Los días siguientes pasaron bajo una calma que, para Giovanni, era casi aburrida, un sopor que no comprendía. El zumbido de los insectos y el susurro del viento eran el único sonido constante en Las Azucenas. Giovanni pasó las jornadas terminando de recuperar la poca mercancía que se había perdido, esos cargamentos pequeños que se habían atrevido a "extraviarse" antes de su llegada. Ya todo estaba engranando en su vasto plan, y aunque tuvo que castigar a más de uno en el camino para recordarle a la Pampa quién era el nuevo mandamás, lo hizo con la precisión fría de un cirujano. Con la calma de ese día, que invitaba a la inacción, Giovanni salió al jardín de su rancho en construcción. Caminó un rato, pensativo, sus manos en los bolsillos de su pantalón de lino. El aire olía a tierra recién

