La Respiración de Renard en mi Cuello

1415 Words
Saliendo del salón de la dama Élodie, luego de una conversación extraña y desconcertante, pasé por la cocina a tomar una manzana. La vieja Brévaux me miró con desdén, pero no dijo nada. Supongo que ya habría llegado a sus oídos la noticia de que ahora era el asistente personal de Sir Tristán de Beaumont y no podía hacer nada al respecto. Reí para mis adentros. Los demás cocineros también me observaron con recelo, pero eso me tuvo sin cuidado. Desde la entrada de la cocina, sentí la mirada de Renard clavada en mí. Intenté ignorarla, pero fue inútil: su mirada pesaba como un fardo de cien piedras. Lo miré. Sostuvimos la mirada durante unos segundos que se sintieron eternos. Sus ojos castaños eran como un laberinto de lujuria y perdición que me atraía, que me incitaba y al que, secretamente, anhelaba rendirme. Me hizo una seña para que me acercara y yo salí, dócil, a su encuentro. No pude evitarlo. Algo en lo más profundo de mí se sentía irremediablemente atraído por ese soldado fornido. Desde aquel beso ardiente en la sala de armas, no lograba sacarlo de mis pensamientos. Crucé la cocina bajo la mirada inquisitiva de todos, con la manzana aún en la mano. Renard me recibió con una sonrisa ladina; sus ojos hablaban más que cualquier frase que alguno de los dos pudiese pronunciar. Caminamos, hombro a hombro, a través del patio interior del castillo. Él mantenía la vista baja; yo, en cambio, miraba al frente, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón de cuero. —Te sienta bien esa nueva ropa —murmuró. —Gracias, me la regaló Tristán. Noté cómo su mandíbula se tensaba al oír el nombre de su superior. —Yo también podría darte buenos regalos —musitó. —Es más complicado que eso, Renard. El silencio que siguió no fue incómodo ni apacible. Fue un silencio crudo, denso, como si cargara algo que ambos nos resistíamos a nombrar. Seguimos caminando bajo la mirada fugaz de los peones que cuidaban los caballos y alimentaban a las bestias del castillo. Finalmente, llegamos a la parte trasera del recinto, donde no se veía un alma. Renard se sentó sobre un pequeño muro, y yo lo imité, sentándome a su lado. —¿En qué consiste tu nuevo trabajo? —preguntó. —Llevo cartas y encargos a los nobles. Entonces lo miré, y sus ojos color chocolate escudriñaron lo más íntimo de mí, como si buscaran una respuesta que no sabía cómo darle. En un impulso arrebatado, me tomó del cuello y me acercó a su boca. Sentí su aliento acariciando el mío, su respiración chocando con la mía, su nariz rozando la punta de la mía, sus ojos encendidos, fijos en los míos. —Dame una orden… —susurró contra mis labios— y prometo dejarte en paz. Pero sus palabras se sentían ajenas, distantes, como si no pertenecieran al momento. Mi mente se había desvanecido. Esta vez fui yo quien, desesperado, acortó la distancia que separaba nuestras bocas. Él, como si lo hubiese estado esperando toda su vida, me tomó por las caderas y me atrajo hacia él. Nos besamos con una pasión incendiaria, un beso cargado de deseo, donde nuestros labios danzaban hambrientos y su lengua, sin pedir permiso, invadía la mía y jugaba con ella. Sentía que me quemaba por dentro. Sus manos se deslizaron por mi espalda hasta apretarme con fuerza. Su tacto era fuego: ardía como las llamas del mismísimo infierno. Rodeé su cuello con mis brazos, buscando fundirme más con él, anhelando lo que sólo él podía darme. Impulsivamente —y sin soltar el beso— me subí a su regazo. Entonces, el beso se tornó más oscuro, más terrenal, más prohibido. Sentí el bulto de sus pantalones presionar el mío, provocándome un gemido apagado contra su boca. Nos separamos por falta de aire, nuestras miradas ancladas la una en la otra, nuestros cuerpos temblando bajo una temperatura ficticia, como si nuestras pieles ardieran. Me acarició el rostro con ternura y mordió suavemente mi labio inferior. Pero entonces la razón volvió a mí, como un balde de agua helada. Me aparté de su regazo con sobresalto, los nervios latiéndome en la garganta, y miré a mi alrededor con el miedo punzante de que alguien pudiera habernos visto. Él soltó una risa baja, casi cómplice. —No te rías, idiota —le solté, mientras él se recostaba sobre sus brazos y reía con más fuerza. —Te ves muy lindo así, avergonzado. Rodé los ojos. —Cállate. No podemos seguir haciendo esto. Quien juega con fuego... se quema. —¿Y si yo quiero arder? Le di un golpe en el brazo y me giré para irme, pero entonces me apresó entre sus brazos. Sentí su bulto, su contacto; esos brazos firmes de soldado, su aroma a cuero y sol, todo él me estremecía. Comenzó a dejar besos cálidos sobre mi cuello, y yo cerré los ojos, sintiendo cómo me incendiaba desde dentro. —Renard, por favor... detente. —Tu cuerpo dice otra cosa. Reí, bajo, sabiendo que era cierto. También yo quería quemarme entre sus brazos. ¿Quién diría que del odio podía nacer este deseo voraz, esta atracción salvaje que ardía como una hoguera donde ambos éramos leña? —Podría venir alguien... Pero mi cuerpo se negaba a moverse. Quería seguir sintiéndolo, sintiendo su bulto palpitando contra el mío. Él se separó apenas, me giró con fuerza y me atrajo contra su pecho para depositar un beso más profundo, colmado de deseo. —Prométeme que vas a entregarte a mí. —No puedo prometerte que lo haré... pero ten por seguro que te daré lo que buscas. Sonrió con esa malicia que sólo él podía cargar entre los labios. —¿Cuándo? —Ten paciencia, travieso —respondí entre risas, colocando un dedo sobre su boca—. Lo bueno se hace esperar. —Y mientras yo espero, el idiota de Tristán puede tenerte cuando se le antoje... —Si tan solo tú fueras el general de la guardia... —dije con intenciones claras de provocarlo. Vi cómo la ira le nubló los ojos. —Ese imbécil... —murmuró con desprecio. Sonreí, alejándome de sus brazos con ligereza. —Por ahora, debemos mantener la compostura. Si Tristán se entera, va a mandarte a la guillotina. —Sería un precio justo por disfrutar de tu piel. —¿Ves que eres un completo idiota? Él rió, y yo me alejé. Antes de entrar a la cocina, me acomodé la camisa que tenía toda salida del pantalón. Pude sentir la mirada de odio de la vieja Brévaux clavándose en mi espalda. —Prepárame un sándwich —le ordené con la voz más templada posible. —Tú no eres mi jefe, costal de huesos —espetó. —Prepárame un sándwich —repetí, sin variar el tono. La ira le chispeaba en los ojos. Me resultaba hilarante estar al otro lado del poder, verla someterse a mis órdenes como antes yo debía someterme a los suyos. —¡Tú, idiota! —le gritó a uno de los ayudantes de cocina—. ¡Prepárale un sándwich! Sonreí de oreja a oreja, manteniendo la mirada maliciosa sobre ella, disfrutando de su impotencia. El joven, delgado y silencioso, preparó el sándwich con la mayor rapidez posible y me lo ofreció con timidez. —Aquí tiene, mi señor. —Gracias. Busqué a Mila, que estaba sentada en un rincón de la cocina, sacando escamas a unos pescados. —Pequeña, ve a lavarte las manos para que disfrutes esto conmigo. La niña alzó la mirada temerosa hacia Brévaux. —Tranquila, Mila. Ella no te tocará si no quiere vérselas con Sir Tristán. La niña contuvo una sonrisa y salió corriendo a lavarse las manos en un balde de agua. Mientras tanto, Brévaux hacía estallar los trastes contra el lavadero, intentando calmar su furia. Para aumentar el placer, me senté con Mila justo allí, en la cocina. Ambos compartimos el sándwich y una larga, larguísima conversación bajo la mirada furiosa de la vieja. —Ya me tengo que ir, pequeña. Pase lo que pase, no dudes en buscarme. Si alguien se mete contigo, lo mandaré a limpiar el estiércol de los caballos por una semana entera. Mila sonrió, aunque aún con un dejo de temor, y salió corriendo a continuar su tarea. Yo, con el corazón ligero y la sonrisa afilada, regresé a la habitación que compartía con Tristán.
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