Los Ojos del Halcón

1401 Words
Desde aquella tarde no volví a estar a solas con Tristán durante varios días; había mucho trabajo. Él debía dirigir los entrenamientos, pues pronto partirían en una nueva cruzada con el rey. Yo, por mi parte, me mantenía ocupado puliendo las armaduras de práctica que cada tarde llegaban cubiertas de barro. Aun así, en los breves momentos en que Sir Tristán pasaba por la sala de armas, podía sentir su mirada fija en mí mientras se despojaba de cada pieza de su armadura. Verlo quitarse esa estructura imponente era un deleite para mis ojos; lo imaginaba desnudándose lentamente, prenda por prenda, mientras me observaba con esa sonrisa traviesa tan suya, como si supiera exactamente lo que despertaba en mí. Guillaume, por otro lado, se había mostrado más locuaz de lo habitual. Pasaba con frecuencia por el arsenal y me lanzaba miradas inquisitivas. Yo hacía mi mayor esfuerzo por ignorarlo, pero cuando notaba que no captaba mi atención, se acercaba y me hablaba. —¿Cómo has estado, Iskander? ¿Qué tal tu nuevo puesto? —solía decirme. Yo respondía con monosílabos: un “sí”, un “no”, un “todo bien por ahora”, y con eso solía bastar para quitármelo de encima. Pero a veces no era suficiente. Cuando la sala de armas quedaba desierta y yo era su única compañía, él tomaba una silla y se sentaba a mi lado. Entonces su mirada se volvía densa, como un yunque sobre mi espalda. Con cautela, asegurándose de que nadie lo viera, colocaba su mano sobre mi pierna y comenzaba a acariciarla. —Te extraño mucho, Iskander. Te necesito. Yo, algo nervioso, respondía con sonrisas tensas y trataba de alejarme. Solo imaginar que Tristán apareciera y nos viera en esa escena me erizaba la piel. Algo así podría alejarlo de mí, podría destruir la conexión sutil que poco a poco habíamos tejido entre los dos. Y eso no podía permitírmelo… aún no lo había hecho mío, aún no había conseguido de él aquello que me elevaría en la jerarquía de este castillo. Guillaume se disgustaba, y se marchaba de la habitación murmurando insultos que alcanzaban mis oídos. Pero sus reproches poco me afectaban: sabía que nadie podría sacarme de aquí mientras tuviera a Tristán comiendo de la palma de mi mano. Y lo tenía, lo sabía por la expresión que se dibujaba en su rostro al mirarme, por la forma en que se humedecía los labios cuando yo le sonreía, por cómo buscaba cualquier excusa para dirigirme la palabra. Aunque frente a los demás mantenía la compostura, siempre encontraba un modo de acercarse a mí. Una tarde, Tristán regresó del entrenamiento con un ánimo desbordante. Caía la noche, pero en su semblante brillaba el entusiasmo de quien apenas inicia el día. —¡Iskander! —exclamó, colocando las manos sobre mis hombros—. Oh, Iskander, debes estar harto de tanto pulir y pulir armaduras. Ven conmigo, vamos a divertirnos un rato. Me tomó de la mano y, casi corriendo, me arrastró hasta el patio del castillo. Tomó dos espadas de madera, de las que usaban para entrenar, y me condujo a un espacio algo oculto detrás de la fortaleza. —¿Qué hacemos aquí, Sir Tristán? —pregunté entre risas, contagiado por su entusiasmo. —¡Vamos a practicar! ¡Tienes que endurecer esa defensa! —gritó lanzándome una de las espadas. —¿Está permitido que entrenemos, siendo yo ajeno a la guardia, señor? —pregunté mientras tomaba la espada entre mis manos. —¡Bah! Yo soy el comandante de la guardia de élite, que nos dejen en paz —dijo, apuntando la espada en mi dirección—. ¡En guardia! Entonces chocamos las espadas entre risas; parecíamos dos niños jugando a la guerra. Tristán reía a carcajadas, y su risa cristalina se me contagiaba como un eco que despertaba un rincón dormido de mi pecho. Hacía mucho que no sentía esa chispa de alegría. Tristán era generoso: sus golpes eran suaves y, más de una vez, se dejaba vencer por mí. Cuando la noche finalmente nos cubrió con su manto oscuro, yo ya estaba exhausto y me desplomé sobre un viejo tronco. Tristán se sentó a mi lado y apoyó su cabeza sobre mis piernas. —Tienes buenos movimientos, Le Noir —dijo con los ojos cerrados. Su rostro, sereno y pleno de dicha, tenía un resplandor que lo hacía aún más hermoso que cuando dormía. —Ay, por favor. Si en todas me dejabas ganar —le respondí con una sonrisa, mientras mis dedos, un poco inseguros, se atrevían a juguetear con un mechón ondulado que caía sobre su frente. Ante ese gesto, Tristán abrió los ojos y posó su mirada sobre mí. El mismo calor que me invadió cuando quedamos atrapados en aquel cuartucho hace unos días volvió con fuerza, quemándome por dentro. Esta vez fui yo quien no pudo resistirse: incliné lentamente mi rostro hacia el suyo. Sentía su aliento pausado, el olor tenue de su piel, la fragancia de su cabello. Hasta su pulso me parecía tangible. Uní mis labios a los suyos en un beso suave, pero cargado de la lujuria que nuestros cuerpos parecían irradiar. Entonces, una voz áspera nos interrumpió. —¿No deberías estar puliendo armaduras, Iskander? —era Guillaume. Nos separamos al instante. Tristán se incorporó, aunque permaneció junto a mí, imperturbable. —Tranquilo, Guillaume. Yo le pedí que viniera a entrenar un rato conmigo. No hay problema —dijo con su característica sonrisa despreocupada, nada parecido al capitán solemne que uno imaginaría. Guillaume, visiblemente molesto, replicó: —Sabes muy bien que no está permitido que los esclavos practiquen con los soldados. —Oh, por favor. Esa norma ridícula... Yo también llegué a este castillo como un esclavo —le respondió Tristán sin perder la calma. —Tendré que informar al rey sobre este incidente —escupió Guillaume, con veneno en la voz. —No exageres. Estás haciendo un drama de algo sin importancia —respondió Tristán, poniéndose de pie. —Iskander no necesita más protectores —soltó al fin Guillaume, revelando con esas palabras lo que verdaderamente lo carcomía. Y, al no encontrar qué más decir, se marchó. —Qué hombre tan insoportable —dijo Tristán cuando desapareció por el pasillo. Entonces se volvió hacia mí, me regaló una sonrisa y me tomó nuevamente de la mano para ayudarme a levantarme. —Creo que lo mejor será que hoy duermas conmigo… no vaya a ser que él decida buscarte problemas. Sin darme tiempo a replicar, me arrastró con él por el castillo hasta sus aposentos. Su habitación estaba al final del pasillo que nacía desde la sala de armas. Tristán abrió la puerta revelando una estancia amplia, muy distinta a la que yo ocupaba. La cama era imponente, de dimensiones majestuosas. La alcoba era oscura, con paredes de piedra apenas iluminadas por algunas antorchas. Me condujo al interior e hizo un gesto para que me sentara en la cama. —Es una habitación bastante generosa —le dije, algo impresionado. —Me la gané. Tuve que liderar muchas campañas victoriosas para que el rey me concediera este espacio —respondió con orgullo. Tristán se sentó a mi lado. Nuestras miradas se encontraron una vez más, y me sentí arrastrado por la profundidad cálida de sus ojos color miel. No sé quién cerró la distancia; quizás fueron nuestros cuerpos que se llamaban, que se necesitaban más allá de las palabras. Ese beso fue distinto. Más profundo, más íntimo. Estaba cargado de una pasión que parecía brotar no sólo de nuestros cuerpos, sino de nuestras almas. Tristán me estrechó con fuerza contra él y dejó una línea de besos ardientes por mi mentón y mi cuello. No pude resistirme. Me subí sobre él, quedando a horcajadas. Rodeé su cuello con mis brazos y lo volví a besar, hambriento de su boca, necesitado de su cuerpo contra el mío. Las antorchas fueron testigos de lo que sucedió esa noche: nuestros cuerpos fundiéndose en una danza de deseo y entrega, donde la música eran los latidos desbocados de nuestros corazones, nuestros gemidos, nuestros suspiros. Por fin se consumaban aquellas fantasías que antes solo tenían lugar en la soledad de mi habitación. Pero esta vez no era una transacción. Esta vez el deseo era mutuo y sincero. Esa noche, me convertí en el favorito del señor.
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