El precio de ser visto

1377 Words
Ese día, luego de estar con Tristán, salí de la cama para cumplir con unas tareas. El silencio de Tristán me tenía intranquilo; temía que sospechara algo, que todo pudiera venirse abajo en un segundo. Recorrí los pasillos del castillo con calma, aunque mi mente vagaba por todas partes menos en el presente, atrapada en la imagen de la sombra que había aparecido anoche en la escalera. Entonces, me topé con la detestable figura de Guillaume. Vi su sonrisa socarrona y lo supe de inmediato: había sido él quien nos había visto en las escaleras. —Sígueme —soltó sin más. No tuve otra opción; sabía que tenía algo que decir respecto a aquel encuentro. La sangre comenzaba a hervirme. Nos deslizamos entre pasillos hasta llegar a una vieja torre donde rara vez pasaba alguien. Él se acercó a mí, amenazante, con esa asquerosa sonrisa de triunfo pintada en el rostro. —¿Acaso crees que puedes tenerlo todo sin pagar las consecuencias? Su voz sonó con un tono burlón, disfrutando tenerme en esa posición: acorralado, vulnerable, haciéndome pagar por no haberme entregado a él como lo hice con Tristán. —Eso no es asunto tuyo, Guillaume. Rió. Su risa salió como una navaja, afilada, dispuesta a cortarme en pedazos. Yo estaba rojo de ira; tenía ganas de golpearlo como aquella vez que lo encontré borracho. —Se lo diré todo a Tristán. ¿No te sientes muy feliz con él? Pues se lo contaré todo, y te echarán como a un perro a la calle. Tendrás que volver a mí, suplicando que te perdone. —¡Cállate, imbécil! —el grito brotó de mi garganta sin que pudiera detenerlo. Mi mano ya estaba levantada, a punto de estamparle una bofetada. Él me empujó contra la pared con fuerza, pero la rabia que me consumía era tanta que ni siquiera sentí el golpe contra la piedra. Le devolví el empujón con la misma intensidad, y él sonrió aún más. Disfrutaba verme así, se le notaba en los ojos. —No eres especial, Iskander. Solo eres el juguete que todos quieren romper. No pude evitarlo. Mi mano se estampó contra su mejilla con violencia; el sonido retumbó en las paredes de aquella torre como un disparo. Él se llevó la mano al rostro y me miró. Su mirada me laceraba. —Esta me la vas a pagar. Lo dijo y se marchó. Yo, con el corazón desbocado, tomé unos cachivaches que había en la torre y comencé a arrojarlos al suelo, tratando de descargar la furia que me quemaba por dentro. Salí de la torre lanzando chispas, dispuesto a cumplir con mis tareas, aunque la ira seguía apoderándose de mí. Entonces me crucé con la figura de Renard. Al verme en ese estado, la preocupación se dibujó en su rostro. Yo rodé los ojos y lo evité, pero él me siguió. —Iskander, ¿qué pasa? —me preguntó. —Nada que sea de tu incumbencia, Renard —las palabras salieron solas, secas, como un escudo. Él aceleró el paso y me acorraló contra la pared. Tomó mi mentón con firmeza y me obligó a mirarlo. Mis ojos chispeaban. —Por favor, dime qué pasa. —El que nos vio fue el idiota de Guillaume. —¿Y qué tiene de especial eso? —su pregunta me hizo hervir por dentro. —Quiere contárselo todo a Tristán. —No lo hará. Guillaume es un patiquín sin importancia —rodé los ojos, incrédulo. —¿Es en serio? Guillaume me odia, Renard. Ha estado esperando el momento propicio para atacarme, y ahora que lo tiene, no lo va a desaprovechar. El idiota de Renard me observaba, pero no me escuchaba. Su mirada estaba fija en mis labios. Entonces, sin previo aviso, se acercó y estampó un beso dulce y tierno en ellos. Por un instante lo seguí, me dejé llevar por esos labios de textura de nube que me volvían loco. Por un segundo, la ira que recorría mi sangre pareció aplacarse. Pero pronto volví en mí y lo empujé, alejándolo. —¿Es que acaso no entiendes la gravedad del asunto, idiota? No necesito que me desees. Necesito que me dejes pensar. Dije y me marché. Él se quedó mirándome desde el pasillo, como un idiota, sin comprender la gravedad de lo que estaba ocurriendo. Entregué algunas cartas y paquetes que tenía pendientes para ese día, y luego me dirigí a la habitación. Cuando entré, una imagen me heló la sangre. Tristán estaba allí, sentado en una de las sillas, con una expresión severa que me atravesó como una lanza. En su mano sostenía una copa de vino, la observaba con calma, con la mirada fija primero en la puerta… y ahora en mí. Tragué con fuerza. Jamás lo había visto beber alcohol, jamás había sentido el sabor del vino en sus labios. —¿Todo está bien, Iskander? —la pregunta me cayó como un balde de agua helada. —Sí… —vacilé, incapaz de ocultar el nerviosismo que me embriagaba el cuerpo—. ¿Por qué lo preguntas? —Alguien ha estado preguntando por ti con mucha insistencia —se incorporó en la silla y bebió un trago. En su rostro se dibujaba una mezcla de duda, rabia contenida e intriga. Una intriga que me disparaba directo al alma. —¿Quién? —pregunté, y un temblor recorrió mi espalda. Estaba tenso, y no sabía cómo disimularlo. Tristán se levantó, dejando la copa sobre la mesa. Se acercó a mí con paso firme, imponente. Su cuerpo alto y ancho parecía aún más monumental que de costumbre. Alcé la vista hacia sus ojos, los mismos que ahora escudriñaban cada gesto, cada sombra en mi rostro. —Si estás en peligro, dímelo. No quiero proteger a alguien que no confía en mí. Sus palabras salieron una a una, como disparos certeros. Cada una me golpeó con fuerza, sin darme tiempo a respirar. No supe qué decir. Si le contaba lo ocurrido con Guillaume, este no tardaría en soltar la lengua. Tenía que jugar bien mis cartas, moverme con agilidad en el tablero. Un paso en falso podría significar el final de la partida… y aún faltaba mucho para tumbar al rey. —Necesito distraerme. Lo dije sin más y salí de la habitación. Durante largo rato recorrí los pasillos del castillo, con la mente atrapada en aquella escena en las escaleras. ¡Dios, qué estúpido fui! ¿Cómo pude dejarme arrastrar por el deseo? Estoy aquí con un objetivo claro, con una misión que no admite errores. ¿Cómo pude ceder al instinto carnal de esa manera? Quería golpearme, arrancarme la piel por haber sido tan débil. Entonces fui al único sitio del castillo donde podía sentirme a salvo de Tristán: el salón privado de Élodie. Toqué suavemente la puerta, y su voz me invitó a pasar. —¡Isk, querido! Pasa, por favor. Has llegado en el mejor momento. Me recibió con una sonrisa, pero su expresión cambió al ver mi rostro sombrío. Me dejé caer en el sofá, agotado de fingir, agotado de pretender que todo estaba bien. —Ay, mi niño… ¿Qué pasa? ¿Qué te tiene con esa cara tan demacrada? —Alguien amenaza con delatarme, Élodie —dije, alzando la mirada para encontrarme con sus ojos. —Mi querido Isk… Los hombres que amenazan tienen miedo. Y quien tiene miedo… muere rápido —respondió ella, y la sonrisa volvió a su rostro como si nada pudiera perturbarla. Se levantó de su sillón y caminó hacia una cómoda en el centro del salón. Sacó de allí algo envuelto en un pañuelo y me lo entregó. Tomé el paquete con manos temblorosas y lo desenvolví. Era una preciosa daga de plata, decorada en la empuñadura con rubíes que brillaban como gotas de sangre. —¿Qué es esto, Élodie? —pregunté, asombrado. —Si no es necesario, no la uses… Pero si no hay más remedio, haz lo que debas para seguir tu camino —sus palabras fueron breves, certeras. No añadió nada más. Sirvió dos copas de vino y me ofreció una. Se sentó a mi lado, y ambos permanecimos en silencio. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Deberé usar la daga?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD