A la mañana siguiente, desperté envuelto en los cálidos y musculosos brazos de Tristán. Observé su rostro a través de la tenue luz de las antorchas que ya agonizaban: sus rasgos afilados, la nariz respingada, las espesas cejas y sus largas pestañas proyectaban sombras suaves sobre su piel; sus labios rosados descansaban ahora en una línea serena, y la ligera barba que enmarcaba su mandíbula siempre parecía estar en ese punto perfecto: no demasiado densa, pero lo suficientemente palpable para rozar la piel como una caricia áspera.
Ese hombre me hechizaba, y despertar junto a él era como materializar un deseo largamente reprimido. Envuelto en sus sábanas, sintiendo el calor de su cuerpo firme contra el mío, percibiendo el tacto rugoso de su piel sobre la mía, el mundo allá afuera parecía menos cruel, más llevadero, como si viviéramos dentro de un cuento encantado cuya magia aún no se desvanecía.
Desde aquella noche, cada vez que el día llegaba a su fin, Tristán abandonaba su habitación para buscarme. Yo lo aguardaba con ansias, deseando compartir otra noche de pasión. Nuestros labios se fundían en besos frenéticos, y nuestros cuerpos se enfrentaban en una batalla de deseo desbordado. Nuestras mentes se abandonaban a ese universo de lujuria que solo nosotros habitábamos. Con el primer canto del gallo, me escabullía sigilosamente de su lecho para regresar al mío.
Y aunque mi piel ardía por él, aunque ansiaba cada uno de sus gestos, de sus jadeos, mi mente permanecía lúcida. No consideraba aquellas noches como un simple contrato tácito. Yo también deseaba con locura su piel canela, pero había un objetivo más definido latiendo tras mis acciones: dejar atrás el brillo ajeno de las armaduras. Sir Tristán de Beaumont, general de la Guardia de Élite, era la llave que podía abrirme las puertas hacia una posición más favorable dentro del castillo. Mi intención era que me llevara a un lugar más cercano a la nobleza, donde pudiera ganar visibilidad, prestigio... ascender.
En el fondo, una parte de mí sabía que Tristán sospechaba mis intenciones. Lo supe desde aquella acalorada discusión entre él y Guillaume, cuando nos sorprendieron entrenando detrás del castillo. Él lo sabía, sin duda. Pero también era cierto que lo disfrutaba—y de qué manera...
Una mañana, mientras abandonaba sigilosamente la habitación de Tristán rumbo a la mía, una figura inmóvil en el pasillo me congeló la sangre. Era Guillaume. Su ceño fruncido, su mirada dura y penetrante me taladraban, cargadas de silencios afilados y acusaciones no dichas. Tragué saliva, sintiéndome atrapado. No supe qué decir ni qué hacer. Estaba paralizado.
—No eres el único que ha dormido en esa cama —escupió.
Sus palabras eran ácidas, voraces como la furia que ahora lo devoraba por dentro. Estaban impregnadas de veneno y resentimiento. Su mirada seguía fija en mí, como la de un halcón que acecha a su presa.
—Guillaume, yo… —intenté justificarme de algún modo, pero las palabras no salían de mi garganta.
—No hace falta que digas nada. Está claro que me utilizaste —espetó. Sus palabras se clavaron en mí como un puñal certero.
—¿Y qué esperabas? —solté al fin, sin poder contenerme—. ¿Acaso creías que iba a quedarme con un viejo como tú?
Guillaume se acercó de golpe y me sujetó del cuello, ejerciendo una presión contenida pero amenazante.
—¿Acaso piensas que no puedo hacer nada? —me dijo con los dientes apretados.
Entonces Tristán emergió de su habitación. Su mirada se posó en nosotros como un rayo. Tenía los puños cerrados y observaba a Guillaume con un odio tan intenso, que parecía que fuera a matarlo ahí mismo. Guillaume, por su parte, me soltó de inmediato.
—¿Pasa algo, Guillaume? —preguntó Tristán, con la cara encendida por la ira.
—Solo discutía unos asuntos con Iskander. Nada que sea de tu incumbencia —respondió Guillaume con fingida calma.
—Todo lo que le ocurra a Iskander es de mi incumbencia —gruñó Tristán entre dientes.
—¿Ah, sí? Hasta donde sé, Iskander sigue siendo un simple esclavo. Y tú bien sabes que los esclavos están bajo mi mando. De hecho, creo que este puesto ya no le es apropiado. Hoy mismo lo voy a reasignar —dijo Guillaume, con voz afilada como una daga recién templada.
—No juegues conmigo, Guillaume. No soy general de la Guardia de Élite por casualidad —la voz de Tristán cortaba el aire como espadas gigantescas.
—Nos vemos luego, Iskander —dijo Guillaume antes de marcharse del pasillo.
Tristán se acercó de inmediato. Con la yema de sus dedos acarició mi cuello con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.
—¿Estás bien? —preguntó, hundiendo su mirada en la mía.
—Sí, tranquilo… estoy bien. Solo necesito descansar —mi voz sonaba apagada, como una llama sofocada en agua helada.
—Ve y descansa. Este problema lo resuelvo hoy mismo.
Asentí y me retiré a mi habitación. Por dentro, la rabia me carcomía como brasas vivas. Si tan solo tuviera un rango más alto, si tan solo tuviera autoridad sobre ese despreciable capataz, le haría pagar con creces lo que acababa de hacer. Golpeé la cama con furia, dejando que el cuerpo expulsara lo que mi corazón no podía contener.
—Voy a matarlo —me dije a mí mismo—. Esto me lo va a pagar caro...
Esa misma tarde, Mila, la niña a la que había salvado de quemarse con la olla de grasa hirviendo, tocó a mi puerta.
—Hola, Mila. ¿Cómo estás, pequeña? ¿Qué necesitas? —le pregunté.
—¡Iskander! Qué alegría verte —me dio un abrazo apretado que respondí con suavidad—. Sir Tristán te manda a llamar. Dice que debes ir de inmediato a la sala de estrategia.
Asentí apresurado.
—Gracias, Mila. Pero cuéntame, ¿cómo te va en la cocina?
Un destello sombrío surcó sus ojos, como un rayo de miedo mal contenido.
—Madame Brévaux… está cada día más amargada. Me grita, me humilla… me golpea. Es como si me odiara —sus ojos se llenaron de lágrimas.
Me agaché para ponerme a su altura, tomé sus pequeñas manos entre las mías y la miré con firmeza y ternura.
—Escúchame, pequeña. Voy a sacarte de ese infierno, ¿sí? Solo dame un poco de tiempo, pero te lo prometo.
La niña asintió y se aferró a mi cuello, ahogando sus sollozos contra mi hombro.
—Me tengo que ir, Iskander. Debo estar en la cocina antes de que Madame Brévaux se enfurezca por mi ausencia.
Le acaricié la cabeza y la dejé marchar. Una tristeza sorda me invadió. Ver a esa niña sufrir me llenaba de irá, pero me hice la promesa más férrea: a la menor oportunidad, la sacaría de ese nido de podredumbre gobernado por esa bruja maldita.
Salí rumbo a la sala de estrategia. Tuve que preguntar a unos nobles engreídos cómo llegar; me indicaron un camino de pasillos enredados que parecían un laberinto. Al fin, llegué a una gran puerta de madera, custodiada por dos caballeros.
—Nombre —dijo uno de ellos.
—Iskander Le Noir.
Los guardias se miraron, y sin más, abrieron la puerta. Dentro, alrededor de una mesa redonda, estaban Tristán, Guillaume y una dama imponente vestida con un opulento vestido azul.
—Pasa, Iskander —dijo Tristán, extendiéndome una carta.
Me acerqué, la tomé entre mis dedos temblorosos y la abrí. Leí en voz baja: “Iskander Le Noir, quien fue comprado como esclavo para el honorable castillo de Valtherion, hoy recupera su libertad y es contratado como asistente personal de Sir Tristán de Beaumont.”
Leí aquellas palabras una y otra vez, sin poder creerlas del todo.
—El contrato solo entra en vigor si acepta el cargo, señorito —dijo la mujer desde el centro de la mesa.
Guillaume nos observaba con ojos encendidos. Su mirada saltaba de Tristán a mí como cuchillas deseosas de sangre.
—S-sí, ¡claro! Por supuesto que acepto.
La dama sonrió, me extendió la mano y yo la tomé con fuerza.
—Entonces eres libre de nuevo, Iskander. Gracias a Tristán. Espero que disfrutes tu nuevo cargo.
La alegría danzaba dentro de mí como una tormenta de júbilo. Quería correr y lanzarme a los brazos de Tristán, besarlo y agradecerle hasta quedarme sin aliento… pero me contuve.
—Empiezas mañana. Lleva tus cosas a mi habitación, no te demores.
Asentí con entusiasmo y me marché a lo que hasta ahora había sido mi dormitorio. Tomé mi única posesión: la daga que me habían dado en la cocina, y partí hacia los aposentos de Sir Tristán. Esa noche, él llegó con una sonrisa despreocupada, como la de un niño al que le han regalado su juguete favorito.
—¿Cómo lograste que me dieran la libertad? —pregunté, sin poder contenerme.
—La pagué —respondió, como si fuera lo más sencillo del mundo.
Se acercó lentamente y posó un casto beso en mis labios.
—¿Y cómo te la voy a pagar?
—Bueno… —susurró, desabrochando mi camisa con lentitud— sé que sabrás cómo hacerlo.
Una risa suave escapó de su pecho antes de tomarme por las caderas y alzarme. Rodeé su cintura con mis piernas y su cuello con los brazos. Tristán me empujó suavemente contra la pared y colmó mi cuello de besos.
Esa noche, pagué con creces mi libertad.