Pero esa misma noche, mientras Giovanni Moretti encendía un cigarro en la terraza de un motel de carretera en la Pampa, lejos de Las Azucenas. Salamandra Guerrero se preparaba para su presentación de sábado. Era una costumbre tan sagrada como el primer sorbo de café al amanecer, una rutina inquebrantable que marcaba el pulso del pueblo. Cada sábado, al caer la tarde, las luces del Bar Las Diosas se encendían con una promesa susurrada en el viento: tango, baile, espectáculos que rotaban, tragos que adormecían el alma y tentaciones para todos los gustos. El escenario la esperaba, un rectángulo de madera pulida bajo el halo de focos tenues, su segundo hogar. Como siempre, Salamandra se arreglaba frente al espejo antiguo de su camarín. Era un mueble heredado de su abuela, Gumercinda, con un

