló por los corredores y la puerta se cerró de golpe. Quedamos atrapados, comprimidos el uno contra el otro.
Las antorchas ofrecían suficiente luz y tibieza, pero fue su cuerpo junto al mío lo que encendió un escalofrío que me recorrió desde la nuca hasta los tobillos. Tristán posó sus profundos ojos ámbar sobre los míos; yo le devolví la mirada, esforzándome por ocultar el temblor que me nacía desde dentro. Con la mano libre, apartó con delicadeza una pequeña araña que se me había enredado en el cabello. El contacto de sus dedos contra mi piel fue un chispazo, una corriente viva que erizó hasta mis pensamientos.
Su mano cálida no se apartó, sino que permaneció en mi cabello y descendió lentamente hasta posarse en mi mejilla. La acarició con suavidad, y sus ojos, escrutadores, me observaban con una mezcla desconcertante de asombro y deseo contenido. Era como si buscara algo en mi rostro, como si pidiera permiso sin palabras. Yo, casi sin darme cuenta, llevé mi brazo a su hombro ancho y firme. Él tomó ese gesto como señal, y comenzó a acercarse, borrando con lentitud los escasos centímetros que aún nos separaban.
Entonces, tal como tantas veces lo había soñado, sus labios tocaron los míos en un beso casto y tierno. Fue un beso cálido, colmado de emociones no dichas, de un deseo silente que ambos llevábamos tiempo guardando. Lo seguí con entrega, dejándolo guiar el ritmo; me rendí a él con docilidad. Su mano descendió hasta mi cuello, sujetándome con firmeza y atrayéndome hacia su pecho, como si quisiera fundirme en su cuerpo. Yo correspondí rodeándolo con fuerza, buscando sentirlo más cerca, más mío.
Había una dulce torpeza en sus movimientos, como si ese beso fuese uno de los primeros, o como si desease guardar para mí toda la ternura que atesoraba en secreto. Dentro de mí, una tormenta de sentimientos estallaba en plena combustión. Me sentía pleno.
Un chirrido quebró el hechizo. Nos separamos de golpe, aún temblando. El calor me subía por las mejillas y noté -gracias al titilar de las antorchas- que él también se había sonrojado. Y qué bello se veía así, encendido por la emoción. Ese beso nos había marcado... incendiado.
El mayor, antorcha en mano, empujó la puerta y echó un vistazo al pasillo. Nadie. Tan solo un retazo de tela colgando del marco. Me miró, hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera, y nuestros pasos resonaron sobre la piedra húmeda mientras me escoltaba de regreso a mis aposentos.
Al llegar, nuestras miradas se cruzaron por unos segundos que supieron a eternidad. En sus ojos brillaba una mezcla de complicidad, picardía y ternura. Sonreí, aún encendido por la escena que acabábamos de compartir.
-Gracias por acompañarme, Iskander -dijo, con una sonrisa que coloreó sus mejillas hasta parecer un tomate maduro.
-Para servirle, mi señor -respondí, inclinando ligeramente la cabeza.
-Ya deberías dormir. Las armaduras quedaron bastante sucias por el entrenamiento, y te aguarda mucho trabajo -agregó con un tono burlón.
-Sí... tengo bastante por hacer -asentí, sin poder evitar una sonrisa tímida.
Él me guiñó un ojo y se alejó rumbo a sus aposentos. Avanzaba despacio, volteando de vez en cuando para mirarme. Yo lo seguí con la vista, grabando cada detalle de su figura. Aún podía sentir el eco de su boca sobre la mía. Llevé con suavidad mis dedos a los labios y sonreí, aún sin creer del todo lo que había ocurrido. Luego, me encerré en mi habitación, me recosté... y soñé toda la noche con los brazos fuertes y los labios rosados de Sir Tristán de Beaumont.