Las Diosas ya había cerrado sus puertas. La madrugada se arrastraba lenta por Las Azucenas, cubriéndolo todo con un manto denso de silencio. En el camarín de Salamandra, reinaba la penumbra. Solo una vela a medio derretir iluminaba el rincón donde descansaba la guitarra. La joven dormía, sobre un diván envuelta apenas en su ropa interior de encaje oscuro, con el cabello suelto, desordenado sobre la almohada, como un mar nocturno. Tito entró con sigilo. Había esperado más de dos horas, escondido entre las sombras del callejón trasero. Las chicas ya se habían ido. El bar estaba vacío. Solo Salamandra permanecía dentro, como si el destino la hubiera dejado ahí, indefensa, expuesta. La segunda orden de Giovanni atravez del teléfono, aún le quemaba en la cabeza: —Quiero que despierte

