Los pasillos que saben su nombre

1276 Words
La mañana siguiente desperté entre los firmes brazos de Tristán, envuelto en su aroma masculino y reconfortante. Él, aún adormilado, me regaló una sonrisa como saludo matutino. Hoy comenzaba oficialmente mi primer día como asistente personal de Sir Tristán de Beaumont. —Espérame aquí, voy a buscar unas cosas —murmuró antes de levantarse de la cama y desaparecer tras la puerta. Yo permanecí allí, sumido en la cálida sensación que me envolvía. La cama, amplia y mullida, conservaba el calor de su cuerpo, y las sábanas suaves acariciaban mi piel como un susurro de seda. Después de un rato, Tristán regresó cargado con algunas prendas y una pequeña caja de madera. —Toma —dijo, extendiéndome la ropa con naturalidad. Le sonreí mientras aceptaba lo que me ofrecía: una camisa blanca impecable y unos pantalones de cuero oscuro que parecían recién confeccionados. —Gracias… de verdad, gracias, Tristán. Él desvió la mirada con un gesto tímido, casi encantador. —No hay de qué —musitó—. Necesito que entregues este paquete al consejero Baillard. Es un viejo lujurioso que nunca se quita esa peluca blanca. No respondas a preguntas. Solo entrega y regresa. Asentí con seriedad, entendiendo la instrucción, y me vestí con rapidez. Las prendas parecían hechas a la medida de mi cuerpo delgado: el pantalón se amoldaba a mis piernas como una segunda piel, y la camisa me sentaba perfecta, resaltando mi figura esbelta. Me calcé mis viejas botas y tomé la caja, que llevaba un sello lacrado. —¿Dónde encuentro al consejero? —pregunté, asegurándome de no perder tiempo. —En el ala este, en la sala de consejeros. Recuerda lo que te dije: entrega y vuelve. Al salir de la habitación, sentí cómo se posaban sobre mí varias miradas. Los caballeros con los que me crucé fruncieron el ceño, sorprendidos. Sus expresiones oscilaban entre la confusión y la curiosidad. Podía leer en sus ojos la silenciosa pregunta: ¿de dónde ha sacado esas ropas este muchacho? Sonreí para mis adentros. Me gustaba no pasar desapercibido. Recorrí los interminables pasillos del castillo hasta llegar al ala este. Observé con atención las grandes puertas de madera tallada que dominaban el lugar hasta que una, colosal y entornada, llamó mi atención. Supe de inmediato que era la correcta al ver el interior: hombres y mujeres ataviados con trajes de seda y terciopelo caminaban y conversaban con soltura. Tragué saliva. El nerviosismo se apoderó un poco de mí, pero reuní el valor y me adentré. La sala era vasta, de muros de mármol pulido y un aroma persistente a incienso. Nada que ver con el olor a grasa, sudor y cuero gastado de los salones a los que me había acostumbrado. Avancé con paso firme, buscando al consejero que Tristán me había descrito. Las miradas que me siguieron eran descaradas, como si evaluaran una novedad puesta en exhibición dentro de un mercado de élite. Al fondo, distinguí a un hombre cuya descripción encajaba perfectamente con la de Baillard. Me acerqué a él y, con voz discreta, le dije: —Consejero Baillard, Sir Tristán de Beaumont le envía esto. El hombre me recorrió con la mirada, lenta y escrutadoramente. Sentí que me desnudaba el alma, buscando quizá alguna señal de amenaza oculta. Finalmente, tomó el paquete sin romper el contacto visual. —Gracias, joven —dijo con cierta solemnidad. Incliné la cabeza en señal de respeto y me disponía a marcharme de vuelta a la sala de armas cuando una mujer apareció repentinamente en mi camino. Rubia, voluptuosa, de una belleza tan deslumbrante como intimidante, me bloqueó el paso. —Así que tú eres el nuevo asistente de Tristán —dijo, acercando una mano enguantada a mi rostro—. Lo imaginaba menos delicado... Le dediqué una sonrisa cortés, buscando mantener la compostura. —Un placer —respondí, acompañando mis palabras con una leve reverencia. Atravesé la sala sin volver la mirada, aunque podía sentir sus ojos aún fijos en mí, como si intentara descifrar el enigma que acababa de cruzar su camino. Al llegar finalmente a la sala de armas, me topé con Renard. Sus ojos chispeaban con una mezcla de intriga y desafío. Con un ademán altanero, se interpuso en mi camino, bloqueándome el paso hacia los corredores donde se encontraban las habitaciones. —¿Así que ahora te crees noble por repartir paquetitos perfumados? —escupe con desprecio. —Permiso, Renard —le respondo con firmeza. En lugar de apartarse, me empuja contra la pared y me sujeta del rostro. Por un instante pensé que iba a golpearme, pues tenía un puño cerrado peligrosamente cerca de mi cara. Pero su mirada descendió de mis ojos a mis labios, y entonces pude percibir cómo su tensión se disolvía, como si algo lo encendiera de golpe. La pasión que emanaba de su mirada era palpable, espesa. Durante unos segundos, me observó con una intensidad que me dejó sin aliento. Y luego, como si despertara de un sueño, me soltó con brusquedad. —Ten cuidado... no todo lo que brilla sobrevive —gruñó antes de alejarse, cargado de una furia envenenada. Tragué en seco y me dirigí directamente a la habitación de Tristán. Una vez allí, me arrojé sobre la cama, dominado por una oleada de rabia. ¿Por qué no hice nada? ¿Por qué permití que ese imbécil me tocara así, como si tuviera derecho? Me atormentaba con esas preguntas, hervía por dentro. Pero no podía darme el lujo de perder el control. Había luchado demasiado por llegar a esta posición, no podía arriesgarlo todo por un arrebato de ira. Respiré profundo. Contuve el temblor de mis manos. Me hundí entre las sábanas como queriendo apagar el fuego que ardía en mí. Al cabo de un rato, Tristán entró con una carta en la mano. Un nuevo encargo, aparentemente. —¿Cómo te fue? ¿Demasiados estirados, verdad? No pude responder. Tristán frunció el ceño al observar mi rostro, deteniéndose justo en el lugar donde Renard me había apretado. Sus ojos lo dijeron todo: allí, probablemente, todavía estaban marcadas sus huellas. Se acercó lentamente y, con la yema del dedo, rozó la zona como si quisiera borrar las marcas con ternura. Sentí cómo la ira se apoderaba de él, entrando en su cuerpo como un demonio silente. —¿Renard? —preguntó. Asentí, en silencio. Tristán soltó un suspiro denso, cargado de una furia contenida. Con suavidad, como si temiera romperme, me empujó contra la pared y acercó su boca a mi oído. —Si vuelve a tocarte sin permiso... no tendré misericordia —susurró con una voz tan baja como peligrosa. Entonces me besó. Fue un beso duro, exigente. Uno que contenía toda la rabia que le hervía dentro, pero también algo más visceral: me reclamaba como suyo. Me poseía. Cada movimiento de sus labios, cada presión, era una afirmación incuestionable de mi lugar en su mundo. Luego descendió con furia hasta mi cuello, y de ahí a todo mi cuerpo. Me tomó como si el simple hecho de tocarme pudiera redimirlo del dolor de no haberme protegido antes. Cada caricia era una advertencia silenciosa: nadie más tenía derecho a tocarme, ni siquiera por descuido. Esa noche, Tristán durmió de espaldas a mí. Yo no terminaba de entender lo que pasaba, pero la habitación estaba impregnada de una tensión espesa, casi palpable. Era como si una cuerda invisible, al borde de romperse, nos sujetara a ambos. Sentía que Tristán temía perderme, y a la vez ardía de odio por Renard. En este castillo, el deseo es una daga sin dueño... y ya son varios los que han comenzado a buscarle empuñadura.
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