Giovanni vio el espectáculo hasta el final, una figura inmóvil en su mesa. Salamandra había salido dos veces más a cantar esa noche, cada aparición un torbellino de gracia y pasión. Sus ojos, dorados y profundos, lo miraban, le dedicaban su voz, una melodía que solo él parecía escuchar. Pero igual, Giovanni no dejaba de sentir incomodidad por todos los otros hombres que la miraban, que la devoraban con los ojos. Su posesividad, un rasgo innato, se disparaba. Más aún, Giovanni notó que después de Salamandra bajar del escenario, los clientes, como cautivados y excitados por la voz y los movimientos de ella, subían rápidamente a las habitaciones con otras mujeres, como lobos hambrientos, tal vez imaginando que era ella quien los esperaba. Ese pensamiento, la idea de que su presencia avivaba e

