Salamandra se encerró en su camarín unos minutos, la respiración agitada, el corazón aún galopando en su pecho. Se miró en el espejo, sus ojos miel reflejando la intensidad del encuentro. ¿Debería salir? ¿Ir a su mesa, saludarle como un cliente más? La razón le decía que no, que se mantuviera alejada de ese hombre peligroso. Pero otra parte de ella, una que no quería admitir, gritaba que sí, que debía verlo. No desde el escenario, protegida por las luces y la distancia, sino desde su propia mesa, de cerca, sintiendo la cercanía de su presencia. Ella también lo esperaba. Aunque no quisiera admitirlo. Aunque su orgullo le gritara que no lo hiciera. Aunque le doliera saberse tan vulnerable, tan expuesta a esa mirada. Se había prometido no volver a salir del camerino esa noche, para ev

