Aquella mañana me desperté con el cantar de los gallos. Debía terminar de pulir las armaduras de los caballeros para una ceremonia real a la que asistiría un noble. Me enteré, por murmullos entre los soldados, que el nombre del apuesto caballero que me salvó de darme un fuerte golpe el día anterior era Sir Tristan de Beaumont. Capitán del ejército de élite, era un hombre de semblante severo; algunos decían que podía ser despiadado al imponer castigos a quienes osaran traspasar los límites.
También descubrí que el muchacho que se había burlado de mí se llamaba Renard. Lo supe porque sentía su mirada clavada en mí: una mezcla afilada de rencor y deseo, como si me odiara por haber sido reprendido, pero a la vez se sintiera atraído por mi cuerpo. Una combinación peligrosa. Debía ser precavido con ese chico; el resentimiento es un arma que puede empujar a cualquiera a cometer actos atroces, y si se combina con la atracción… se convierte en una bomba de tiempo.
Con la ayuda de los demás criados, acomodamos algunas armaduras para que adornaran la estancia. Sentía la mirada de Sir Tristan sobre cada uno de mis movimientos, lo que me estremecía. Era como si evaluara minuciosamente cualquier error que pudiera cometer. Su presencia me ponía tenso, pero aun así me esforzaba al máximo por hacer bien mi trabajo, sin dejar margen alguno al fallo.
Cuando la sala de armas estuvo lista, los caballeros comenzaron a formarse en filas para recibir al noble. Los otros criados se retiraron, y yo me quedé sentado en una esquina, apartado del acto. Pude haber regresado a mi habitación, pero preferí quedarme allí, donde quizá se presentaría una oportunidad propicia para mi ascenso.
Un coro de trompetas anunció el inicio del acto real. Un noble, con una graciosa peluca blanca y expresión adusta, entró en la sala. Caminó entre las filas de caballeros, inspeccionando tanto las armaduras como el porte de los soldados. Todos ellos parecían estatuas, tan rígidos estaban. Sir Tristan, de pie frente a ellos, observaba todo con la misma rigidez solemne, como si fuera una escultura de mármol tallada con precisión divina.
Entonces, el noble pasó junto a una de las armaduras decorativas, que tambaleó levemente. Percibí el movimiento de inmediato y salté hacia ella, impidiendo que cayera de bruces sobre él. El filo del metal rasgó mi antebrazo. El noble soltó un bufido despectivo y continuó su revisión, pero Renard, que no apartaba la vista de mí, no desaprovechó la ocasión.
—Siempre tan servicial… como un perro bien amaestrado —escupió, rompiendo el silencio que reinaba en la sala—. O quizá solo quiere demostrarle al comandante que puede ser más que un limpiador de cuchillos.
Sus palabras resonaron, y algunos soldados soltaron risas contenidas mientras murmuraban por lo bajo. No respondí; simplemente bajé la mirada al suelo y comencé a marcharme hacia mi habitación. Entonces, unos pasos lentos pero decididos silenciaron las carcajadas. Era Tristan, que se acercaba, y sus ojos ardían de rabia contenida.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta de ti? —dijo, encarando a Renard—. Que hablas sin pensar… y peor aún, hablas cuando deberías guardar silencio en un acto solemne. —Luego se volvió hacia los demás soldados—. Él fue el único que vio lo que ocurría y salvó a Lord Charles de un golpe fatal. —Finalmente, su mirada volvió a clavarse en Renard—. Cien flexiones esta noche. O puedes marcharte al ala de cocina… con la lengua rota. Tú decides.
La vergüenza me carcomía; podía sentir la pesada mirada de Renard sobre mí, una mirada cargada de odio y desprecio. Mi pulso se aceleró desmedidamente. No sabía qué hacer, así que, lo más silenciosamente posible, me retiré a mi habitación. Solo allí caí en cuenta de la herida en mi antebrazo: me ardía y sangraba profusamente. Mi camisa nueva ya estaba arruinada.
Algo desesperado por el escozor, salí hacia el patio para lavarme la herida con agua y cubrirla con una venda vieja que Guillaume me había dado para curar las lesiones en mis manos. Los demás esclavos me observaban con curiosidad, pero yo solo podía pensar en el dolor abrasador. Coloqué el brazo bajo una llave de agua; el líquido arrastró la sangre y trajo un leve alivio, aunque el dolor era tan intenso que me hacía temblar y contener gemidos. No me gusta demostrar debilidad.
Justo cuando iba a colocarme la venda, una voz ronca me interrumpió.
—Tienes buenos reflejos. ¿Dónde aprendiste a moverte así? —dijo Sir Tristan.
—Nadie me enseñó. Cuando no quieres morir, aprendes a moverte rápido.
Entonces, como surgida de la nada, la comisura del labio de aquel hombre severo se curvó en una sonrisa ladeada. Mi corazón palpitó con fuerza al ver ese gesto en un rostro tan impenetrable. Una oleada de emociones se instaló en mi estómago, y el deseo de hacerlo mío se intensificó. Tristán sacó una venda nueva del bolsillo de su pantalón y me la extendió.
—Póntela bien. Mañana entrenaremos.
Lo miré a los ojos, sorprendido. Su mirada me consumía, me tentaba. Sin poder evitarlo, mis ojos bajaron a sus labios carnosos y rosados; me relamí sin pensarlo. Al darme cuenta, volví en mí con las mejillas ardiendo y regresé mi mirada a la suya… en ese instante noté que él también miraba mis labios.
Esa noche, Guillaume se pasó por la sala de armas a supervisar mi trabajo. No se detiene, pero sus pasos resuenan mucho más que cualquier otros, como invocándome, tratando de llamar mi atención. Su sombra, sin tocarme, me roza. Puedo sentir el tacto de su piel sobre la mía y me doy asco. Pero rápido es su paso por la sala, aunque tenso, es fugaz, se marcha así como vino. Yo me quedo ahí en la mesa de limpieza, solo y pensando en todo lo que sucedió en el día. Me toco la venda que está un poco manchada de sangre. Entonces recuerdo sus ojos color miel, esos ojos que me consumen y avivan en mi interior un fuego indescriptible, un fuego que jamás había sentido antes, la llama de la pasión y la lujuria que por primera vez se alojaba en mi alma.
Ahora, por vez primera, no quería usar mi cuerpo como el oro para pagar un ascenso, un favor, una transacción. Ahora quería sentir mi piel quemarse bajo el tacto de esa piel bronceada, quería morir bajo sus besos y despertarme encima de su cuerpo sudoroso. Quería entregarme a él y ser su favorito.