Giovanni llegó al pasillo del segundo piso, su silueta imponente recortándose contra la luz tamizada de las ventanas. Su chaqueta de cuero, impecable, aún olía a tabaco y a la brisa fría de la mañana rural. Apenas cruzó el umbral, lo primero que escuchó fue una voz aguda, febril, acelerada, como de un loro estresado en medio de una crisis existencial. —¡No, no, no! ¡Dios mío, pero qué brutos! Esa tela de seda va en la pared izquierda, creando un flujo visual hacia la ventana. ¡No en la cabecera, qué horror! Y cuidado con el terciopelo, que si lo arrugan con esas manos torpes, pierden el brillo, ¡inútiles! ¿Quieren arruinar mi obra? El decorador, un hombre delgado con el cabello recogido en un moño perfecto, una pincelada de excentricidad en la sobriedad del rancho, daba vueltas por el pa

