Fuego de Entrenamiento

1387 Words
La mañana siguiente, el sonido de un suave golpeteo me arrancó de mis sueños. Somnoliento, me incorporé de la cama y abrí la puerta. Contuve un grito al encontrarme con la imagen de Sir Tristán. Vestía su armadura, lo que le confería un aire más solemne, más imponente, más viril… y tan hermoso como aquella primera vez que lo vi quitarse el yelmo en la sala de armas. Sus ojos color miel recorrieron lentamente mi figura y se detuvieron un instante en mi entrepierna. Bajé la mirada y descubrí, avergonzado, que mi cuerpo respondía como lo hacen todos los hombres al amanecer. Al alzar nuevamente los ojos, encendido de rubor, me encontré con esos mismos iris ambarinos que ahora brillaban con picardía. Tristán contenía una sonrisa apenas perceptible. Yo apreté los muslos con fuerza, intentando ocultar aquel inoportuno fenómeno. —¿En qué puedo servirle, mi señor? Mi voz, aún ronca por el sueño, salió algo áspera. —Los guardias entrenarán esta mañana. ¿Podrías apoyarnos? Necesitamos a alguien que traiga agua, reparta las armas… que nos ayude a mantener el orden con esa banda de salvajes —dijo, y por un instante, sus ojos bajaron de nuevo a mi entrepierna mientras su sonrisa se ensanchaba. —S-sí, claro, Sir Tristán. Estoy a su disposición —balbuceé, sintiendo que la vergüenza me sofocaba. —Por cierto, ¿cómo te llamas, jovencito? —preguntó con tono afable. —Iskander —le respondí—. Iskander Le Noir. —Perfecto, Iskander. Nos vemos en una hora en el campo de entrenamiento —me guiñó un ojo antes de alejarse con paso decidido. Me dejé caer sobre la cama, desconcertado. ¿Acaso… acaso me estaba coqueteando? Apreté la vieja almohada de plumas contra el rostro y ahogué un grito que ni yo mismo sabía si era de euforia, de bochorno… o de ambas cosas. Me vestí con los ropajes que Guillaume me había obsequiado junto con la habitación, y me dirigí al campo de entrenamiento. Era un cuadrilátero cercado por una malla, donde Tristán, desde el exterior, comandaba a los soldados que, dentro, se revolcaban en el barro mientras luchaban entre sí con espadas de práctica. Yo llené unos baldes con agua y los llevé junto a varios vasos de madera. —¡Golpea bien, niñita! —gritó Tristán a Renard, justo cuando este caía al barro, cubriéndose por completo la armadura… armadura que, para mi desgracia, terminaría limpiando yo. Renard me fulminó con la mirada al levantarse, como si quisiera atravesarme con ella. —¡Agarren esas espadas como hombres, panda de inútiles! ¡Estamos en guerra! ¡No hay lugar para lloriqueos! —tronó la voz de Tristán con dureza. Los soldados se volcaron a derribar a su adversario imaginario. El patio se impregnó del agudo y continuo rechinar de las espadas chocando, creando una melodía de acero que parecía eterna. —Iskander, por favor, un poco de agua. Tomé uno de los vasos y se lo extendí. El mayor lo recibió con una sonrisa cálida, y los demás se giraron, sorprendidos por el cambio de tono con el que Tristán me hablaba. Yo fijé la vista en el suelo, con las orejas ardiendo. No sabía si era por el sol o por la incomodidad que me provocaba tanta atención por parte del caballero, mientras a los otros los trataba como si fuesen críos torpes. Cuando Tristán se dio vuelta, sentí de nuevo la mirada de Renard clavarse en mí con una intensidad casi peligrosa. No era solo odio lo que contenían esos ojos: había algo más. Un fulgor que rozaba la línea entre el desprecio y el deseo, una inquietud latente, como una sed que lo carcomía. Pero en cuanto Tristán me miró nuevamente, Renard frunció el ceño, visiblemente irritado, y volvió a centrar su atención en el combate. —Ven, quiero que intentes algo —escuché la voz grave de Tristán. —Claro… mi señor. Me acerqué y él sacó un enorme escudo. —Sujétalo. Quiero que practiques la posición básica de defensa. Tomé el escudo y mi brazo cedió ligeramente bajo su peso, pero me esforcé por mantenerme erguido. No podía mostrarme débil. Intenté imitar la postura correcta: espalda recta, un pie al frente para equilibrar el peso y el escudo en alto, cubriendo el cuerpo. Pero la carga era excesiva para alguien que apenas empezaba a recobrar fuerzas. Sin poder mantener el equilibrio, me tambaleé y caí hacia atrás, cuando sentí los brazos firmes de Tristán rodear mi cintura... otra vez. La sensación provocó en mi abdomen el galope desenfrenado de una manada de elefantes. Tristán me miraba sonriente, con un destello en los ojos que me hipnotizaba. Ambos reímos ante mi torpeza, bajo la mirada perpleja de los demás soldados. Especialmente la de Renard, cuya expresión parecía tan afilada que creí que podría herirme con solo mirarme. Después de unos instantes, nos separamos. Me dirigí al puesto donde estaban las armas para abastecer de agua a los soldados sedientos que continuaban en combate. Tristán seguía dirigiendo con ímpetu la batalla ficticia que se desplegaba en el campo de entrenamiento. Empezaron las prácticas con lanzas, todos los hombres enfocados en sus objetivos. Me senté sobre un balde para observar el espectáculo con mayor detenimiento, cuando vi que una lanza se aproximaba a mí; reaccioné a tiempo y giré el rostro, evitando por poco ser atravesado. Entonces vi la sonrisa de Renard. Estaba claro que había sido él, pero nadie dijo nada. Tristán se acercó a mí y recogió la lanza, su mirada—de la que brotaban llamas tan intensas como las del infierno—se clavó en Renard. Sujetó la lanza con fuerza y la arrojó en dirección a él. Renard la atrapó y bajó la cabeza, fingiendo una vergüenza que no sentía. —La próxima vez, ten más cuidado —le dijo Tristán con voz baja, apenas un susurro, incapaz de disimular su molestia. Al finalizar el entrenamiento, todos nos dirigimos a la sala de armas. Los soldados se quitaron las armaduras y se marcharon a sus aposentos. Yo me quedé en la mesa de trabajo para comenzar a quitar el barro de las placas. Fue entonces cuando Tristán apareció, mostrándome sus manos llenas de heridas: también había estado entrenando. —¿Me… ayudarías, por favor? Incapaz de pronunciar palabra, asentí y salí casi corriendo a buscar un balde con agua caliente y vendas. Conseguí el agua sin problema en la cocina, pero para obtener los vendajes tuve que conversar con el curandero del castillo, un anciano refunfuñón al que apenas logré escapar. Cuando por fin regresé, Tristán me esperaba sentado junto a la mesa. —Extienda las manos, por favor —le pedí. Sir Tristán obedeció, y yo, con sumo cuidado, las tomé. El tacto encendió un cosquilleo en mi piel. Humedecí una venda y comencé a limpiar sus heridas con delicadeza. Él no mostró señal alguna de dolor. Atendí cada herida con esmero y, al terminar, le vendé los nudillos con firmeza y ternura. Al alzar la vista, me encontré con sus ojos ámbar. En ellos brillaba algo distinto: una calidez que me transmitía una serenidad que no sentía desde que entré a este castillo. Aún sudado por las horas de entrenamiento, su rostro —enrojecido por el sol— seguía siendo duro, hermoso, tan viril que tuve que contener un gemido ante las escenas que cruzaron mi mente en ese instante. Fue entonces cuando percibí que alguien nos observaba desde la penumbra del pasillo de las habitaciones. Distinguí a Renard, que al notar mi mirada, se esfumó. Tristán giró el rostro, pero al no ver nada, me preguntó: —¿Ocurre algo? —No, nada, mi señor. No se preocupe. Tristán sonrió, y yo le devolví la sonrisa. —Ya está listo —le dije—. Voy a retirarme a mi habitación. Me levanté, dispuesto a marcharme, pero Sir Tristán me detuvo. —Espera… Me giré, nuestros ojos se encontraron, y vi en su expresión algo extraño… pero la frase quedó atrapada entre sus labios rosados. —No, nada. Ve a descansar. Buenas noches. —Está bien, mi señor. Que tenga buena noche usted también. Y me retiré a mi habitación, donde pasé toda la noche fantaseando con el recuerdo de aquellos brazos cálidos ceñidos a mi cintura....
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