En la tarde él sol caía con pereza detrás de las torres del pueblo, tiñendo el cielo de naranjas y violetas, como si el firmamento también guardara secretos. La tarde comenzaba a ceder ante la noche, y el aire se volvía más denso, cargado de promesas. Salamandra dobló la esquina que llevaba al bar Las Diosas, sus pasos resonando suavemente. Llevaba el cabello suelto, una cascada oscura y ondulada que danzaba con cada movimiento, cayéndole por la espalda como una sombra suave. El vestido azul oscuro le abrazaba la figura con elegancia natural, ceñido en la cintura, suelto en las caderas, y con una abertura lateral que dejaba al descubierto una pierna cada vez que caminaba. El azul le hacía ver como una pintura nocturna, como un pedazo de cielo justo antes del anochecer. A su paso, los vec

